Día de España
Como cada año, esperaba con expectación la concesión del premio Nobel de Literatura. Pero el que realmente me sorprendió fue, ayer, el de la Paz.
BITÁCORA DE AGUS MORALES, ESCRIBIDOR EN LA INDIA
Como cada año, esperaba con expectación la concesión del premio Nobel de Literatura. Pero el que realmente me sorprendió fue, ayer, el de la Paz.
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La noticia que dimos ayer. Estaba hablando por teléfono con nuestro hombre en Afganistán sobre la ejecución de unos presos y me dijo que, quizá, uno de ellos fue el que acabó con la vida de cuatro periodistas. Le pregunté si se refería a aquella caravana donde viajaba, entre otros, Julio Fuentes, enviado especial de El Mundo, y que fue emboscada entre Kabul y Yalalabad.
No estaba seguro. Finalmente lo confirmó y envié la noticia, una más de tantas para muchos. Pero a mí me trajo reminiscencias de mi infancia periodística.
Recuerdo que cuando asesinaron a Fuentes yo acababa de empezar la carrera de Periodismo. Leía todas sus crónicas de Afganistán. Su muerte se confirmó un día antes de mi cumpleaños. Me quedó en la memoria para siempre el suplemento que dedicó el rotativo a la figura del reportero, los dibujos y los artículos, el tacto lejano. Aún lo guardo.
Nosotros somos la primera generación de periodistas post-11S. Vimos el atentado por televisión unos días antes de empezar la carrera. Mientras cursábamos nuestros estudios, también vivimos desde las aulas la invasión de Irak. Desde el principio, nos hemos tenido que plantear cómo meter los dedos por entre la pátina gelatinosa del terror, tanto real como inventado. Nacimos intelecualmente en plena época vaporosa. Nos formamos en un mundo con los muros cada vez más altos y teníamos nostalgia de un pasado anarquista en constante disolución que no se formó nunca.
Ahora miro atrás. Seis años después, estamos allí, allá, en aquella parte y acá. Cada uno marcaba su carácter desde aquel septiembre de 2001, cuando un profesor nos dijo en la segunda clase que no teníamos "ni puta idea de periodismo".
Jesús asustaba por su feroz consistencia, por el corte preciso de su pluma, por su mirada interna hacia la profesión. Hoy ya es periodista de El País, algo al alcance de pocos hombres de su edad. Garmor miraba de reojo mi visión exterior. Yo tenía siempre el espíritu lanzado hacia fuera. Interpretaba la realidad en clave de órbita. Seis años después, aunque con menos éxito que él, escribo noticias del universo surasiático para la ladera oeste.
Nunca supimos si el complemento de estas dos actitudes fue lo que nos hizo tan amigos, y si no era yo quien estaba en constante viaje interior y Garmor el que vivía en el exterior siguiendo al pie de la letra su divulgado literalismo.
Tampoco sabemos de dónde viene esta pasión. Por mi parte, la primera memoria que me dispuso al periodismo es la del suplemento dominical de La Vanguardia, donde a los ¿nueve? años leía artículos ¿de Quim Monzó? que no entendía. Recuerdo también el olor de El País, los domingos, cuando la luz entraba por el ático de Barcelona más indiscretamente que en mi terraza de Delhi.
No teníamos ninguna tradición periodística en nuestra familia. Pero se nos metió en la cabeza la cosa, ya muy temprano, infantilmente. Mientras me adentraba en la noche de Delhi a toda velocidad con la moto, pensé que a aquellos chiquillos catalanes que jugaban a baloncesto y fútbol les habría gustado, por un momento, asomar la mirada al futuro y ver lo que sus otros 'yo' adultos estaban haciendo para contentarles.
El rugido del motor colmó mis preguntas antiguas. Me dio sentido de aventura.
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7:52 a. m.
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Anoche mientras dormía, dormí por fin: tuve el sueño más profundo de mi vida. El relato onírico más coherente y profundo; un golpe de mi alma a la realidad. Ha sido mi primera noche en Delhi después de una semana en la península Ibérica.
Allí el sueño es liviano y concesivo, como los cuerpos y las fidelidades. Aquí la cosa onírica es un yunque de espíritus y animales sobre ti, un saco de piel universal que notas sobre tu materia. Es un ámbito de adivinanzas e intuiciones: el inconsciente toma el poder en oracular y griega manera. Las fuerzas de lo profundo amenazan al reino de la realidad, algo que no se había producido en mí en un lecho occidental.
Recuerdo en el sueño a Dimitri y a Manoj, amigo indio, melancólicos por la separación y el olvido. La liábamos una vez más, jugábamos al cáram, tocábamos las cosas. Era la casa de Dimitri, que ahora me era cedida, creo. Empieza a llegar más gente, en especial españoles. La fiesta se prolonga y se complica, como la casa, que pasa de disponer de un par de habitaciones a convertirse en una sala del tiempo alargada que desemboca en un dormitorio.
