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jueves, julio 09, 2009

Lo que diga la luna

Sabemos de las competiciones de poesía en la Grecia clásica, dels Jocs Florals o de los concursos en los que participaban los trovadores. Algunos de los textos que han quedado de génesis oral, alterados con el tiempo, nos sorprenden por su enorme complejidad, fruto sin duda de la lucha por elaborar lo más oscuro y difícil sin ningún otro tipo de consideración estética. Gloria y culpa del tierno precapitalismo. La presunción y la voluntad de confusión han llegado hasta nuestros días; la fiesta literaria está muerta.

¿Pero qué sabemos de la India?

La lectura del segundo volumen de A History of Indian Literature (Sisir Kumar Das, editado por la Academia de la India) me ha dado algunas respuestas. El motivo de que se conserven detalles tan jugosos de esta poesía lúdica es que la imprenta, con una implantación dispar, llegó a la India a principios del siglo XIX. Las lenguas de más prestigio, por entonces, eran el sánscrito y el persa, aunque también, en menor medida, el urdu e incluso el árabe. Uno de los pensadores más modernos de la India, el reformista bengalí Ram Mohan Roy, padre del llamado Renacimiento de Bengala, escribía en árabe e inglés. Esta última lengua comienza a penetrar en el subcontinente durante estos años y gana prestigio sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX. Con todo lo que ello comporta: las ideas y la literatura de Occidente sobre el pasado cortés mogol y el mistificado poder de la lengua sánscrita. De esta tensión nace la modernidad india, a diferentes velocidades en según qué lenguas, como ciclistas haciendo la goma, aunque el resultado es que el pelotón lingüístico alcanzó la meta y algunos de ellos se pasaron de largo, o sea, se metieron en la posmodernidad.

La poesía oral ya está casi muerta pero, debido a estas circunstancias históricas, tuvo una bella intervención en la modernidad india. Todavía en Bengala la poesía no puede ser concebida sin la música; lo más celebrado de Tagore no es Gitanjali o sus últimos poemas sino sus canciones -de hecho en Gitanjali hay canciones y esto no se ha tenido en cuenta en su recepción-, que aún suenan en bodas o estadios de críquet. Hace un par de años estaba prevista la actuación de Shah Rukh Khan, la estrella de Bollywood, en Calcuta, pero tuvo que suspenderla porque era el cumpleaños de Tagore y lo único que querían escuchar eran las canciones del gran poeta. Qué bella victoria popular de la cultura sobre el espectáculo, dos cosas diferentes e incluso antagónicas que en nuestra era se pretenden identificar con teorías sociológicas.

Me desvío, hablemos del centro. La variedad y profusión de competiciones poéticas, en un pueblo tan juguetón como el indio, debió de ser inabarcable. Aquí hago referencia a algunos bien documentados: el satavadhan y el astavadhan, ambos bajo la etiqueta de avadhanam. Se originaron en el siglo XVI en las zonas de habla telugu, más o menos el actual estado indio de Andhra Pradesh, donde, para orientación española, llevó a cabo su labor humanitaria Vicente Ferrer en la segunda mitad del siglo XX.

Como se alargaron hasta principios del siglo XIX, nos han quedado detalles de estas competiciones que arrojan luz sobre el ser indio y su significado. Recojo esto del libro antes citado. En el astavadhana (se puede escribir también así), ocho académicos se sentaban alrededor del poeta y le pedían que escribiera poemas de diversa métrica y tema. Pero también le exigían que evitara determinados sonidos y letras o le pedían "cualquier otra cosa irrelevante". Todo ello aderezado con crueles distracciones al héroe lírico, como hacer sonar una campana y que el poeta contara los campanazos. En resumen: un auténtico circo literario para poner a prueba la memoria, la habilidad y el nervio lírico del creador. Pura potencia muscular, sprint de la letra, desprecio por la carrera de fondo y la resistencia. Alborozo.

