escalera: Morgar en el sur de Asia
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jueves, junio 11, 2009

Pakistán o la teoría del mosquito

Mis últimas vacaciones, de diez días, las empleé en la relectura de un libro: Pakistán. No había estado allí desde enero de 2008, después de que mataran a Benazir Bhutto. Los periodistas extranjeros viajamos entonces a una Islamabad nevada y llena de estupor por el asesinato de su líder más populista y anticastrense. Era también una ciudad rebosante de excitación democrática ante la llegada de las elecciones, aunque esto cae, como siempre, en el terreno de mis intuiciones, siempre desubicadas.

Vuelvo en mayo de 2009 para visitar a mi amigo y corresponsal de la Agencia Efe en Pakistán, Igor G. Barbero. Noto que el país no ha cambiado su discurso de fondo pero que ahora hay una nueva saudade política: el enésimo desencanto con las instituciones y, sobre todo, el desconcierto ante la necesidad de posicionarse ante el integrismo islámico. Esta desorientación es clave porque está en el mismo corazón de la identidad de Pakistán, que había nacido reivindicando ser el hogar para los musulmanes del sur de Asia pero, también, una entidad que hacía alarde de un cierto Islam moderado y de un respeto teórico hacia las minorías.

Igor ya es un paquistaní, si es que no lo era antes: insiste en que me levante a la misma hora que él, que debe empezar pronto su jornada laboral. Intento hacerle comprender que el hecho de que su día comience no significa que el mío haya empezado también, pero es inútil, porque ve algo de inmoral en que se me peguen las sábanas en mis vacaciones, periodo en que sólo quiero dormir, soñar, escribir y fantasear.

Me engaña también para que me quede algún día más en Islamabad para poder ver juntos la final de la Copa del Rey -él es del guerrero Athletic, yo del lírico Barça- y me convence. Al final no podemos ni escucharlo por la radio: tenemos que llamar a su madre por teléfono para que nos ponga la correspondiente locución, que escuchamos en manos libres cuando Bojan ya había marcado.

Intuyo que Igor tiene razón en algo, porque son de nuevo esos días en que, pese a no estar en mi puesto de trabajo, me empujo hacia alguna exploración fruto de mi condenable tendencia a mezclar las obligaciones laborales con el tiempo libre. Así que intento no levantarme muy tarde, le suplo un día y él me consigue una entrevista con el portavoz militar de Pakistán, Athar Abbas. Escribo cosas con la nostalgia del paso del tiempo y el recuerdo de que, en la India, las fuentes son inasibles. En Pakistán todo el mundo quiere hablar; en la India hay un extraño desinterés por la comunicación directa y un rumor laxo de unión de fondo.

Conozco, sin saberlo, a la hija de Raja Tridev Roy, que habla un perfecto español. Son de la tribu chakma de Bangladesh y ello despierta mi interés bengalí. En efecto, Tagore decidió preciosos nombres para varios miembros de la familia: Rabindranath aparece también en Pakistán. Visito la casa a invitación de Trivini y conozco a su ilustre padre, amigo del difunto Zulfikar Alí Bhutto. Roy departe de forma sencilla y bondadosa, sin olvidarse de citar a literatos de habla hispana vista la nacionalidad de su invitado.

Aunque el encuentro más divertido tuvo lugar un domingo. Lo organizó Igor. Llamó a un punjabí que se dedica a acompañar a periodistas a las zonas de conflicto a cambio de un pastón que nosotros no nos podemos permitir, y a Pir Zubair Shah, un periodista que trabaja para el NYT y que pertenece a la misma tribu que el líder de los talibanes paquistaníes, Baitulá Mehsud. A la cena, celebrada entre ragas sufíes, Pir acude con otros dos pastunes. Debo recordar que el equipo del NYT que cubre Pakistán y Afganistán, en el que está integrado Pir, ha ganado un Pulitzer, así que, pensamos, sólo nos queda escuchar.

Uno de ellos dice llamarse Abdulá Mehsud y sólo responde cuando le requerimos en urdu. Lleva la vestimenta típica paquistaní (shalwar kamiz) y una profusa barba islámica. El otro va vestido de civil -perdón por la licencia- pero es el que consigue la condecoración de personaje revelación de la velada. El civil, también de Waziristán, señala de repente a un minarete. "¿Qué es eso?", nos pregunta. Dudo, perplejo, entre dos respuestas: "minarete" o "mezquita". Se adelanta Igor, que apuesta por la segunda: "It's a mosque". Sus palabras son, a mi juicio y espero que también en opinión de los lectores de esta bitácora, tautológicas. Pero no para nuestro comensal: "No, eso es lo que decís vosotros los extranjeros, eso es una masjid", la palabra árabe para el templo islámico, también usada en urdu. "Los extranjeros decís mosque, que viene de mosquitos, porque queréis decir que es un sitio repugnante". Se equivoca, claro, pero me siento un poco culpable porque al fin y al cabo esta locura etimológica probablemente se debe a nuestra alteración fonética ('j' por 'k') de la palabra original, que luego ya pasó a otras lenguas, entre ellas el inglés.

El auditorio se agita entre llamadas al resurgimiento del nacionalismo pastún -el punjabí parecía retraído- y a la defensa ardorosa del Islam. Igor, que es un primor, apaga el fuego con su bondad. Yo me veo tan incapaz de decir algo bueno sobre el integrismo religioso que me dedico a servir comida y bebida a los comensales, algo que lleva al ideólogo de la teoría del mosquito a considerarme, de forma ya irrefutable, una buena persona.

Pir insiste en que quiere ligarse a una holandesa de raíces italianas que Igor y yo conocemos. Esto parece mucho más interesante para todos los paquistaníes, aunque los españoles insisten en preguntar sobre talibanes y bombas. Y Pir se lamenta: "Mira, el territorio es fácil de conquistar, lo sabemos nosotros los pastunes. La tierra se barre -dice mientras dibuja con los brazos una enorme extensión asolada- y punto. Pero esto es mucho más difícil. Se trata de conquistar cuerpo y mente".

Todos ríen, quizá tras repasar sus proyectos amorosos -más o menos imperialistas o poéticos, inocentes o desvergonzados, sinceros o malvados- en Barcelona, Waziristán, Bilbao, Lahore, Madrid, Islamabad, Berlín; Delhi. Nos vamos a casa: Igor está como siempre muy preocupado por el futuro del país en el que vive. Por una idea nacional ya totalmente deshilachada que nunca ha convencido a nadie; quizá aún menos a las numerosas etnias que habitan en Pakistán. La mística del sufismo, la poesía en urdu y el liberalismo retroceden: avanza en desorden un integrismo amoral y desintelectualizado que pocos comparten pero que no todos están dispuestos a rechazar.

Pero seguimos con amor hacia Pakistán por sus generosas gentes, su pronunciación suave, sus mezquitas pensantes. No se me va el olor a Pakistán porque allí sigue Igor, hablando cada día conmigo para dirigir en un sentido u otro las lanzas de la información, constatando a diario la entrañable desorganización de un pueblo que te miente y te saca de quicio, que te promete e ilusiona.

Entra en mí el desasosiego porque todos los países del sur de Asia, sin excepción y en especial Pakistán, deben definirse a partir del modelo de la India. La idea india está en la brisa lenta de las mezquitas paquistaníes, donde los fieles se postrán ante Alá; en las pagodas de los templos hindúes de Nepal; en los puntos sagrados del budismo de Sri Lanka; en los rickshaws de mil colores de Bangladesh; en los sueños y las televisiones de los afganos; en el sustento de la monarquía de Bután. Para gozo de unos y sufrimiento de otros, está presente en todas las mentes surasiáticas como algo sobre lo que hay que formarse y opinar.

Pero imagino mil veces que cruzo la frontera por tierra, que me adentro de nuevo en Pakistán. Doy gracias a Igor, susurrando, por su enorme esfuerzo por informar cada día y, de forma un poco más egoísta, por contarme cada día los cotilleos políticos, el movimiento de los días, los sueños rotos o las nuevas ilusiones del pueblo paquistaní. Llaman a la oración musulmana en Nisamudín; lo escucho desde mi ático.