Estoy sobre una lona. Una chica exuberante aunque no de mi gusto se aprieta contra mí por sus dos costados y, tras dudas impropias de los sueños de allá, la rechazo. Discuto con diplomáticos. Camino por el pasillo blanco hasta el lejano dormitorio, donde hay varios amigos. Me tiendo sobre el lecho y pienso en soñar, pienso en los sueños que he estado escribiendo. Me es imposible despertar. Alguien pronuncia la palabra "deconstrucción" y "hermenéutica" como si fueran la misma cosa.
Tiro al suelo a un amigo de allá, en revuelco cariñoso. Cae encima de mí, también, la chica vaporosa, que finalmente besa a mi amigo. Nos acabamos las cervezas y salimos de allí, como el Pijoaparte.
Llega la noche y me quiero ir a casa, a Nisamudín. Trabajo por la tarde, pero estoy cansado. Me doy una vuelta en rickshaw para pasar el rato. Para volver, camino por la playa. Siento una extraña mezcla de Mediterráneo y suelo indio, quizá la composición actual del alma mía.
Me he dejado los pantalones y el calzado en el dormitorio sagrado. Un amigo me advierte sobre los pantalones. ¿Cómo es posible que no los tengas? Me dirijo hacia la habitación. Observo un ligero movimiento. Le pido a un indio que escolta la habitación que recoja mis pertrechos. Cuatro rupias, me dice. Cinco, le digo yo: no sabes lo que te espera. Entra a la habitación y sale despavorido. Sin mis cosas.
Me retiro. La gente comenta la cópula blanca. Yo miro el mar. Un balón cae sobre mis pies. Me pongo a jugar con unos extranjeros. Es un deporte a medio camino entre el fútbol y el cáram, donde para marcar gol hay que detenerse en líneas blancas. Todo el mundo me explica las normas aceleradamente. El juego es excitante: no se detiene en las reglas, es un fluir incesante. Conseguimos una racha de cuatro goles seguidos, con el balón traspasando el otro lado y volviendo por cuestas que se parecen a las de la Andalucía profunda.
Acabamos el partido y buscamos algún restaurante indio para cenar. La noche ha venido. Sueño que ya es mañana de luz y que voy a casa de Dimitri, sin llaves, a recoger mis pertrechos. Lo consigo. Despierto del segundo sueño y regreso al primero, en pensando yo que es la realidad. Noto un exceso de acciones en hoy: futcáram, amistad, mar, observación sexual, contemplación... Hoy no he trabajado.
Me doy cuenta. Despierto en Delhi: la luz de Oriente entra por la ventana. Queda una hora para mi turno. No sé si me avisaron de la hora del inicio de mi jornada laboral en sueños o en vigilia: sólo sé que estaba vivo.
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9:06 a. m.
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Anoche mientras dormía, soñé, bendita ilusión, que la fontana de mi vida volvía a su centro. Vi claro en mis imaginaciones la India y su forma de rombo en el mapa de mis sueños. Era un borde sinuoso y amplio: cerrado en poliedro en contra de su voluntad, más preocupado de dar vida a Asia que de mirarse las tripas. A la deriva, un triángulo ordenado y azul se aproximaba como un glaciar de navegación lenta. Era Cataluña.
Vinieron a mí entonces, por el contacto de mis dos tierras queridas, las letras que manejo: Juan Ramón, Tagor, Europa, los sufíes, las escaleras. Pensé, mientras mi mente apenas asomaba al mapa, dudando si caminar o no sobre un terreno abstracto, la vida mía y lo que tenía que ser el centro de creación.
Desperté en el sueño. Y me dije: tienes que escribir este sueño. Al darme cuenta de que aún estaba soñando, y de que el sueño de los mapas era la primera caja china, me entró una desazón deconstructiva. Sentí una señal de peligro y abracé temeroso la materia. Fiel, supongo, a mi idea del ser humano como constructor de sentido.
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En el pinar blanco, Alá insinúa sus almas múltiples. Regresa en su materia hacia la dormidera de las piernas, abiertas en mundos de mermeladas y pieles de cerdo. Las virutas de un dios ya otro ruedan por el monte pelado cachemir hasta la higuera donde otro dios se buscaba los centros. En la rama descansa aladiós con ojos de albatros, destartalado, de alas como pagodas sufíes que explican el pensamiento lateral, el lado torcido de las cosas, la inclinación universal. Sube a dios desde el valle de Cachemira el olor a cuervo y rista, convencido en su monogreísmo. Alá tira sus ojos azules de lo turco sobre la citada revolución subterránea. Observa cómo de las gabias colgadas del cielo empiezan a desbordarse animales normales, sueños de piernas indias, libros encuadernados con dientes nuestros, inicios del mundo. Aladiós mira el lento aterrizar de la vida en el hombre, el polo diverso de las cosas. Tras un reflexionado, se tira en sus dedos hacia el valle, yemas coloradas que anudan el valle redondo, zapatos disparados que se rompen en carne para unirse con sus personas: los huesos del Éste que embalsaman la materia de esto. Y aladiós que mira los efectos de su ser desde aquí, que se observa cambiando la historia en comunicación continua con su mente. En vigor sostenido, el mundo le devuelve una materia en verso, ordenada según la única pauta que conocen los hombres: la gramática. Alá abre la boca y sale el sol, respira y mueve las voluntades de musulmanes y cristianos; agita los vientos internos de los piadosos, controla el flujo de los grandes estados de ánimo, hace correr la comunal sangre universal. Aladiós por fin despegado de su unidad: disparado a molecular el mundo, arriesgado hacia lo diverso, sumido en el apaño de que los labios beban vino de vasos de cerámica, de que se tejan cestos de esparto. En la sombra de la materia, aladiós se recibe en el centro: aladiós me levanta la gigante lona que hace aparecer la escalera de la palabra.