(Todos hemos probado algún juego así, aunque sea en soledad, ¿no? Recuerdo que de adolescente subía el volumen de la televisión para ver si podía concentrarme en un tratado de filosofía.)

Hay otros juegos menos complejos, como el kabir ladai (batalla de poetas), en la que dos grupos, cada uno encabezado por un poeta, se reunían en un palacio bengalí o en una mansión. Los dos equipos componen una canción con ideas contrapuestas a la de su rival, algo por otro lado muy coherente con la esencia de este pueblo en el umbral entre Oriente y Occidente.

Estas acrobacias verbales hacían las delicias de las clases pudientes y el pueblo de la India. Contribuye a ello su auténtica pasión por la desordenación de la realidad o, mejor dicho, por el puro lío. Todavía hoy se entretienen en la construcción de un tejado como si allí se estuviera decidiendo el destino de la Humanidad, dándose turno en sus impertinentes parlamentos sobre cómo llevar a cabo la tarea, midiendo soberbias, intentando implantar jerarquías, jugando y humillándose.

El libro no dice nada sobre esto, pero seguro que eran muy tramposos. Seguro que los académicos que daban campanazos traían otros objetos metálicos y luego le decían al poeta que lo que había contado eran sonidos de platillos y que había perdido.

Me gusta pensar que el poeta desmontaba falacias, defendía su labor, elaboraba siempre una métrica exacta, no cedía a la mentira y, tras la injusta derrota a manos de unos sabiondos sedientos de humillación, volvía a su humilde morada llorando, angustiado por las exiguas paisas (no tengo ni un real; paisa nahi he) que le ofrecía su patrón, pero firme en su voluntad de crear. Y me imagino que la pandereta india, iluminando su camino, le intentaría convencer sobre su indiscutible victoria emocional.

jueves, junio 11, 2009

Pakistán o la teoría del mosquito

Mis últimas vacaciones, de diez días, las empleé en la relectura de un libro: Pakistán. No había estado allí desde enero de 2008, después de que mataran a Benazir Bhutto. Los periodistas extranjeros viajamos entonces a una Islamabad nevada y llena de estupor por el asesinato de su líder más populista y anticastrense. Era también una ciudad rebosante de excitación democrática ante la llegada de las elecciones, aunque esto cae, como siempre, en el terreno de mis intuiciones, siempre desubicadas.

Vuelvo en mayo de 2009 para visitar a mi amigo y corresponsal de la Agencia Efe en Pakistán, Igor G. Barbero. Noto que el país no ha cambiado su discurso de fondo pero que ahora hay una nueva saudade política: el enésimo desencanto con las instituciones y, sobre todo, el desconcierto ante la necesidad de posicionarse ante el integrismo islámico. Esta desorientación es clave porque está en el mismo corazón de la identidad de Pakistán, que había nacido reivindicando ser el hogar para los musulmanes del sur de Asia pero, también, una entidad que hacía alarde de un cierto Islam moderado y de un respeto teórico hacia las minorías.

Igor ya es un paquistaní, si es que no lo era antes: insiste en que me levante a la misma hora que él, que debe empezar pronto su jornada laboral. Intento hacerle comprender que el hecho de que su día comience no significa que el mío haya empezado también, pero es inútil, porque ve algo de inmoral en que se me peguen las sábanas en mis vacaciones, periodo en que sólo quiero dormir, soñar, escribir y fantasear.

Me engaña también para que me quede algún día más en Islamabad para poder ver juntos la final de la Copa del Rey -él es del guerrero Athletic, yo del lírico Barça- y me convence. Al final no podemos ni escucharlo por la radio: tenemos que llamar a su madre por teléfono para que nos ponga la correspondiente locución, que escuchamos en manos libres cuando Bojan ya había marcado.