Maisán: desde Delhi siento que Pakistán y la India son la misma sangre.

miércoles, abril 23, 2008

Cometas

Y no me pude resistir. Entré en la librería madrileña -cuánto más bonitas son las de Barcelona- y compré una pequeña edición de Siruela: La idea de Europa, de George Steiner. Era una vieja referencia, un libro sobre el que teníamos previsto pasar si se daba la oportunidad. Pagué los excesivos diez euros por la miniatura cultural y me la metí en el bolsillo de la americana de pana, recipiente donde recorrió toda la capital española, Moscú y los aires hasta posarse en suelo indio. Y recordé las salidas nocturnas en recepción de alguna mujer, cuando era más bien extravagante llevar peso y me metía un libro de Montale en el bolsillo como ahora guardaba el de Steiner, cuando pensé por primera vez que esto sólo lo podía hacer un europeo: a lo mejor un americano o un japonés se atrevían, pero no es el guardar las letras: es el cariño del intelecto, el acunar el conocimiento; la plena conciencia de llevar en la chaqueta el mundo y sus ramificaciones, en las que uno se imagina dispuesto a la observación y la excavación.

Dice Steiner que Europa tiene cuatro cosas -por decir algunas- que la caracterizan: el café; la geografía caminable y dominada por el hombre; la mirada al pasado -cristalizada en las calles europeas, repletas de nombres de los hacedores de nuestra historia, lápidas que nos pesan-, y la herencia racional de Atenas en mezcla con la irradiación de fe de Jerusalén. Del desarrollo discursivo de estas características, me quedo con una frase: "En América, la gente no va a los bares a escribir tratados de fenomenología".

Algunas de sus ideas son incompletas y otras nacen de un juicio -histórico y moral- del que se puede discrepar. Énfasis demasiado aéreo en la influencia judía en Europa, sobrestimada, por otro lado, por el resto de la intelligentsia occidental. Es por algo que el brazo europeo en Estados Unidos parecen los judíos americanos, artífices de la creación desinteresada.

Steiner opina que Europa se suicidó con el Holocausto: ahora se trata de preservar nuestras artes e historias con un mínimo de dignidad. Nosotros creemos que Europa tiene que ponerse los anteojos y dejar de situar sus raíces solamente en la Antigüedad grecorromana, por decir un ejemplo: bienvenida sea a nuestra savia el genio romántico alemán y la Ilustración desligadas ya de su eterno nudo con Grecia, y sobre todo el brinco lírico de los países mediterráneos. Quedan una y otra vez subsumidas en la tradición alemana y francesa -bastiones del poder, todavía- la literatura española y la portuguesa, por poner un ejemplo: lanzas que han llegado donde Shakespeare sólo veía nubarrones.

Europa debe mirar al sur y al este. Incorporar a las literaturas eslavas, las únicas que nos están haciendo salvar la cara en este bochornoso comenzar del siglo XXI, a su tronco intelectual: no a las ramas del árbol sino al propio centro natural.

Eso sí: estamos absolutamente de acuerdo con Steiner en que la vida "no examinada" no merece la pena ser vivida. O, al menos, que la voluntad de excavación intelectual eleva la vida, la hace cualitativamente mejor. A esto no tenemos previsto renunciar, pese al utilitarismo reinante.

Quedan algunas ideas tímidas apuntadas, apenas una brisa de la seguridad de estar en lo cierto cuando uno baja la Plaça del Diamant pensando en nuestras guerras y libros, en la obsesión por la recuperación del pasado, en el café de los cuatro gatos, en las luchas anarquistas contra la Iglesia y, sobre todo, en todas las manos de escritores agitándose como cometas en el aire, buscando su espacio para estampar la literatura en el cielo.

martes, abril 15, 2008

Una semana en España

Voy en giro por la Barcelona vieja, estanque de plátanos grises entre la montaña y el mar. Me acompaña Fran en este deslizamiento soñoliento y ordenado, destartalado, como la Europa mía. El único propósito de este día de Sol suave, que permite una tranquila alternación de vestimentas livianas, es encontrar traducciones a lenguas romances de Robindronat Tagor. Miro en los ojos de mi amigo y me pregunto por qué se lo está pasando bien ante una tarea que a un veterinario quizá resulte aburrida y excéntrica.

Encontramos casi todas las librerías de viejo en Diputació, calle paralela a Consell de Cent, donde Garmor ya se ha sumergido en su trabajo en El País, en cuya sede catalana yo también trabajé, cuyas calles que la circundan hemos marcado con noches de fiesta, paseos en busca de restaurantes japoneses a las dos del mediodía, puntos de encuentro intelectual y descanso físico para volver a nuestras obligaciones laborales.

Entramos en una librería. ¿Tenéis libros de Tagor? Lo miran en la base de datos, algo impensable en la indomable India, y me sacan primeras ediciones de las traducciones de Zenobia y Juan Ramón, primeras ediciones de las traducciones en catalán a cargo de Ventura Gassol y Josep Carner i Ribalta. También conseguiría, al final, una primera edición de la traducción francesa de Gitanjali, cuidada por el escritor francés André Gide. El hallazgo de estas delicias me embarca en una insondable melancolía de mi cultura: de un continente, Europa, marcado para siempre por su deslumbrante pasado, cuya misión más importante es preservar su legado cultural y evitar el suicidio intelectual en marcha.

Me llena de joyas saber que Fran me acompañará donde yo quiera, que este día es mío, que quiere escuchar todas mis historias indias, mis amores inflamados, mis manías insoportables. El Sol se cae y de nuevo me reúno con Fran tras la cena. Vienen Betis, Jorge y Santo en el canijo, el coche uruguayo, para desde El Prat volar en máquina hacia el mar de la Barceloneta. Allí se nos une Garmor, que viene del otro lado del cinturón rojo -¡qué convergencia la nuestra, qué lanzamiento prometedor hacia el futuro desde nuestra posición humilde, excéntrica!- y las bromas y risas se suceden sin descanso, de modo que cuando una ha pasado a mejor vida, la otra la barre y la hace crecer, como las olas del mar que baten a nuestras espaldas.

Pocos días más tarde llego a la Granada mora, ciudad de inefable fuerza telúrica, fogonazo amarillo del tiempo. Visito durante dos días a mi abuela, que ha llenado la nevera de víveres y ha preparado cuatro platos de arroz con leche: tardaría como poco una semana en terminármelo todo. Y al despedirme: "Un día, otro día, una noche, otra noche. Siempre sola. Ay, dios mío. Yo le rezo siempre a San Antonio para que te cuide. Tú descansa, que estás muy delgado, tienes que estar en casa, en tu casa y descansar, comer, descansar y comer. Y un día y otro y otro y siempre sola, sin nadie que me quiera ver. No, no dejes la llave por fuera; cógela y cuélgala ahí, cierra con fuerza. Hoy ya no vendrá nadie más".

Mis primos me sacan en coche del pueblo de nuevo hacia la capital de Granada, bordeando el litoral mediterráneo, como siempre. Nuestra actitud intelectual ha sido siempre una línea sinuosa mordiente con el mar, tangente y paralela, bailaora. Pienso en la tristeza de mi abuela, en la soledad y la nostalgia, y me pongo en la cabeza que la costa del Sol está muy cerca.

Cuando, tras las tapas y la observación de la vida andaluza, llego en tren a Madrid, el cielo se ha enmarañado. Miro el poderío continental de la capital, las banderas españolas altas y me digo que Barcelona me gusta más, pero Madrid también, ya está marcada: la sede de la Agencia Efe en Espronceda, los paseos por Sol buscando un póster de Joaquín Sabina para mi amigo indio, los descabalgos nocturnos con mis viejos amigos de Santander... España está signada con recuerdos deseados y deseantes, sembrada con mojones de agitación interior.