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Anoche cuando dormía, soñé que secuestraban a mis vecinos de Barcelona. No sé cómo la noticia llegó a mí, en estando yo en el centro del mundo: la India. De modo que me trasladé, en ámbito onírico, a mi tierra madre:
Los captores nos obligan a ir a casa de los vecinos. Acepto reticente y altivo, con la mirada en la disposición literaria intacta. Los vecinos están sentados a la limón, ordenando sus pensamientos para la huida. De pronto, aparecen cuatro mujeres y dos hombres: los auténticos secuestradores. Empiezo a ser consciente de que estoy en un octavo piso de Cataluña: algo impensable en Delhi.
Es el tiempo de las mermeladas. Los captores intentan ser simpáticos. Uno me dice: "Entiéndelo, es normal, estos moros de mierda...", en alusión a los vecinos, que por otro lado no responden a esta descripción. Me levanto: "Estoy harto de los extremistas y el hindutva". Recuerdo que en el sueño echaba humo espeso por la cabeza: la intolerancia interreligiosa causaba entonces más rechazo en mi alma dormida que el puro hecho del secuestro.
Llego enfadado a casa de mis padres, que está justo al lado. Noto una tensión circular y envolvente, preñada de aromas occidentales y sangre. ¿Qué hago? Van a venir a por mí. Decido escapar para siempre. Bajo las escaleras de mi bloque como tantas veces en mi infancia: para bajar a la plaza a departir el fútbol, para pasar por el quiosco y comprar los cromos antes de entrar en clase, para coincidir en el camino con la chica pecosa. Las bajo de ocho en ocho: saltando al vacío y girando en el aire agarrado a la barandilla de hierro arcillado.
Me entero de que el bloque entero ha sido secuestrado. Pienso en llamar a la Policía, pero entonces podrían morir los rehenes, e incluso mi familia, que no sé dónde está. No puedo salir del edificio. Llamo a las puertas y nadie me abre: están confabulados y tienen miedo. En un rellano mercurial, me encuentro con un hombre armado.
"Vale, vale", digo yo [tik hai, tik hai...]. Me pone su arma entre los dientes y subimos a la octava planta. Mientras subo las escaleras hacia el lugar donde me crié y donde ahora me aguarda la muerte, quiero despertar, me concentro en despertar, me arriesgo a despertar sin saber qué hay de este lado... En mi templo sufí, unos labios negros calman mi pesadilla.
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8:36 a. m.
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Anoche mientras dormía, soñé que estaba en mi antigua Redacción, entre Provença y Muntaner.
Queda poco para las diez. El Ejército había vuelto. Llega un compañero de Economía y me abraza. De alguna manera, el día busca las piruetas y la luz.
El salto me lleva a una motocicleta. Conduzco con el pelo enmarañado. Son las rotondas de El Prat, de mi ciudad perdida. Adelanto a una moto que conduce una chica que se llama Alejandra, un viejo amor no cumplido. Giro a la izquierda por una calle oscura, donde tendría que estar el complejo deportivo más grande de El Prat. Pero lo que encuentro es mi oficina de Nueva Delhi. Llevo de paquete en la moto a una nueva becaria, que tras un tiempo fuera ya no se acuerda de la cara de la jefa, a quien confunde con la portera.
Subo. Me obsesiono mercurialmente con las noticias: todo el mundo me molesta, pero yo sólo quiero trabajar. Me dice la jefa que tengo que escribir dos mil líneas, que confía en mí, que... "Yo siempre lo hago bien", la interrumpo. Ella sonríe. "Bueno, siempre lo intento", pienso en otro plano del sueño, el de las cataratas y las marismas negras.