Intuyo que Igor tiene razón en algo, porque son de nuevo esos días en que, pese a no estar en mi puesto de trabajo, me empujo hacia alguna exploración fruto de mi condenable tendencia a mezclar las obligaciones laborales con el tiempo libre. Así que intento no levantarme muy tarde, le suplo un día y él me consigue una entrevista con el portavoz militar de Pakistán, Athar Abbas. Escribo cosas con la nostalgia del paso del tiempo y el recuerdo de que, en la India, las fuentes son inasibles. En Pakistán todo el mundo quiere hablar; en la India hay un extraño desinterés por la comunicación directa y un rumor laxo de unión de fondo.

Conozco, sin saberlo, a la hija de Raja Tridev Roy, que habla un perfecto español. Son de la tribu chakma de Bangladesh y ello despierta mi interés bengalí. En efecto, Tagore decidió preciosos nombres para varios miembros de la familia: Rabindranath aparece también en Pakistán. Visito la casa a invitación de Trivini y conozco a su ilustre padre, amigo del difunto Zulfikar Alí Bhutto. Roy departe de forma sencilla y bondadosa, sin olvidarse de citar a literatos de habla hispana vista la nacionalidad de su invitado.

Aunque el encuentro más divertido tuvo lugar un domingo. Lo organizó Igor. Llamó a un punjabí que se dedica a acompañar a periodistas a las zonas de conflicto a cambio de un pastón que nosotros no nos podemos permitir, y a Pir Zubair Shah, un periodista que trabaja para el NYT y que pertenece a la misma tribu que el líder de los talibanes paquistaníes, Baitulá Mehsud. A la cena, celebrada entre ragas sufíes, Pir acude con otros dos pastunes. Debo recordar que el equipo del NYT que cubre Pakistán y Afganistán, en el que está integrado Pir, ha ganado un Pulitzer, así que, pensamos, sólo nos queda escuchar.

Uno de ellos dice llamarse Abdulá Mehsud y sólo responde cuando le requerimos en urdu. Lleva la vestimenta típica paquistaní (shalwar kamiz) y una profusa barba islámica. El otro va vestido de civil -perdón por la licencia- pero es el que consigue la condecoración de personaje revelación de la velada. El civil, también de Waziristán, señala de repente a un minarete. "¿Qué es eso?", nos pregunta. Dudo, perplejo, entre dos respuestas: "minarete" o "mezquita". Se adelanta Igor, que apuesta por la segunda: "It's a mosque". Sus palabras son, a mi juicio y espero que también en opinión de los lectores de esta bitácora, tautológicas. Pero no para nuestro comensal: "No, eso es lo que decís vosotros los extranjeros, eso es una masjid", la palabra árabe para el templo islámico, también usada en urdu. "Los extranjeros decís mosque, que viene de mosquitos, porque queréis decir que es un sitio repugnante". Se equivoca, claro, pero me siento un poco culpable porque al fin y al cabo esta locura etimológica probablemente se debe a nuestra alteración fonética ('j' por 'k') de la palabra original, que luego ya pasó a otras lenguas, entre ellas el inglés.

El auditorio se agita entre llamadas al resurgimiento del nacionalismo pastún -el punjabí parecía retraído- y a la defensa ardorosa del Islam. Igor, que es un primor, apaga el fuego con su bondad. Yo me veo tan incapaz de decir algo bueno sobre el integrismo religioso que me dedico a servir comida y bebida a los comensales, algo que lleva al ideólogo de la teoría del mosquito a considerarme, de forma ya irrefutable, una buena persona.

Pir insiste en que quiere ligarse a una holandesa de raíces italianas que Igor y yo conocemos. Esto parece mucho más interesante para todos los paquistaníes, aunque los españoles insisten en preguntar sobre talibanes y bombas. Y Pir se lamenta: "Mira, el territorio es fácil de conquistar, lo sabemos nosotros los pastunes. La tierra se barre -dice mientras dibuja con los brazos una enorme extensión asolada- y punto. Pero esto es mucho más difícil. Se trata de conquistar cuerpo y mente".