Todos me ayudan: me llevan en coche, me ofrecen alojamiento, me sacan de compras; soportan mi inquietante tranquilidad. El avión sale a Moscú, donde espero el último vuelo fumándome lo último que me queda de Madrid: un puro. Las desvencijadas alas del Tupolev ya están listas para el despegue hacia la India, tierra de la representación mito-práctica, del desconcierto templado. Al pisar el suelo de Delhi, repaso la cartografía europea, domesticada para nuestros paseos, para poder recorrerla a pie, y me cargo de nueva energía para escalar el indomable sur de Asia, que se me ofrece en forma de una Amazona de cabellos largos, soñolienta, que me hace el amor para recordarme que mi sitio no está en la India o España, sino en el centro de la experiencia fenoménica.

martes, marzo 18, 2008

Un día en la India

Ayer tenía el día libre y se lo dediqué a Delhi, que como ya he dicho alguna vez, es aquella mujer herida y fascinante, abandonada, que no te llamó la atención por primera vez pero que cada vez que te penetra con sus lanzas de madera muestra su vida violenta, su deseo de ser amada, imposible de obviar: no se puede no amar a Delhi. Inadvertidamente, uno pasa de discurrir sobre si acaso puede considerar a Delhi una conocida a aparecer en su regazo de árboles sollozando deseos.

Me levanto y desayuno en la terraza: té con leche, fruta y tostadas. Suenan de fondo canciones de Mina. Repaso algo de italiano. Lo entiendo. Vuelvo a mis apuntes de bengalí. No entiendo nada. Reescribo el inicio del capítulo tres de mi novela. Llamo a todas las librerías de viejo de Delhi como un loco: quiero encontrar dos libros fundamentales: 'India and the Romantic Imagination' e 'India and Europe'. Hermenéutica. No los tienen en ninguna tienda y decido ir a la Sahitya Akademi, la Real Academia de aquí, si quieren ustedes.

Ya había estado antes; me había pasado mañanas enteras leyendo los Upanishad y líneas mínimas de Tagor. Subo a la planta de arriba, donde hay una tienda que ofrece descuentos excepcionales. Me compro el cuarto volumen de las obras en inglés de Tagor, la poesía completa de Kalidasa y un libro de historia de la literatura india que me habían recomendado (tres volúmenes). Veo un diccionario de bengalí: dos edificios de letras grandiosos. Y le digo, en hindi, al dependiente: "Maisán, ahora no puedo llevarme esto. Pero en un año hablará bien bengalí y me lo compraré".

Mientras bajo las escaleras también desciende mi convencimiento de que conseguiré aprender el catalán de la India. Entro en la biblioteca. Todo Tagor, en bengalí, son veinticinco volúmenes que ocupan varias estanterías. Toco los libros; son viejos y polvorientos. Apenas alcanzo a leer en alguno de ellos la palabra 'poesía' en bengalí. Encuentro los hilos hermenéuticos de los que quería tirar por la mañana, los dejo apartados para llevármelos a casa (¿y si los robo?) y encuentro algún ensayo interesante sobre Tagor, la modernidad y Europa.

Estaba leyendo uno de ellos y apagaron las luces. Me imaginé con ella en esa esquina de la biblioteca, al resguardo, al sentir del flujo destructivo de la atracción, cruzando nuestros peces y pájaros.

¡Maisán! ¿Por qué me cierras? Salgo. Espero a mi amigo indio, Manoj, que ha salido ya de trabajar de la embajada chilena. Manoj me hace todos los caprichos. Todos. Se mete con el coche en el complejo donde está la Academia (Rabindra Bhavan). No está permitido, pero él le dijo al guardián que su amigo era una persona muy importante. Me subo con él. Dejo la moto, con la que había venido en ascender de cielos y primavera de heridas, en un párking adyacente.

Vamos a Connaught Place, el centro financiero de Delhi, donde la ya descrita convivencia entre la globalización y el carácter indio se entreveran. Me quiero comprar la PlayStation. Nunca he querido una, pero últimamente me lo paso muy bien jugando con mis amigos; y quiero que cuando Garmor, Fran, Cabesita, Tigre o George vengan la disfruten conmigo. Me compro una nueva, ensamblada en China: regateamos fuerte, como dice Manoj. Conseguimos el Pro Evolution 8, una memory card, dos mandos y un multitab por un precio bastante razonable.

Salimos de Palika Bazar y damos la vuelta a Connaught Place. Fumamos, esperamos a Godot. Volvemos al coche, que está en uno de los pocos (¿el único?) párking subterráneo de Delhi, no sin antes discutir con el personal, como es costumbre. Llegamos a Pahar Ganj, un mercado para hippies y turistas atestado de bici-rickshaws, vacas y comercios. Es una locura entrar dentro con el coche: lo hacemos. Recogemos a Dimitri y su novia y aparcamos al final de la calle (?!). Cenamos ternera, por fin, en una terraza, y hablamos, como siempre, de lo que nos une: la India y el trabajo.

Ya es tarde pero el día de Manoj y Morgar no quiere acabar. Llevo un curta bengalí. Me cambio de ropa en el coche de Manoj: me pongo unos dockers y una camisa que me había comprado en Connaught Place después de la Play (¿cuánto dinero gasté ayer?). El plan es que Manoj me acerque hasta la Sahitya Akademi para coger la moto. Pero llegamos y no está. Me vuelvo loco, no soporto el pensamiento de haber perdido esa vespa desvencijada, espacio mío de felicidad y amor inexplicable.

Preguntamos a los policías del párking; no saben nada. Nos vamos a la comisaría más cercana. Hay muchos vehículos aparcados. Superviso la zona y mi alma con motor no está ahí. Un policía de la comisaría se enfada conmigo por meter tanto las narices. Le enjabonamos un poco. ¿Dónde está la moto? No nos hacen caso, nos dan evasivas: al final el comisario llama a un 'amigo', que asegura tener la voladora Kinetic. Otro agente me coge el tíquet del párking y me dice: "No lo pierdas, esto es la prueba de que la moto es tuya". Y me empieza a preguntar cosas personales. "Venga, tío, que me voy a por mi moto, trae", le digo, en español, claro.

Nos han dado el móvil de un agente. Todo se desarrolla en hindi, en otro universo lingüístico que, sin duda, reelabora la realidad. Llama Manoj. Le dice el poli que está en una calle no muy lejana, que vayamos a buscarlo. Lo encontramos. Paramos el coche en el medio de la carretera. Habla Manoj con él (déjame a mí, no te preocupes, tío). Me equivocaba yo si quería decirle: el párking no especifica las horas que puede estar un vehículo ahí, no sé si es por eso por lo que habéis retirado la moto. Manoj le dice que trabaja en la embajada chilena, que yo soy su hermano español, que trabajamos los dos en el mismo barrio (todo esto sí puedo seguirlo), que yo soy periodista.

Nos mira el agente. Parece que imagina todo lo que Manoj y yo hemos vivido juntos, que ya es mucho. Sonríe. Me dice que si hablo hindi. Y le digo lo mismo que al dependiente: "De aquí a un año, hablaré hindi craquelado, pero ahora no mucho". Sonríe. ¿Nos la vas a dar? Gira la cabeza. ¡Qué cabrón, quiere dinero!, le dije a Manoj. Sí, sí, me dice. Comenta dos banalidades. Y le dice al agente que le acompañaba -un mandao- que nos acompañe hasta el lugar donde está aparcada la moto.

Maisán se sube al coche con un palo que no tiene nada de ninja. No, no, tú detrás: Morgar va delante de copiloto. Creo que esta escena fue la mejor del día. El policía sentado detrás con mi PlayStation al lado. Veo otra vez mi moto y estallo de alegría. Abrazo a Manoj y le digo que es el mejor, pero vamos, vamos, que no llegamos a la fiesta.