Por la noche, me invitan a una fiesta. Es en Delhi. Al acabar, me invitan a otra, pero me quiero ir a casa, a Nisamudín, a la casa de mi santo sufí sentido. Me llevan a la Vieja Delhi en taxi. Estoy lejos. Me enfado y cojo un autorickshaw. "Chalo, baisab (Vamos, maisán)", le digo al conductor del triciclo, en mis primeras palabras soñadas en hindi. Regateamos y volamos. Por el camino, pienso en si yo en Barcelona tenía alguien como mi compañera de hoy: la cara era diferente y destartalada. Llego a Nisamudín. Hay un partido nocturno de mi equipo de fútbol. Jugamos a la pelota a pesar del monzón. Cuando la lluvia nos empuja fuera de los límites, salgo corriendo y me meto en la furgoneta del equipo.
No son ellos. Son cuatro niños indios. Uno conduce. Arranca. No entienden qué hago con ellos. Comprendo la situación tras unos segundos: la Policía nos persigue; son ladrones. La luz de la patrulla me da en la cara. Es el fin, pienso. Pero Delhi está alta y digna.
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1:18 p. m.
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Morgar, en Cachemira.
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La India, sesenta años después.
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La lengua de mármol coletea en mi boca. Gigante y húmeda, amenaza con desbordarme, me asusta, me recuerda que estoy en un país de alteración y suspensión. Me levanto. Pongo la música bengalí que no entiendo, que me llevó a Bengala a buscar a Tagor, sus canciones de la calle, los dulces y el comer con las manos. Para despertarme de verdad, cambio la música: elijo la música sufí, el cántico que tengo cada jueves al lado de mi casa. “Te has vuelto loco”, pienso. Salgo a la oficina. Nuestro conductor no está, así que cojo un taxi para mi primera misión parlamentaria en la India. La toma de posesión de la primera presidenta del país, Pratibha Patil.
Después de dar cuatro vueltas y casi insultar al taxista por su falta de habilidad, llego al Parlamento indio. Un complejo multicefálico, mercurial, inasible, líquido también, como nosotros. Paso por el primero de los ocho controles de seguridad (no es una broma). Me cachean, me tocan el pene, como de costumbre. “¿Qué haces, tío” (en español). Cara de incredulidad. Busco el banco asignado a los periodistas. No me dejan pasar sin antes dejar en una sala situada a no poca distancia mi móvil y mi maletín. Pero allí me dicen que no puedo dejar el maletín; sólo el móvil. Lo comunico en la entrada principal y la lían, no saben qué hacer con un maletín que les sugiero que revisen para que vean que no contiene ninguna bomba. Al final lo dejo en el suelo, al lado de un guardia de seguridad.
Entro y veo lateral y aéreamente a Abdul Kalam y Sonia Gandhi. Es casi imposible la visión desde el palco -la cúpula es gigante, Joan Pau- y asomo la cabeza. Me llama la atención el personal del Parlamento y les digo que me dejen en paz, que dejen de fijarse en los blancos y que empiecen a molestar a los indios. Y son ellos los que empiezan a actuar en su espíritu. Me empujan los periodistas, me dicen que les deje pasar para ponerse justo delante de mí y no dejarme ver. Acostumbrado, le toco la oreja a uno, le aparto de nuevo con cierta violencia, asomo la cabeza ante la indignación de cuatro de ellos. Escribo y miran mis apuntes. Qué pesaos, me digo, y pienso: qué grande es la India. ¿No, Mormitri?
Mientras escribo -única actividad que me da sentido y que me tendría ocupado toda la vida-, se me cae el pase de prensa, el mismo pase que, a los extranjeros, nos hacen cada tres meses, y para cuando te llega ya ha caducado. Lo voy a recoger, pero cuando me agacho compruebo horrorizado que se ha caído por una rendija del desvencijado palco de madera. ¡Por Krishna! Al acabar el acto, la lío. “Problem, eh”, le digo a los de seguridad. Y empiezo a reírme.
“Vaya instalaciones tenéis, eh, y eso que es el Parlamento”, le espeto a uno. Hay once personas encargándose del asunto, dicen que no lo encuentran. Hay que abrir a golpetazos la juntura entre la baranda de madera y la escalera para comprobar la realidad, pero tenemos diferencias ontológicas. Mientras discuten, miro la casi desierta sala: varios diputados comparten comida sobre sus pupitres, sentados con los pies en el banco.
"Que no, que está ahí", insisto. Renuncio al pase y dejo mi teléfono para que me llamen si lo encuentran. Entonces uno de los guardias me dice: vamos a verlo. Está loco. Arranca la horrible alfombra verde de la escalera a tiras, abre la madera, entra en el mundo desconocido del Parlamento indio (¿dónde hemos ido a parar, Lopuruna, Morgar Ladder, Eli Póquer-Levy y todas mis creaciones literarias?) y saca mi pase. “¡Gracias!”, en hindi.