Todos ríen, quizá tras repasar sus proyectos amorosos -más o menos imperialistas o poéticos, inocentes o desvergonzados, sinceros o malvados- en Barcelona, Waziristán, Bilbao, Lahore, Madrid, Islamabad, Berlín; Delhi. Nos vamos a casa: Igor está como siempre muy preocupado por el futuro del país en el que vive. Por una idea nacional ya totalmente deshilachada que nunca ha convencido a nadie; quizá aún menos a las numerosas etnias que habitan en Pakistán. La mística del sufismo, la poesía en urdu y el liberalismo retroceden: avanza en desorden un integrismo amoral y desintelectualizado que pocos comparten pero que no todos están dispuestos a rechazar.

Pero seguimos con amor hacia Pakistán por sus generosas gentes, su pronunciación suave, sus mezquitas pensantes. No se me va el olor a Pakistán porque allí sigue Igor, hablando cada día conmigo para dirigir en un sentido u otro las lanzas de la información, constatando a diario la entrañable desorganización de un pueblo que te miente y te saca de quicio, que te promete e ilusiona.

Entra en mí el desasosiego porque todos los países del sur de Asia, sin excepción y en especial Pakistán, deben definirse a partir del modelo de la India. La idea india está en la brisa lenta de las mezquitas paquistaníes, donde los fieles se postrán ante Alá; en las pagodas de los templos hindúes de Nepal; en los puntos sagrados del budismo de Sri Lanka; en los rickshaws de mil colores de Bangladesh; en los sueños y las televisiones de los afganos; en el sustento de la monarquía de Bután. Para gozo de unos y sufrimiento de otros, está presente en todas las mentes surasiáticas como algo sobre lo que hay que formarse y opinar.

Pero imagino mil veces que cruzo la frontera por tierra, que me adentro de nuevo en Pakistán. Doy gracias a Igor, susurrando, por su enorme esfuerzo por informar cada día y, de forma un poco más egoísta, por contarme cada día los cotilleos políticos, el movimiento de los días, los sueños rotos o las nuevas ilusiones del pueblo paquistaní. Llaman a la oración musulmana en Nisamudín; lo escucho desde mi ático.

Maisán: desde Delhi siento que Pakistán y la India son la misma sangre.

domingo, junio 07, 2009

Literatura y plantas

Leo compulsivamente cualquier texto o pronunciación pública que haga referencia a la palabra literaria y a la forma que debe adoptar, a la discusión de estilos, a poéticas enfrentadas, a teorías de la narración. Salgo a la terraza de mi ático indio para celebrar los juicios de mi gusto, con la intención de regar las plantas, una experiencia en realidad muy dolorosa porque todas -convenientemente bautizadas con nombres de escritores- son ya secarrales devastados por el sol de Delhi. Lanzo todo tipo de objetos -con especial entusiasmo mecheros, botellas de agua y cajas de películas- si las ideas que leo me indignan. Y contraigo mis músculos faciales mientras expulso un denso bloque de humo, cigarro en alto y en una conducta que ni yo mismo entiendo, cuando no estoy de acuerdo pero el texto me invita a girar mi pensamiento. Supongo que son los habituales espectáculos emocionales del ser humano: levitación, ánimo destructivo, resistencia mental.

Murió Benedetti y habló Gamoneda sobre él. "Utilizaba un lenguaje normalizado, el lenguaje de la comunicación coloquial, que, aunque respeto muchísimo, no comparto". Estoy citando a partir de lo recogido por la agencia Efe. "La palabra meramente informativa se puede encontrar en las columnas de periódico, en la televisión y hasta en los púlpitos, pero la poesía para mí es otra cosa, no es un pensamiento reflexivo ni discursivo". Se generó una gran polémica a causa de sus declaraciones, siempre con la discusión de fondo en la que andamos metidos hace años: la poesía de la experiencia, narrativa, labrada en lo cotidiano, sencilla y comunicativa contra la poesía del silencio -no me gusta nada la etiqueta-, que linda con el asombro y da una elasticidad mística a la palabra. Lo curioso es que ambas corrientes -que no quieren identificarse con estos nombres- creen que la otra es la que goza del respaldo oficial, cosa que desde luego no tendría que importar a nadie. En mi opinión, desde que Valente nos dejó el último gran poeta español vivo es Gamoneda, aunque a veces hago aquello del humo cuando leo sus opiniones. Ya dijimos aquí que Gamoneda piensa que la literatura no es poesía. Las dos primeras líneas de este escrito ya dejan ver que difiero.