Mientras conducimos por la noche templada, pienso en mi hermana, que me había recitado por teléfono un poema de Juan Ramón Jiménez de memoria, también en mis padres y seres queridos, y me digo que dónde está mi generosidad. Siento remordimientos: quiero dejar atrás mi carácter frío y hacerles todos los regalos del mundo, entre ellos, mi afecto directo y sin desviaciones intelectuales.

Y no recuerdo unos ojos grandes, sino la oscuridad de su contorno. Esta extensión de tierra orbital es lo que yo siempre he considerado el espacio de la literatura.

lunes, febrero 25, 2008

Escritura de los interiores

Una forma divina de inspiración del futbolista es el caño. En su debú con el Zaragoza, Cani, ahora en el Villarreal, salió y le hizo un caño a un oponente. No hay mejor manera de tocar un primer balón: aunar la función inequívoca del regate con la sutileza de la inteligencia. El otro rebasado; yo vuelo: calentamiento de la magia.

Pero lo que para nosotros es una galería poética, acuática (siempre que el balón pasa por debajo de las piernas de un rival, invariablemente, lo hace como suspendido, consciente de que el tiempo y la materia se alteran), para los ingleses, por ejemplo, es un divertido malabarismo. Lo llaman nutmeg. Por mucho que nos detengamos en elucubraciones etimológicas, pronto nos saltan al imaginario los huevos del otro, por debajo de los cuales pasa la bimba. Me parece ésta una elevación innecesaria del regate que deja de lado la pura esencia del acto, la lírica del fútbol, para centrarse en las humillantes consecuencias del mismo sobre la víctima. Es como reírse de quien no ha entendido un poema.

Entre el sublime caño español y el sardónico nutmeg inglés, encontramos el estético petit pont francés. Franca y exacta descripción del escenario del acto: sugerencia del atravesar al otro lado, intento lírico de embellecer el regate. La expresión gala admira y repele: significa a un regate que, quizá, no buscaba un vuelo estético sino una concentración de tiempo y tierra que, hasta el momento, tan sólo parece retener la palabra española.

En Portugal lo llaman cueca, que son los gallumbos. Vaya broma. Pero en Brasil, entre otras palabras, usan una en la que nos detenemos: janelinha. Pequeña ventana o, mejor dicho, ventanilla. El regate puede abrirse, mostrar expansiones sentimentales, pero es en esta restricción, en este toque compungido y acuático del caño, donde el balón entra por la minúscula ventana del mundo, por el imposible. La janelinha quiere hacernos ver lo difícil que es el pasar la pelota por entre las piernas del adversario; se cuida también mucho de no despreciar su vertiente poética.

No estamos solos al cruzar esta galería. Cualquiera que haya hecho un túnel siente el acompañamiento de la inspiración. Su tierra de carne inspirada respira: se comunica exactamente con el medio. Siente entonces la conciencia de la varita. Abandono aquí el panteísmo, porque creo que en ese momento total de intercambio con el dios inventado, que es todo lo demás que no somos nosotros, volvemos al hombre. No se siente uno un místico, sino un humanista, un poeta clásico e impertinente. Encara ya portería con la alegría de aceptarse en su divinidad humana. Quiere sorprender a la huidiza hazaña del gol, siempre tan lejana. La creatividad salvaje se sube a sus lomos y golpea el balón con el interior culto del pie, trazador de la precisión lírica.

Viva la literatura que hacemos cada día: escrita la jugada; escrito el mundo.

lunes, febrero 11, 2008

Los cocos indios del sur

LAS AGUAS INTERIORES DE KERALA, PLAGADAS DE ARROZALES / AMP

Ya explicamos algunas diferencias y analogías entre el cinturón norteño del hindi y Bengala. Hagamos ahora una tímida exploración en la India meridional, tierra de mar y comunismo.

No hay consenso sobre el origen de la cultura dravídica, propia del sur del país. Aislada del resto del subcontinente y ajena a los trajines septentrionales y a la invasión musulmana, el influjo exterior a esta zona del mundo llegó con los franceses y los portugueses, que desembarcaron en sus playas con el mismo ánimo colonialista con el que nosotros fuimos a otros lares. Lo que pagaría yo ahora por ver una iglesia española en la India.

Los estados del sur no sufren tantas desigualdades sociales como el áspero norte y tienen tasas de alfabetización que en algunos casos superan el 90 por ciento. El comunismo ha cuajado en muchas de estas regiones, en especial en Kerala. Los Gobiernos funcionan algo mejor. Después del tsunami, por ejemplo, Tamil Nadu dio un ejemplo al mundo con su gestión de la tragedia.

Se saben diferentes, visten 'lungis' más distinguidos que contrastan con las abigarradas y coloridas vestimentas de, pongamos, Rajastán. Habita en ellos un ánimo más relajado y una relación especial con el mar.

La mayoría de bramanes (la casta más alta) se concentra en el norte de la India, lo cual hace que inevitablemente en el sur el sistema de castas no sea tan visible. Pero es la India: incluso en las iglesias católicas los sacerdotes tienden a ser de casta alta y, los fieles más discriminados, intocables.

Humilde la sinagoga de Cochín, tierra explorada poéticamente por Octavio Paz y colonialmente por los buques portugueses. Nostálgicas sus baldosas chinas.

Pero es la India: te meterán un gol si pueden. El salitre, las palmeras y la atmósfera caribeña en gentes de habla del tronco dravídico -nada que ver con el sánscrito- no impide que la conciencia universal de la India se manifieste allí. Un incesante flujo coherente de acción secreta y general. Nada místico: todo mundano. O quizá todo propiamente místico. Concentración y alzar del espíritu.

Nosotros necesitamos dos guerras y millones de muertos para apostar por una unión supranacional entre países con una historia cercana y entreverada. Ellos, desde su independencia, apostaron por integrar todas sus civilizaciones en un proyecto común. Los expertos decían que la India desaparecería a causa de su diversidad. En efecto: no pasa un día sin que se manifiesten conflictos regionales en Cachemira o en el noreste de la India. Pero no hay una amenaza central contra el país, rodeado de fracasos políticos como Sri Lanka, Pakistán o Bangladesh.

Por mucho que la globalización golpee a la India, su tradición nunca será pasado, como en nuestro caso, sino futuro. Esto me maravilla y me preocupa. Los indios son terribles.

























IGLESIA DEL 'SACRE COEUR' EN LA CIUDAD LITORAL DE PONDICHERRY / AMP

jueves, enero 31, 2008

La naranja de la voluntad

Pensé que la noticia que incluyo al final de este escrito podría interesar a Enrique Vila-Matas. La escribí desde Delhi con la ayuda de un compañero. Se la hice llegar por corrientes literarias. Y Vila-Matas respondió, desde el mismo río, que "el tema no está en el silencio del profesor, sino en la extrañeza de algunos nombres como Agus. Y también en el casi palíndromo que hay entre agus y puga. Si fuera sólo Uga el apellido tendríamos el palíndromo: Agus Uga".

Sus palabras me divirtieron y alegraron, aunque lo que yo verdaderamente considero extraño es que el mundo léxico no rebose de palíndromos o que el campo de las matemáticas no reproduzca exclusivamente números capicúas, motor circular hindú de un universo, el que nos ha tocado, basado en la construcción de juegos y en roturar signos con referentes infinitos.

Intento deslabrar la tela de símbolos que siembra el mundo mientras me acerco al Naranjo de Delhi. Me encaramo al tronco para alcanzar el cítrico de la vida, en cuya piel rugosa se refleja el sol débil y roto de la India. Evoco mi condición de ninja para trepar el árbol y conseguir la victoria. Pero las manos se resienten del frío de la mañana, de las horas en moto con el viento helado, y empiezan a sangrarme. Caigo al suelo de Oriente. Me huele el pelo enredado, la barba me desborda; la ropa empolva la tierra.

Siento la cruda soledad que nadie conseguirá arrancarme. Sonrío entre mis glóbulos y los de mi conciencia. Mientras veo el eclipse de sol de la naranja alta, pienso que nunca más perderé un vuelo a Karachi.