Me voy y me persigue, me dice que su hijo estudia español, que le ayude, que me llamará. Me vuelvo a ir, ahora del edificio, y veo una manifestación a favor del anterior presidente, Abdul Kalam. Tras una breve entrevista, el “presidente de la asociación Youth India” me pide el teléfono, que hacen muchas actividades, que los medios somos muy importantes, y evidentemente le doy un número falso. Veo pasar la multitud institucional, Patil, Gandhi, Kalam y el mundo girado y otro. Cojo el rickshaw para volver a la oficina y escribir mi primera crónica parlamentaria india. Pienso en Josep Pla. Maisán acelera, como siempre, y yo le animo en su riesgo universal. Veo una señal de tráfico en hindi y, con dificultades, leo la palabra. Se me queda mirando y me sonríe en su oscura indianidad, ya lanzada en espíritu hacia mi Occidente en crisis. “¡Le dao, eh!”, le digo, inundado en mi felicidad. Acelera, maisán, no te pares, quiero emocionarme por fin, llévame lejos. Volemos a la otra orilla a leer este sueño oriental que no se acabará.
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GRAMÁTICA Y MENTE
Vuelve el mundo a nuestro dolor en alzar de brazos universal. Nos enciende, nos mentaliza con sus miembros en pura ampliación, crecientes. Se agrieta su materia en su rodeo cósmico y de nuestro deseo salen al exterior mariposas musculosas, colores rápidos, alma. En este aplastarse del mundo hacia el amor nuestro, la sangre comunal no pasa, se empecina, cabecea por las venas del todotrén humano que nos comunica. Sentimos el explotar vecino de la vida, que no llega. La presión es otra sobre ti, soga caliente siempre envolviendo el cuello de dios, membrana morena y pensante del espacio oriental. Se agrieta más la pasta de universo que nos acredita y fragmentos de lo nuestro se van hacia dios: bicicletas de bambú, constelación de sombreros vietnamitas, concentraciones de piel y dormidera. En este tímpano interno de Laos no escuchamos las luces de sémola con cuatro hélices. Este final del mundo -pronto iremos a la otra orilla- nos recuerda al tiempo del arroz cuadrado y pensante. Tragó de mí el mundo la sustancia, se fue de mí en esto, en bártulo numerado. Y por fin la pobre alma nuestra apalabrada se adentró en lo cósmico: dios presencia infinita en mis testículos, vacío circular del corazón cansado, costilla en trance de enhebrar la moneda de Asia. Yo sueño con ser indio. Sueño con romper en piernas hacia el insondable número oriental.
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Morgar se disculpa por su ausencia en la bitácora. El motivo es la explosión brutal de su ordenador, que ha pasado a mejor vida.
Y promete: poema taoísta, gramática comparada entre Jacob y Ganesh, nuevas experiencias indias.
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5:11 p. m.
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scrita
racha di la primer scrituria
palabra di una lingua pardida
aprovu intinderti
cuandu durmin lus ojus la cara la frenti
cuandu
no sons nada mas qui un barcu al fin di su viaje
nada mas qui una scrituria muda
CLARISSE NICOIDSKI
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6:25 a. m.
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También una de mis heterónimas perdidas, Eli Póquer-Levy, que nos ha deleitado con su poesía ladina, escribió sobre la libertad. Creo que fue algo así:
La narración libre, por ELI PÓQUER-LEVY
And grant me my second,
starless inscrutable hour.
Samuel Beckett: Whoroscope.
Ayer salí a yantar con mi marido y mis hijos a un restaurante naranja. Era el cumpleaños de mi hija de once años. Como habíamos invitado a sus amigas a nuestro humilde piso, y en vista de que aún no habíamos llegado a los postres y de que la hora de la fiesta se acercaba, le permití que se adelantara a nosotros. Agarró las llaves y subió sola al piso para recibir a los pequeños invitados. Yo llegué diez minutos más tarde, tiempo durante el cual los renacuajos fueron inenarrablemente libres, desprovistos de autoridad familiar o institucional.
La libertad está en el puro vivir, en la irreverencia tranquila con lo real, en la navegación por los momentos más o menos mágicos que, tal como islas, nos dan el descanso temporal y necesario para continuar este hermoso naufragio que es la vida.
La fiesta se había descontrolado un pelín. Me imaginé al niño de los pelos enredados girando la bola del volumen del equipo de música. Y todas las niñas y los niños gritando de excitación con los más altos decibelios: esperando otra vez la fiesta del oído cuando la música bajara.
“La libertad está en el puro vivir,
en la irreverencia tranquila con lo real”
“El medio de mutua comprensión de los espíritus no es el aire circundante, sino la libertad poseída en común”. Coleridge.
Cuando abrí la puerta, las serpentinas abandonaron su recién adquirida propiedad pugilística para recuperar su antigua tradición más o menos aérea. Los globos rotos yacían en el suelo, signos de una libertad culminante y vivaracha, ya perdida. Esos instantes de estallido libertario sólo podrían volver en alguna intermitencia, en alguna excursión mía al lavabo bien aprovechada por los niños.
La sensación y los juegos son las entrañas de la libertad. Siempre me he preguntado por qué a Samuel Beckett le gustaba tanto manejar autos: acaso en la libertad esté la respuesta. Conducir tenía esa pátina de libertad, ese elemento de peligro y excitación que solipsísticamente y con esa erudición áspera iba a perseguir en su literatura.