También habló hace poco Juan Marsé, uno de los grandes, con motivo de la concesión del Premio Cervantes. La metaliteratura le deja "frío" y no se considera un intelectual, sino "solamente un narrador". No es menos. Discutí por teléfono con Joan Pau sobre Últimas tardes con Teresa. Otra vez. Los dos somos devotos de esta novela: la narración sostiene a pulso las tardes con fortaleza, sin otro propósito que el puro desarrollo del relato y el contagio lingüístico de la belleza. A mí me asombra; jamás podría acercarme. El mismo Joan Pau me ha tachado de "formidablemente críptico" e incluso me ha preguntado si alguna vez hablaré "desde el pozo simple y sereno de la existencia". Es mi vieja fe en lo intelectivo para crear emoción. De ahí mis obsesiones literarias: Fernando Pessoa, Juan Ramón Jiménez, Samuel Beckett, Octavio Paz. Con autores como Marsé o Scott Fitzgerald tengo un trato más tranquilo. Incluso con Tagore. Quien me conozca no se va a creer esto último.

Lanzo a pleno músculo jarrones e incluso teléfonos con artículos como éste. Es del sociólogo Vicente Verdú: se extiende más aún sobre sus reglas para la novela en la obra No ficción. Mis fragmentos favoritos:

"(...) en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos".

"La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku".

"El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine".

Es una "teoría literaria" en boga la de escritos fragmentarios ensamblados como si fueran una obra consistente, apelando a la naturaleza líquida de nuestros tiempos, la multiplicación e inasibilidad del sentido y otros argumentos posmodernos. La cosa está yendo mucho más allá de la estudiada intertextualidad. Creo que soy uno de esos trasnochados que describe Verdú, pero lo que tengo claro es que no soy un "receptor mediático" sino un lector. Tampoco tengo una "sensibilidad multiplicada", porque no entiendo qué es eso. Ni creo que el escritor deba renunciar jamás a usar la tercera persona, que combinada con la primera persona nos asiste en el delicioso juego de la distancia, como en Lolita de Nabokov. Y respecto a la introducción masiva de elementos de "nuestra era" en la literatura... Lo siento mucho, pero, tal y como le comenté a una amiga en una larga noche de conversaciones, usar una minipimer no me define como persona. Por mucho que la use todos los días. Tampoco el iPod o los videojuegos. Celebro su aparición en las novelas como reflejo de la realidad, pero su irrupción en la poesía no va con mi férrea sensibilidad. Lo que me define como persona es lo mismo que sacude a mis antepasados: el amor y los mares desbravados, los arrebatos de desilusión y tedio, la alegría o el desconsuelo por la vida; también los detalles luminosos de la puesta de sol: el goce estético de cosas mínimas y sin intervención de pasiones desatadas. Reconozco que el asombro puede sorprenderme jugueteando con un móvil de tercera generación, pero supongo que prefiero que sea sobre hierba mojada. En eso, como en teoría literaria, soy de la vieja escuela.

Creo que la escritura literaria será siempre fabulación y alusión a lo real, ingenio y giro, inocencia o voluptuosidad, tardes plagadas de pájaros: su contenido ha sido siempre múltiple y ambiguo y no necesitamos acudir a lemas comerciales o conceptos posmodernos para subrayar que somos fragmentarios o globales. Es un viejo arte que se renueva, pero fundamentalmente sigue igual, porque nosotros somos los mismos, pese a que lo natural es que con el tiempo nos vayamos escorando hacia algún lugar desconocido.