"Huelga de silencio" de nueve meses de profesor indio enfurece a sus alumnos




Nueva Delhi, 24 ene (EFE).- La "huelga de silencio" de un profesor del norte de la India, que ya dura nueve meses, ha acabado con la paciencia de sus alumnos, que han decidido cerrar con candado la puerta de la escuela y organizar una sentada en protesta por la actitud del docente, informó hoy la agencia IANS.
Sunderlal Chadhari, profesor de Lengua y Ciencias Sociales de una escuela pública de la región desértica de Bikaner, protagoniza su particular "maun vrat" (ayuno de silencio, en hindi) desde el pasado marzo y tiene la intención de mantenerlo dos meses más, aunque no ha especificado sus motivos.
De momento, las protestas de los estudiantes y vecinos de esta escuela rural, situada en el estado noroccidental de Rajastán, han sido en vano, ya que el maestro sigue determinado a cumplir con su año de silencio.
"Ya tenemos suficiente. Nuestra educación se está viendo afectada. Hemos organizado una sentada como protesta, porque queremos que se impartan nuestros estudios", declaró a IANS Vijay, uno de los estudiantes ávidos de las palabras de su maestro.
"Si el profesor no quiere hablar, debería quedarse en casa. ¿Por qué nos hace perder el tiempo?, señaló Ramphool, otro de los alumnos afectados.
Los lugareños sostienen que Chaudhari está mentalmente desequilibrado y han firmado un escrito dirigido a las autoridades locales en el que piden la sustitución del profesor si no cambia su comportamiento.
En el censo de 2001, la tasa de alfabetización de Rajastán se situaba en el 61 por ciento, mientras que la femenina no alcanzaba el 45 por ciento.

lunes, enero 21, 2008

Pakistán y la India: analogía y diferencia

Imaginen una Europa anárquica, sin Estados todavía, gobernada laxamente por un imperio asiático frío y calculador. Imaginen que esta Europa, siempre tan diversa en gentes y lenguas, pero con un cogollo cultural común, lo es también en religiones profesadas. Tras un siglo de dominación, el Imperio de Oriente -que sería chino-, sale con el rabo entre las piernas cuando lleva decenios alentando la partición de Europa en moros y cristianos, algo que tan sólo se han creído sus clases dirigentes, mientras el pueblo sigue recogiendo la viña y plantando olivares. Se divide el continente y los chinos siguen hablando de la gran rivalidad entre Eurabia y la Europa cristiana. Que ya es una realidad.

Pakistán, el país de la bomba islámica, nació en 1947 de la voluntad de un manojo de abogados liberales, concretados en la figura del atormentado Ali Jinnah. Vio la luz en dos territorios sin frontera, separados por el que todos creían que iba a ser su gran aliado y se convirtió en su sempiterno enemigo: la India. Musulmanes bengalíes en Pakistán Oriental; patanes, punjabíes, sindis y baluchis en Pakistán Occidental. Terratenientes, comerciantes, clase obrera, pastunes conectados con Afganistán. Sangrante nacimiento, muerte de su líder, golpes militares, asedio de la India. Perder todas las guerras. Y perder Bangladesh: más de la mitad de su población.

Lo que es extraño es que este resentimiento no haya desembocado en un abrazo tembloroso al Islam. Tampoco ha sido mejor solución el Ejército. Y ché. Se nota el influjo del sufismo, especialmente en Punjab, que da una elasticidad mágica a la región. Siempre estará, para empañarlo, la salvaje frontera con Afganistán -donde se esconde Bin Laden-, plataforma usada por EEUU y el ISI para crear el monstruo de la insurgencia talibán contra los soviéticos.

Entremos por la gigante puerta de la India, país que tiene un Ejército alejado de la política y más grupos terroristas en su seno que Pakistán. Pasemos por el norte del país, recogiendo las flores del hindi, lengua hirsuta y pegada al sánscrito, flecha de acero en la que las palabras 'gracias' y 'de nada' están desterradas. Penetremos, por Punjab, hacia el vecino islámico, en la maravillosa Lahore. El urdu sustituye al devanagari con su propio alfabeto, de reminiscencias árabes. Coloquemos bien la oreja y escuchemos la melancolía de un idioma con casi idéntica gramática. El hindi es ese español que va ganando en nostalgia hasta llegar al Atlántico y convertirse en portugués-urdu, canto triste y bello. La saudade paquistaní se adivina también en la amabilidad de las gentes, más quedas, no tan tumultuosas como las indias. Algo, por otro lado, que no se antoja muy difícil.

Si la India disfruta en sus entrañas de la geometría islámica -Taj Mahal- y de los abigarrados templos hindúes, que forman una trama desigual, de sostenida divergencia, en Pakistán toma protagonismo un cierto ordenamiento de la vida, que no ha penetrado en su tejido político. Hay carreteras homologables a las europeas, algo impensable en la India: hay una voluntad de ser musulmán, pero el carácter surasiático siembra señales de que, en todo el subcontinente, nos encontramos ante la misma civilización.

Una civilización con una relación directa con la vida, en un infinito presente continuo, ilusionada y fallida, plantada en el centro de la Historia: inconsciente de su devenir, vago, luminoso; cuerpo lleno de heridas propias y ajenas que no acierta a taparse, cadáver lleno de vida lanzado hacia la flecha de Dios. No el celo: la copla; no la disciplina: el quehacer. Encaje imposible de un puzzle que un día fue posible. Pero no les importa. Ellos viven. Nosotros nos lamentamos.

Me parece la suya una existencia salvaje, desbocada, intestinal.

Monstruoso llorar, también, el europeo. El nuestro. Quejarse desde la cabeza: atalaya de la cultura.

lunes, diciembre 17, 2007

La India: ilusión y nostalgia

DOS INDIOS EN UNA TERRAZA DE NISAMUDÍN, BARRIO DE DELHI

Pongamos a mis dos mejores amigos indios, Manoj Sharma (izquierda) y Subhro Bandyopadhyay (derecha) para contar algo de la India.

Manoj, sentado en la escalera de la terraza de Morgar, lleva una manta liada a modo de lungi, la prenda que siempre llevo para dormir, aérea y cómoda. Nació en Delhi un uno de enero, aunque sus padres son de Uttar Pradesh, la región más poblada de la India. Allí ha ganado las elecciones este año una líder intocable (dalit) que promete dar mucha guerra. Del estado limítrofe oriental, Bihar, nació el budismo y el hinduismo. Casi todo el norte del monstruo asiático, desde Punjab hasta Bihar, es el cinturón del hindi: la región dominada por hablantes de este idioma. También, con la excepción de Punjab, es el corazón de la India depauperada. Es aquí donde tienen lugar muchas de las atrocidades que leemos y escuchamos en los medios de comunicación.

Manoj pertenece a una familia de bramanes, la casta más alta, que a su vez está subdividida en otras miles. Todos se ayudan entre ellos: nunca podré olvidar cómo, tras meternos en un tren sin billetes, intentamos todas las tretas y sobornos posibles para convencer al revisor de que no nos multara de forma excesiva. Nada surtió efecto. Pero Manoj le preguntó su apellido -donde está signada la casta- y le dijo: "Yo soy Sharma. Somos bramanes". "No me tienes que decir nada más. Eres mi hermano". Y nos dejó ir. Los bramanes han llegado a constituir organizaciones solidarias de ayuda a sus iguales, cuyo brazo político en ocasiones es de extrema derecha. Conocer estas redes es fundamental para vislumbrar qué se cuece en los subterráneos de este país destartalado y misterioso.