La literatura
Me puse enseguida a escribir un cuento sobre la fiesta de cumpleaños de mi hija. Fue cuando me di cuenta de que todo cuanto había escrito en mi vida eran momentos que yo identificaba como libres, o como su reverso, y que por tanto corrían desesperadamente en busca de libertad. Este pensamiento me tranquilizó en mi conciencia.
“Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad”. Mario Vargas Llosa.
Con la pluma chorreante en la mano y la resaca simpática de la fiesta de onceañeras, escribí anoche el cuento de los niños y la libertad. Lo titulé “La excesiva escalera”, por motivos de los que ahora no quiero acordarme. En los papeles, desplacé libertad y literatura a las antípodas de la política y la economía: allí donde estas últimas no fueran su contrario, sino que no pudieran leerla, donde no la comprendieran y no dispusieran de la contraseña para acceder a las tripas de lo libre.
“Esa literatura politizada en grueso es una literatura reducida a su mera instrumentalidad, sierva de la intención y los temas, absorbida por decreto en la superestructura ideológica”. José Ángel Valente.
La narración avanzaba desbocada. Ya casi nada tenía que ver con la verbena casera. Había inventado pelotas, galerías, espacios donde más niños pudieran jugar. Sin autoridades. Ni siquiera el narrador era adulto: sólo la autora, o sea, yo. El lenguaje era simplísimo, juguetón, infantilmente delicioso. Ya estaba llegando a ese punto de la creación donde el autor se cree dentro de una narración escrita por otro.
“Se me ocurre pues que el elixir de la libertad es la literatura, porque yo escribo, y quizá la carpintería lo sea para el carpintero y los zapatos para el zapatero”
“Bajo su apariencia inofensiva, inventar ficciones es una manera de ejercer la libertad y de querellarse contra los que -religiosos o laicos- quisieran abolirla”. Vargas Llosa, otra vez.
La noche no tenía luna. La intuición de que la libertad sólo es posible en el ruedo poético me asaltó repetidamente, mientras ponía a secar la pluma. Y no me refería, en mis pensamientos, a la libertad en la ficción -lo que libremente hacen los personajes- sino a lo que tiene de técnica escribir, al puro acto de la creación, que es lo único que me hace libre y madre. Miré por la ventana.
“Sobre las alegres olas del profundo mar azul / nuestros pensamientos son ilimitados, y nuestros corazones, libres”. Byron.
Al volver los ojos a mí, recordé la normal existencia. La distancia entre lo que escribía y yo misma decrecía, a pesar de las diferencias formales de ambas cosas. Había en la noche como un acercamiento. Como si no sólo pudiese ser libre a través de la literatura sino también en esta orilla.
Dice Belén Gopegui que leer no sirve para vivir otras vidas, para ser libre. Mentira, digo yo.
De modo que mi narración continuaba. Ahora había puesto a un niño en el desierto y a una niña en una galería circular flotante. Había plantado una escalera entre los dos para que dialogaran y, por qué no, pudieran jugar juntos algún día. El dilema de quién poner arriba y quién poner abajo era terrible. Parece como si todo estuviese intoxicado por la política y lo correcto. No es que el acto de escribir tenga que ser amoral, pero... Quizá sí. Creo que sí. Me he convencido.
“Lo que yo deseo es no ofender nunca con mi crítica, pero tampoco ofenderme a mí mismo”. Juan Ramón Jiménez.
De modo que la crítica, como instrumento tropical, amuralla el deseo de los mortales, y hace posible el acceso a las libertades. Esta dignidad, esta terquedad de escribidora de crear cosas que sólo a mí me placen, es más que nada amor a mí misma, pienso mientras acabo las imágenes.
El amor
Se me ocurre pues que el elixir de la libertad es la literatura, porque yo escribo, y quizá la carpintería lo sea para el carpintero y los zapatos para el zapatero. Pero ahí no voy a entrar. Mi idea de literatura, como leo en mis escritos, está sentada en algo extraño, afectuoso, sentido.
“En Occidente el amor es un destino libremente escogido; quiero decir, por más poderosa que sea la influencia de la predestinación —el ejemplo más conocido es el brebaje mágico que beben Tristán e Isolda— para que el destino se cumpla es necesaria la complicidad de los amantes. El amor es un nudo en el que se atan, indisolublemente, destino y libertad”. Octavio Paz.
Precisamente el premio Nobel mexicano me recuerda mucho a un amigo que es poeta y crítico literario. Mientras pulo los detalles del cuento de esta noche, recuerdo cómo conoció a su mujer. En la costa granadina, un joven sentado en las rocas del mar escribía poemas. Una chica se le acercó. Se propusieron escribir un libro juntos. Otro día, se casaron. A veces la vida está terriblemente desintoxicada de ideología. Es el puro vivir que yo decía.