Aunque quizá debería dejar de lanzar mecheros, porque me voy a quedar sin poder fumar. Así me lo indicó Alá en mi último viaje a Pakistán: estaba en un taxi dando vueltas por Lahore y el mechero, que había colocado sobre la guantera, se desintegró tras una desconcertante explosión a causa del calor. Me eché unas buenas risas con el taxista, con inevitables alusiones -de dudoso gusto- a lo que a todas luces fue un atentado talibán.

Tendría que dejar de ser tan integrista y regar más las plantas. Verdú habla de que la escritura ha de centrarse en su "habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento" y asegura que debe ser "insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura". Y se agitan mis mofletes, quizá aplaudiendo un sentimiento general de que en los diversos caminos, todos respetables, el rigor y la excelencia actúan como extraños acompañantes que, como los guías indios, nos incordian y nos meten en la cabeza que son indispensables.

miércoles, abril 23, 2008

Cometas

Y no me pude resistir. Entré en la librería madrileña -cuánto más bonitas son las de Barcelona- y compré una pequeña edición de Siruela: La idea de Europa, de George Steiner. Era una vieja referencia, un libro sobre el que teníamos previsto pasar si se daba la oportunidad. Pagué los excesivos diez euros por la miniatura cultural y me la metí en el bolsillo de la americana de pana, recipiente donde recorrió toda la capital española, Moscú y los aires hasta posarse en suelo indio. Y recordé las salidas nocturnas en recepción de alguna mujer, cuando era más bien extravagante llevar peso y me metía un libro de Montale en el bolsillo como ahora guardaba el de Steiner, cuando pensé por primera vez que esto sólo lo podía hacer un europeo: a lo mejor un americano o un japonés se atrevían, pero no es el guardar las letras: es el cariño del intelecto, el acunar el conocimiento; la plena conciencia de llevar en la chaqueta el mundo y sus ramificaciones, en las que uno se imagina dispuesto a la observación y la excavación.

Dice Steiner que Europa tiene cuatro cosas -por decir algunas- que la caracterizan: el café; la geografía caminable y dominada por el hombre; la mirada al pasado -cristalizada en las calles europeas, repletas de nombres de los hacedores de nuestra historia, lápidas que nos pesan-, y la herencia racional de Atenas en mezcla con la irradiación de fe de Jerusalén. Del desarrollo discursivo de estas características, me quedo con una frase: "En América, la gente no va a los bares a escribir tratados de fenomenología".

Algunas de sus ideas son incompletas y otras nacen de un juicio -histórico y moral- del que se puede discrepar. Énfasis demasiado aéreo en la influencia judía en Europa, sobrestimada, por otro lado, por el resto de la intelligentsia occidental. Es por algo que el brazo europeo en Estados Unidos parecen los judíos americanos, artífices de la creación desinteresada.

Steiner opina que Europa se suicidó con el Holocausto: ahora se trata de preservar nuestras artes e historias con un mínimo de dignidad. Nosotros creemos que Europa tiene que ponerse los anteojos y dejar de situar sus raíces solamente en la Antigüedad grecorromana, por decir un ejemplo: bienvenida sea a nuestra savia el genio romántico alemán y la Ilustración desligadas ya de su eterno nudo con Grecia, y sobre todo el brinco lírico de los países mediterráneos. Quedan una y otra vez subsumidas en la tradición alemana y francesa -bastiones del poder, todavía- la literatura española y la portuguesa, por poner un ejemplo: lanzas que han llegado donde Shakespeare sólo veía nubarrones.

Europa debe mirar al sur y al este. Incorporar a las literaturas eslavas, las únicas que nos están haciendo salvar la cara en este bochornoso comenzar del siglo XXI, a su tronco intelectual: no a las ramas del árbol sino al propio centro natural.

Eso sí: estamos absolutamente de acuerdo con Steiner en que la vida "no examinada" no merece la pena ser vivida. O, al menos, que la voluntad de excavación intelectual eleva la vida, la hace cualitativamente mejor. A esto no tenemos previsto renunciar, pese al utilitarismo reinante.