Lo que nos ocupa aquí, sin embargo, es la importancia del personaje. Manoj, desde su arraigo hindú, ha emprendido una lucha admirable por la autonomía de la voluntad kantiana. Rechaza a las mujeres que su familia le quiere endosar como esposas y se ha emancipado. Ama a su familia, pero odia la imposición y la jerarquía, base filosófica de las barbaridades que se cometen en el cinturón hindi. Vamos: que hace lo que le da la gana, algo que, en su situación, no es nada fácil. Nacido en una familia humilde de bramanes, trabajó conduciendo autorickshaws durante años y en muchas otras ocupaciones. Hoy trabaja en la embajada de Chile en la India gracias a su dominio del español, que le ha abierto las puertas a otros mundos. Ama y repudia a su país: lo defiende con la espada y lo critica con cuchillo. La esperanza de la India, en especial de su tercio septentrional, es que una nueva leva de mujeres y hombres se alcen con valentía y roturen los campos para plantar la más preciosa semilla: la de la libertad y los derechos humanos.

Subhro, por su lado, nació en Calcuta. Es un intelectual de extrema izquierda, como buena parte de sus compatriotas bengalíes, muchos de ellos sumidos en la pobreza. Es una delicia, desde luego, ver cómo él y Manoj discuten sobre el estado de las cosas en el país. Hay un sustrato común, pero las diferencias se hacen notar. Los ingleses dibujaron en Bengala, situado en la costa oriental de la India, una de las flechas de libertad que empiezan en el mar para morir a medida que se adentran en el territorio. Otros vectores salen de Bombay, capital financiera de la India, y de Pondicherry y Tamil Nadu, en el sur del subcontinente. Otra dimensión.

En la India nunca ha habido una revolución. Pero sí un movimiento intelectual independiente y sólido: el Renacimiento bengalí. Decenas de escritores bengalíes, desde el siglo XIX, se lanzaron al repensamiento de la India tradicional desde el aliento británico. No lo inglés: lo occidental, la necesaria ósmosis con ideas extranjeras. Ram Mohan Roy, Vivekananda, Ramakrishna, Debendranat Tagor, Rabindranat Tagor -mi objeto de estudio-... todos ellos constituyeron la crema de la intelectualidad india. Y todos eran bengalíes. No pensemos que Mohandas Gandhi aportó nada nuevo, en el plano intelectual. Sólo en el espiritual. Hablaremos otro día de ello.

Sorprende que en una región con tantos genios, la de Bengala, haya tanta pobreza. No analicemos aquí ésta tan trillada y compleja consideración: señalemos que Bengala, al igual que la India, vivió una partición traumática, aunque mucho antes, a principios del siglo XX. Los ingleses, otra vez, tuvieron mucho que ver. Para mal.

Subhro fue quien permitió la publicación de mis poemas en lengua bengalí. Lenguaraz y despierto, conoce la literatura española y la occidental mucho mejor que gran parte de mis amigos españoles. La lengua que dibuja el cinturón del hindi culmina en la costa bengalí, donde las facciones de los indios se suavizan (puerta hacia la otra Asia), los mofletes se acolchan y el mediterráneo encuentra paralelos con su cultura. Es una de las puertas de la India a Occidente, además de las ya citadas anteriormente.

En Subhro -que también es bramán- no hay conciencia de casta: en Manoj sí, porque ésta ha determinado su vida en los buenos y malos aspectos. El bengalí, más fervientemente ateo, es sorprendentemente menos promiscuo que el delhí, un promiscuo y craquelador de mucho cuidado. Manoj sufre y lucha por cambiar la mentalidad de una tierra con un acervo cultural antiguo incomparable; Subhro se lamenta del declive de la civilización bengalí, de su saudade intelectual, y sueña con liderar una revuelta ideológica y lírica que devuelva a Bengala a su sitio. Vemos que nosotros, los europeos, estamos en la misma lucha que Subhro: en la de la crisis de la palabra y el marasmo intelectual, aunque sabemos que la letra está inscrita en nuestra piel. Lo de Manoj es otra cosa: la construcción de un nuevo proyecto, plagado de obstáculos, irrealizable, en una parte del mundo donde el tiempo no transcurre, es incambiable. Ilusión en Manoj; nostalgia en Subhro.

Y melancolía en Europa.

martes, diciembre 11, 2007

Lienzo, espacio: palabra, tiempo


MORGAR, DISERTANDO SOBRE SU LIENZO 'LA EXCESIVA ESCALERA' EN LA DESÉRTICA POBLACIÓN DE PUSHKAR. 21 NOV'07 / AMP


Dejemos de lado que el primer cuadro de Morgar es horrible. Detengámonos en su temática: es una traducción artística de uno de sus textos fundacionales, el relato-poema La excesiva escalera. Las tornas se cambian: si en el relato es una niña desesperada, encerrada en una galería gris circular, la que establece un diálogo con un niño que ve cómo los barcos cargan frutos y se adentran en el Mediterráneo, ahora es ella quien divisa la playa y él quien juega con la pelota en la sombra azul beckettiana.

Él se dirige hacia la cruz, hacia la muerte. Ella -observemos que su cara es la península Ibérica- observa el halo de los objetos que son y no son. Recordemos: ¿qué transportan los barcos? Naranjas sí naranjas sí. Manzanas no manzanas no. Y, sin embargo, la manzana -uno de los objetos mejor pintados del lienzo- es la única que aparece. Porque ella la desea.

En medio de la creación, la escalera. Como siempre.

Invitamos a los teóricos del arte, muy especialmente a Joan Pau, a analizar la simbología de esta obra, inmensa en su desplegar de signos y sentidos, flechas de carne que atraviesan el cielo indio para hundirse en las playas de Europa.

Mientras pintaba, con cuatro indios que me rodeaban y que alababan mi arte abstracto (sic), me di cuenta de las evidentes diferencias entre pintura y literatura. El arte está en cruel dependencia con el espacio: exige una gran tensión intelectual en los momentos álgidos. Mi lienzo no deja de ser una instantánea: no se mueve, aunque sugiera movimiento. En la escritura, en la que soy menos profano, todo es transcurrir, sucesión de imágenes, fulgor explicativo, rumor del río. Montaña y mar, pintura y poesía ocupan diferentes lugares, aunque por ellos pase el río de la creación.

Me aboca esto a una reflexión: la de si soy un animal temporal o espacial. Siempre he pensado que el espacio es moldeable, que se puede abolir con el movimiento y la acción, con la naturaleza transformadora del trabajo: talar un árbol, viajar en avión para ver a mis seres queridos, subir a la moto en busca del libro que quiero en la Vieja Delhi. Pero el tiempo, no. El tiempo, además de ser una creación humana -hecho que alimenta mi fantasía hacia él-, es inexorable, martillo del cuerpo, yunque que un día caerá sobre mí. Me madura y cambia los mundos: transcurre, en su trascendencia, como una grávida gota de sol del cielo a la tierra.

Miro mi lienzo. Me pregunto por qué he escogido la escritura. Primero, Morgar, porque el cuadro es horrible. (¡Aunque el tema de la obra te gusta!). Segundo, y más importante, porque escribir te parece algo muy difícil. Quizá erróneamente; seguramente hacer unos zapatos entraña más dificultad. Pero esto te parece imposible. Esto: disolver el lenguaje para volver a la exacta designación de las cosas, al primitivo reino sin palabras, que son las que hoy signan el mundo. Traición y lealtad: poesía trascendente. Y, como la primera vez que viste un balón, en el patio de la escuela, fue viable para ti hablar de él como si fuera la esfera del mundo, te lanzaste a la empresa imposible: al tiempo, a la literatura.

lunes, noviembre 05, 2007

Eurindia: gastronomía comparada

Creo que desde mi origen mediterráneo puede tirarse luz sobre la gastronomía india, cajón de mi cultura de destino. Aunque el ejercicio no nos aporte ningún avance científico, confiemos en que nos sirva de entretenimiento liberal vincular la imaginación índica y latina desde el paladar y la palabra.


La comida india abunda en contundentes especias y sabores violentos. Su objetivo es sorprender, hacerse presente: objeto de amor u odio. El gusto surasiático no es exigente, sino excesivo. La aglutinación y la mezcla no son recursos gastronómicos: son la base de su ciencia. Igual que una india no duda en acudir a los colores más llamativos para diseñar su presentación ante el público, el chef, ante la duda, siempre añadirá más ingredientes al plato. Que no falte sabor. El cuadro nunca está acabado: el horror vacui de la cocina india es espejo de su abigarrada estética.