“Hay una conexión íntima y causal entre libertad y amor”, sintetiza Paz.
Este maestro de mí, apellidado alegremente, me dice que el libro clave fue Hiperión, de Friedrich Hölderlin. O sea, fue el libro que les juntó a él y a su mujer, el que les embarcó en la escritura, en un proyecto literario que acabaría en una extraordinaria editorial timoneada por ambos. Inevitable pensar que ella era Diotima, el sueño griego de Hiperión, e imaginar que se carteaban, que se querían desde la distancia.
“El punto de unión entre el amor a Diotima y el amor a la libertad es la poesía”. Sorprendentemente, Paz. ¿Pensaba en ellos?
Me imagino a los Alegre sobre la escalera de mi cuento y me duermo sobre el pupitre, en mi mansión mexicana. Mis cabellos rubios caen sobre los papeles, como en un lirismo libre.
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Hoy he recordado mi tiempo europeo desde la India. Uno de mis heterónimos escribió en Barcelona este ensayo, ejemplo de energía radial y dispersa dirigida al numen. Hay algunas ideas que apuntan ya al paradigma de la confianza en la palabra.
Lo digno es un liberalismo
Decir que con la libertad no se puede vivir dignamente es como decir que no se puede vivir más que de criado, de soplón o de lacayo
Pío Baroja
El europeo inhóspito y barbudo que hay en mí, educado a golpe de biblioteca circular, no puede más que, ante la pregunta que hace la libertad, disparar la mirada hacia su ambiente para pensar lo que es alguien entre tanto libro. Efectivamente, ¿es el hombre más libre gracias al conocimiento? ¿Qué rosa, si es que existe, encapulla el saber y perfuma el jardín de esto que es la vida? Intentemos determinar qué es el olor bibliófilo que le da a esta campaña una característica de ligereza y amplitud, como de libertad superlativa.
Me es imposible seguir esta exploración botánica sin señalar con energía que no nos referimos aquí a una trivial forma de conocimiento, reductible a la mera existencia de los sentidos y un cierto andar por el mundo, sino a lo que es un conocimiento nuclear: el que, nacido de la voluntad, convierte en una necedad las notas a pie de página y las aclaraciones.
Palabra que dice lo libre
Es cuanto menos embarazoso negar que sólo el ser humano puede ser libre. Y lo puede ser -¿lo es?- dando las gracias al lenguaje. El humanista cree que la libertad no es posible sin un pleno desarrollo de la capacidad lingüística de cada ser humano (Vidal, 2005). Estamos, pues, fundamentalmente de acuerdo con este voluntario antropocentrismo que sienta la más importante forma de comunicación humana en el sillón del rey que decide quién es libre y quién no, en este mundo de máscaras, de personas.
"El lenguaje, los lenguajes, las palabras bien dichas y escuchadas, dan al hombre más margen de maniobra, más libertad"
Convencidos de que la libertad es algo sólo encabible en una categoría humana, acordamos con Steiner que cuanto más amplio el vocabulario del hombre, más mundo puede dibujar. A más rica sintaxis, mejor posesión de sí mismo y más acabado entendimiento de las cosas tiene. El lenguaje, los lenguajes, las palabras bien dichas y escuchadas, dan al hombre más margen de maniobra, más libertad.
La idea es que la palabra nos hace más libres, no que la palabra nos haga libres. Primero porque la libertad es en su pura condición relativa; segundo porque la absoluta libertad es un oxímoron; tercero porque la estructura tripartita es típicamente occidental y determina en cierta forma algunas formas de expresión, como esta última oración. Lo digo sólo a corte de ejemplo.
El indicio que me apercibió de la posible verdad de esto que digo -de que el lenguaje nos hace más libres-, es la naturaleza antieconómica del lenguaje y de eso que convenimos en llamar libertad. En efecto, la multiplicidad de idiomas es una cosa poco deseable desde el punto de vista de lo utilitario. Eso sí: es claro que nos hace más humanos: la voluntad de entendimiento desde la diferencia, desde el distanciamiento a propósito, nos ha definido siempre muy bien como seres humanos. Los idiomas pueden ser eficaces, pero difícilmente eficientes, al menos si nos ceñimos a la comunicación entre sus lejanos hablantes y a su pluralidad desquiciante.
De la misma forma, la libertad nos columpia con empujones de las manos de pasiones y deseos, en lugar de dejarnos poner pie en el suelo para irnos frenando y buscar eso que llaman felicidad en la tierra marrón. Como humanos, encontramos en este irracional balanceo, que muchas veces nos aleja de lo que deberíamos querer, un placer irreversible. Este balanceo nos define definitivamente. Preferimos reafirmarnos en nuestro cuerpo y pensamiento de siempre que buscar argumentos que nos convenzan de las virtudes de lo perfecto, de lo inmóvilmente feliz, de lo no humano, en definitiva. Volveremos al final sobre esto, que es de capital importancia.