El gusto mediterráneo es mucho más educado. Se aleja de las extremidades de la sensación para hallar su fuente de placer en la sutil distinción entre sabores poco distantes. Un poco de picante insulta a nuestro sentido del gusto. Por eso decimos que es más sofisticado: selecciona y ejecuta más cuidadosamente. Esto nos inhabilita para disfrutar como niños con el dulce más inocente y para considerar las consecuencias epidérmicas e inmediatas del picante.


En Italia y España hemos cultivado un gusto por las viandas elásticas. Ahí están los espaguetis, el queso fundido y, en especial, un animal de fondo de nuestra cocina: la levadura. Lo nuestro tiende hacia fuera y lo indio converge al centro. El sabor de la paella, la fideuá o la pasta nos deja una fina película homogénea en el paladar; el fulgor del masala, las samosas y las especias se compactan en la boca para explotar y pedir concentración en la comida. Yo diría que los alimentos, para nosotros, son una versión blanda de la vida, mientras que para ellos son una exageración de la realidad.


Me he aventurado a pensar que esto viene de un orden cruzado en nuestros diversos pensamientos. El indio, metido en sí, quiere salir al mundo; el mediterráneo, temperamental, busca la cachaza en la comida. Pero esto no es verdad, me parece.


Lo que sí es irrebatible es que ambas cocinas trabajan con tiempos distintos. Los platos indios vienen todos a la vez: se aglutinan en un plato. En Europa una vianda sigue a la otra; comer es una sucesión. De nuevo sale a relucir la intensidad y aglomeración índicas frente a la distribución latina, que busca la descongestión.


Pero vayamos más lejos. Digamos algo bonito. Aceptemos que la filosofía occidental nació en el mar Mediterráneo, con los griegos observando la sucesión de olas: la génesis del silogismo y el pensamiento racional. Creamos también que el pensamiento oriental apareció en una geografía montañosa, donde la contemplación determinó su esencia. Podemos concluir que la presentación de la comida es, también, una representación de estas formas de imaginar: lo uno y lo diverso. Lo indio, presente continuo, aparición unitaria, sincronía; lo europeo, pasado y futuro, tránsito, diacronía.


Mezcla y separación. Al indio no le sabe a nada nuestra comida, necesita más violencia y existencia. Al mediterráneo le parece un insulto la acumulación sin aparente criterio de la comida india, le parece una masa inmensa a la cual va a tener que prestar atención. El mediterráneo quiere diseccionar cada trama, abandonarse a los placeres sencillos del aceite o el pan. Se trata, en realidad, de una sofisticación. El gusto indio es más rebelde y descuidado: una gigante caldera, como el subcontinente.


Pero hay puentes entre ellos y nosotros. La comida bengalí es un ejemplo. Alguna vez dijo Rabindranat Tagor, con mucha fortuna, que los bengalíes son los mediterráneos de la India. Yo también diría que los mediterráneos somos los indios de Europa, e incluso que somos un subcontinente. Pero eso es mucho decir. En todo caso, la influencia del mar en la cultura bengalí es determinante. Nos acerca. El pescado entra en la cocina bengalí y exige una preparación de los alimentos más educada para no estropear su sabor marino. Hay menos especias. El picante es poco. Precisemos, sin embargo, que la comida bengalí sí que se extrema en sus dulces, en especial con el famoso rosgola. Una delicia, también para nuestro paladar.


Elasticidad y consistencia, el Mediterráneo y el Índico acogen viandas que nos descubren las paradojas de ambas civilizaciones. Nosotros, reflexivos y temperamentales; volátiles y pensantes. Ellos, contemplativos y ardorosos; necesitados de la visión total de las cosas pero supersticiosos. La India mágica: la Europa constructora.


A LA IZQUIERDA, KOCHURI BENGALÍ. SE PARECE SOSPECHOSAMENTE A LA PAELLA. A LA DERECHA, UNOS DELICIOSOS ESPAGUETIS, QUE NUNCA NOS DECEPCIONAN.

miércoles, octubre 24, 2007

Escalera bengalí




Esta revista de poesía se llama Shaluk. Es un tipo de loto: la flor nacional de Bangladesh. Se ha publicado en Dacca este otoño.

Las páginas que hemos abierto -186 y 187- son traducciones de poetas en lengua española al bengalí. El primero de ellos, en la página de la izquie
rda, es Miguel Hernández con sus poemas desde la trinchera. El último de ellos llega hasta el principio de la siguiente hoja. Hay otro poema, también, de Octavio Paz al final de la página 187.

Aprisionado entre la belleza lírica de ambos, otra composición aparece en el centro de la página de la derecha. El autor es
Agus Morales. Tras el nombre, entre paréntesis, dice: Barcelona, 1983. Kobita (poema). Entre corchetes hay una breve introducción al sujeto. Se insiste de forma excesiva en que es un joven poeta y que vive en Nueva Delhi, aunque se siente bengalí. Una serie de infamias perpetradas por mi amigo y poeta de verdad Subhro Bandyopadhay, que escribe a menudo en la revista. Su prometida, Bhaswati Thakurta, fue la traductora de mi poema.

Que es éste:




ESCALERA BENGALÍ

Me parece que hay tres cosas en el mundo: la escalera, el pájaro y el mar. Los pájaros roban las piedras del camino. Los limones blancos sobre la arena iluminan la escalera. El mar ha sacado sus brazos y te ha estirado los ojos bengalíes por las sienes, paredes de carne ocultadas ahora por párpados confundidos con la línea de este horizonte de plátanos, de este atardecer de isla cuadrada en nosotros: de escalera, de pájaro y de mar.




La sintaxis está ligeramente alterada en la traducción, de forma que los "párpados confundidos" aparecen casi al final, antes de los dos puntos. Y parece, así, que el atardecer esté confundido de (sic) escalera, pájaro y mar. Algo que no era mi intención; pero que me gusta.

Además de llevarme a casa la revista, este último viaje a Calcuta me ha permitido empezar a descifrar el alfabeto del bengalí (abugida). Con la ayuda de Subhro, hemos leído algún poema de Tagor de sonoridad inaudita y planta surrealista, como uno que empezaba “desde la oreja del labio”.

En el tren de camino a Bengala, que tarda 17 horas en alcanzar su destino, leía a Mircea Eliade, que explicaba su experiencia india. Hablaba sobre la celebración del holi -festival multicolor hindú- en Santiniquetán por parte de Rabindranaz Tagor:

Allí en ese parque sin igual inundado de penetrante fragancia, comienzan los cantos en loor de la primavera, con Rabindranath Tagore rodeado de niños; su voz resalta sobre la de ellos. Su indumentaria blanca ahora es de un púrpura juvenil. El polvo que le arrojaron ha teñido su pelo de mechones de color grana. Tagore coge a un niño con cada mano y comienza la danza en medio de esa vorágine de nubes bermejas, de canciones y de alborozo (...). Varios centenares de alumnos de ambos sexos danzan formando corros más grandes o más pequeños.

Intentaba imaginarme a Tagor bailando con los niños. Y me encontré con la versión de Octavio Paz y Julio Cortázar. A Paz se le ve en todo momento; a Julio, sólo al principio. Es en la embajada de México, en Nueva Delhi, cerca de la española y no tan lejos de mi casa, en Nisamudín.

Y, claro, también está la versión de Morgar. Un conato de bandera republicana se había dibujado en mi brazo.


FEBRERO DE 2007. FOTO DE DIMITRI

Pienso en Octavio Paz, en su estancia en la India, en su poema justo debajo del mío. Saco la revista de loto, en el tren de vuelta a casa. Hay un bangladesí conmigo. Le pido que me lea mi poema. Lo hace. Dice que tiene sentido, pero que no lo entiende (¿?). Tampoco el de Paz. ¿Tienes e-mail?, me dice. No encuentro mi móvil, añade.

El tren se tambalea, parece que descarrila. Vuelve a los raíles. Me tumbo, sigo en mi tránsito. Miro por la ventana hacia el mundo, hacia Oriente. Sonrío mientras mi compañero de vagón despierta a todo el mundo para que le ayuden a encontrar el móvil, que estaba en su bolsillo. Son las cuatro de la mañana. Abro los libros. Pienso en mi carrera de fondo. No importan los alfabetos y los garabatos de Europa y Asia, de Barcelona y Calcuta. Hay una raíz aérea. La poesía es un lenguaje otro y universal.

martes, octubre 23, 2007

Durga y los múltiples brazos

Reanudamos Escalera con esta crónica escrita en Bengala sobre Durga, la diosa de los diez brazos, la inaccesible. Lleva un arma en cada mano pero, curiosamente, los hindúes dicen que no es la diosa de la guerra. Durga es la deidad de la fertilidad, como Venus. Las semejanzas entre la mitología griega y romana y la hindú son uno de los trampolines que los académicos han utilizado para saltar a uno de los espacios teóricos de esta bitácora: la relación subterránea entre la India y Europa. Volveremos sobre ello, más extensamente.







UN BLANCO OFRECE VIANDAS A DURGA EN UN HUMILDE HOGAR DE CALCUTA

jueves, julio 26, 2007

Parlamento y sueño



La lengua de mármol coletea en mi boca. Gigante y húmeda, amenaza con desbordarme, me asusta, me recuerda que estoy en un país de alteración y suspensión. Me levanto. Pongo la música bengalí que no entiendo, que me llevó a Bengala a buscar a Tagor, sus canciones de la calle, los dulces y el comer con las manos. Para despertarme de verdad, cambio la música: elijo la música sufí, el cántico que tengo cada jueves al lado de mi casa. “Te has vuelto loco”, pienso. Salgo a la oficina. Nuestro conductor no está, así que cojo un taxi para mi primera misión parlamentaria en la India. La toma de posesión de la primera presidenta del país, Pratibha Patil.

Después de dar cuatro vueltas y casi insultar al taxista por su falta de habilidad, llego al Parlamento indio. Un complejo multicefálico, mercurial, inasible, líquido también, como nosotros. Paso por el primero de los ocho controles de seguridad (no es una broma). Me cachean, me tocan el pene, como de costumbre. “¿Qué haces, tío” (en español). Cara de incredulidad. Busco el banco asignado a los periodistas. No me dejan pasar sin antes dejar en una sala situada a no poca distancia mi móvil y mi maletín. Pero allí me dicen que no puedo dejar el maletín; sólo el móvil. Lo comunico en la entrada principal y la lían, no saben qué hacer con un maletín que les sugiero que revisen para que vean que no contiene ninguna bomba. Al final lo dejo en el suelo, al lado de un guardia de seguridad.

Entro y veo lateral y aéreamente a Abdul Kalam y Sonia Gandhi. Es casi imposible la visión desde el palco -la cúpula es gigante, Joan Pau- y asomo la cabeza. Me llama la atención el personal del Parlamento y les digo que me dejen en paz, que dejen de fijarse en los blancos y que empiecen a molestar a los indios. Y son ellos los que empiezan a actuar en su espíritu. Me empujan los periodistas, me dicen que les deje pasar para ponerse justo delante de mí y no dejarme ver. Acostumbrado, le toco la oreja a uno, le aparto de nuevo con cierta violencia, asomo la cabeza ante la indignación de cuatro de ellos. Escribo y miran mis apuntes. Qué pesaos, me digo, y pienso: qué grande es la India. ¿No, Mormitri?

Mientras escribo -única actividad que me da sentido y que me tendría ocupado toda la vida-, se me cae el pase de prensa, el mismo pase que, a los extranjeros, nos hacen cada tres meses, y para cuando te llega ya ha caducado. Lo voy a recoger, pero cuando me agacho compruebo horrorizado que se ha caído por una rendija del desvencijado palco de madera. ¡Por Krishna! Al acabar el acto, la lío. “Problem, eh”, le digo a los de seguridad. Y empiezo a reírme.

“Vaya instalaciones tenéis, eh, y eso que es el Parlamento”, le espeto a uno. Hay once personas encargándose del asunto, dicen que no lo encuentran. Hay que abrir a golpetazos la juntura entre la baranda de madera y la escalera para comprobar la realidad, pero tenemos diferencias ontológicas. Mientras discuten, miro la casi desierta sala: varios diputados comparten comida sobre sus pupitres, sentados con los pies en el banco.

"Que no, que está ahí", insisto. Renuncio al pase y dejo mi teléfono para que me llamen si lo encuentran. Entonces uno de los guardias me dice: vamos a verlo. Está loco. Arranca la horrible alfombra verde de la escalera a tiras, abre la madera, entra en el mundo desconocido del Parlamento indio (¿dónde hemos ido a parar, Lopuruna, Morgar Ladder, Eli Póquer-Levy y todas mis creaciones literarias?) y saca mi pase. “¡Gracias!”, en hindi.

Me voy y me persigue, me dice que su hijo estudia español, que le ayude, que me llamará. Me vuelvo a ir, ahora del edificio, y veo una manifestación a favor del anterior presidente, Abdul Kalam. Tras una breve entrevista, el “presidente de la asociación Youth India” me pide el teléfono, que hacen muchas actividades, que los medios somos muy importantes, y evidentemente le doy un número falso. Veo pasar la multitud institucional, Patil, Gandhi, Kalam y el mundo girado y otro. Cojo el rickshaw para volver a la oficina y escribir mi primera crónica parlamentaria india. Pienso en Josep Pla. Maisán acelera, como siempre, y yo le animo en su riesgo universal. Veo una señal de tráfico en hindi y, con dificultades, leo la palabra. Se me queda mirando y me sonríe en su oscura indianidad, ya lanzada en espíritu hacia mi Occidente en crisis. “¡Le dao, eh!”, le digo, inundado en mi felicidad. Acelera, maisán, no te pares, quiero emocionarme por fin, llévame lejos. Volemos a la otra orilla a leer este sueño oriental que no se acabará.

miércoles, febrero 14, 2007

Indian Rickshaw Deconstruction

El barbudo me dijo que su rickshaw estaba libre. Me acerqué a él y regateamos. Partimos hacia nuestro destino, siempre pretérito y gelatinoso, como de ámbito azul.

Otros vehículos con trayectorias indirectas, honestamente descerebradas, invadían el espacio de lo nuestro. El conductor ahuyentaba a los cuervos sobre ruedas con improperios y golpes de cláxon. En un semáforo, besó el parachoques de un coche con su rueda delantera para avisarle del mundo verde, del paso abierto, en lugar de usar otros métodos más discretos.

Cabreado, subió una rampa. Un elefante nos daba el culo macilento. La famélica cola pendulaba con cachaza. En una vuelta, golpeó suavemente el techo del autorickshaw.

Volvimos a parar en un semáforo y vimos un accidente de tráfico. Nos miramos, impertérritos, indianamente.

"Rápido, rápido, que llego tarde", le dije. "Ok, ok, no problem", me contestó, según la constumbre. Me miré en el retrovisor y me arreglé el flequillo. Sentí la injusticia plúmbea de mi acto. Maisán aceleró. Arrinconé por un segundo la pasión encendida de mi cita: sus manos negras me ofrecieron un glacial entendimiento.

Para celebrarlo, estiré mi dedo índice como de una cuerda, me lo tiré al hombro como una toalla, lo recogí por detrás y lo llevé hasta su hombro: "This time, we'll be on time", le dije. Sentimos los dos un triunfo de la voluntad compartido. Pero mi dedo no paraba de crecer: se proyectó hacia delante. Maisán se asustó, pero intentó adelantarme. Le faltaba mucho para mis uñas.

Mis dedos tocaron la naturaleza y el relato se deconstruyó.