La actitud liberal
De entre los humanistas liberales, uno de mis favoritos, Ortega y Gasset, dice que “vivir es sentirse fatalmente [la cursiva es suya, significando probablemente una referencia al destino] forzado a ejercitar la libertad”. Quisiera yo hablar un poco de esto y después poner el acento en otra cuestión: más que en la de la predeterminación, en la de la actitud.
Efectivamente, vivir nos conduce obligatoriamente a ejercitar la libertad. Fijarnos en la fatalidad de este asunto es ser tendencioso y agarrarse a las falacias del lenguaje. Porque decidir no ser libre es eso: no ser libre. La libertad para escoger la carretera de la esclavitud, digámoslo así, es una patraña lingüística, una trampa epistemológica, un mal entendimiento de lo que es el ser humano. Lo libre, intrincado y contradictorio lleva consigo unas extravagancias que hay que pensar pero no malinterpretar.
De parecida factura es la llamada paradoja de la libertad. Se dice que si todo el mundo hace lo que quiere, el fuerte se impone sobre el débil, menoscabando así la libertad de al menos la mitad de las personas que viven en sociedad. Algunos, como el propio Morgar Ladder, que escribe en esta obra coral sus opiniones que sólo a medias son liberales, resuelven esta paradoja con salvaje absolutismo. Ya se verá. Otros acuden con sensatez al tópico de que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro. Estoy de acuerdo: pero además quiero añadir un asunto ya anunciado: la actitud.
Por supuesto que alguien tolerante ha de tolerar lo intolerable -¿qué clase de tolerancia sería aquella que sólo tolera lo que es de su propia categoría?-, pero ello no nos tiene que intimidar para recomendar, sin ánimo de imposición, el que creemos que es el mejor comportamiento, o más bien la actitud que nos parece más propicia. La actitud que recomendamos aquí como la mejor, o al menos como la más humanista, democrática y liberal, es la del racionalismo crítico, bien expuesta por el filósofo Karl Popper.
“Cuando hablo aquí de ‘racionalismo’ -dice Popper-, uso la palabra siempre en un sentido que incluye ‘empirismo’ así como ‘intelectualismo’; justo como la ciencia hace uso de los experimentos así como del pensamiento”. Este racionalismo, bien entendido, es una actitud de escucha de los argumentos y de revisión de los propios postulados. Es el método con el que avanza la ciencia y con el que creemos que puede caminar el ser humano.
"El hombre es capaz de reprimir sus más básicos instintos animales en la búsqueda de valores abstractos y de mayor altitud"
Todos los humanistas han sospechado de lo benigno de esta idea o han sido inconscientemente partícipes de ella. Sócrates, en efecto, es el primero en desarrollar este programa. Después de Grecia y el Renacimiento, es de justicia reconocer este racionalismo crítico como sustancia propia del siglo de las luces, que siembra la semilla de la Revolución francesa, aunque el árbol que creciera después no se mantuviera fiel en su integridad a las raíces.
Digno de lo libre
Hemos hecho una operación como de striptease invertido, como poniéndonos la ropa para entender mejor la libertad, que en realidad está en la piel sola. Una vez identificados el tronco y las ramas de lo que entendemos por libertad humana -puro pleonasmo-, viene la hora de comentar la libertad en su radicalidad. El conocimiento, el lenguaje y el racionalismo crítico -cuerpo del árbol- brotan en este caso de otra raíz igualmente humana: la moral.
Efectivamente, encontramos en el balanceo de que antes hablábamos algo fundamental de nosotros. Este moverse pendular, endemoniadamente libre, nos aleja en ocasiones de la felicidad en su forma más prosaica. Cedemos la naranja más sabrosa a nuestra hija pequeña libremente, sin esperar nada a cambio, puesto que la bebé es demasiado poco experimentada como para conocer la salud de la fruta. Aquí el hombre es capaz de reprimir sus más básicos instintos animales en la búsqueda de valores abstractos y de mayor altitud.
El utilitarismo no es Dios. Tampoco divino. El checo que salía a las calles a protestar durante los años del régimen comunista sabía que tenía poco que ganar y mucho que perder. Una cosa que hay que evitar casi siempre, la guerra, es de hecho otro ejemplo de que es falso que el instinto de supervivencia es el más insertado en el corazón humano. Muchos moriríamos por nuestros seres más queridos, cosa que nos afirma más en nuestra humanidad.
Dice el mejor filósofo de todos los tiempos, Immanuel Kant, una cosa que me parece lo más importante: “La razón no es propiamente la doctrina de cómo ser felices, sino de cómo hacernos dignos de la felicidad”. Permítanme asirme a este monumental pensamiento y balbucear que este balanceo que hemos descrito no es el movimiento que nos hace libres, sino el que nos hace propiamente dignos de la libertad.
AGUS MORALES, diciembre de 2005
Escrito por
MORGAR
en
6:42 a. m.
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Etiquetas: Ensayos