Quedan algunas ideas tímidas apuntadas, apenas una brisa de la seguridad de estar en lo cierto cuando uno baja la Plaça del Diamant pensando en nuestras guerras y libros, en la obsesión por la recuperación del pasado, en el café de los cuatro gatos, en las luchas anarquistas contra la Iglesia y, sobre todo, en todas las manos de escritores agitándose como cometas en el aire, buscando su espacio para estampar la literatura en el cielo.

lunes, febrero 25, 2008

Escritura de los interiores

Una forma divina de inspiración del futbolista es el caño. En su debú con el Zaragoza, Cani, ahora en el Villarreal, salió y le hizo un caño a un oponente. No hay mejor manera de tocar un primer balón: aunar la función inequívoca del regate con la sutileza de la inteligencia. El otro rebasado; yo vuelo: calentamiento de la magia.

Pero lo que para nosotros es una galería poética, acuática (siempre que el balón pasa por debajo de las piernas de un rival, invariablemente, lo hace como suspendido, consciente de que el tiempo y la materia se alteran), para los ingleses, por ejemplo, es un divertido malabarismo. Lo llaman nutmeg. Por mucho que nos detengamos en elucubraciones etimológicas, pronto nos saltan al imaginario los huevos del otro, por debajo de los cuales pasa la bimba. Me parece ésta una elevación innecesaria del regate que deja de lado la pura esencia del acto, la lírica del fútbol, para centrarse en las humillantes consecuencias del mismo sobre la víctima. Es como reírse de quien no ha entendido un poema.

Entre el sublime caño español y el sardónico nutmeg inglés, encontramos el estético petit pont francés. Franca y exacta descripción del escenario del acto: sugerencia del atravesar al otro lado, intento lírico de embellecer el regate. La expresión gala admira y repele: significa a un regate que, quizá, no buscaba un vuelo estético sino una concentración de tiempo y tierra que, hasta el momento, tan sólo parece retener la palabra española.

En Portugal lo llaman cueca, que son los gallumbos. Vaya broma. Pero en Brasil, entre otras palabras, usan una en la que nos detenemos: janelinha. Pequeña ventana o, mejor dicho, ventanilla. El regate puede abrirse, mostrar expansiones sentimentales, pero es en esta restricción, en este toque compungido y acuático del caño, donde el balón entra por la minúscula ventana del mundo, por el imposible. La janelinha quiere hacernos ver lo difícil que es el pasar la pelota por entre las piernas del adversario; se cuida también mucho de no despreciar su vertiente poética.

No estamos solos al cruzar esta galería. Cualquiera que haya hecho un túnel siente el acompañamiento de la inspiración. Su tierra de carne inspirada respira: se comunica exactamente con el medio. Siente entonces la conciencia de la varita. Abandono aquí el panteísmo, porque creo que en ese momento total de intercambio con el dios inventado, que es todo lo demás que no somos nosotros, volvemos al hombre. No se siente uno un místico, sino un humanista, un poeta clásico e impertinente. Encara ya portería con la alegría de aceptarse en su divinidad humana. Quiere sorprender a la huidiza hazaña del gol, siempre tan lejana. La creatividad salvaje se sube a sus lomos y golpea el balón con el interior culto del pie, trazador de la precisión lírica.

Viva la literatura que hacemos cada día: escrita la jugada; escrito el mundo.

lunes, febrero 11, 2008

Los cocos indios del sur

LAS AGUAS INTERIORES DE KERALA, PLAGADAS DE ARROZALES / AMP

Ya explicamos algunas diferencias y analogías entre el cinturón norteño del hindi y Bengala. Hagamos ahora una tímida exploración en la India meridional, tierra de mar y comunismo.

No hay consenso sobre el origen de la cultura dravídica, propia del sur del país. Aislada del resto del subcontinente y ajena a los trajines septentrionales y a la invasión musulmana, el influjo exterior a esta zona del mundo llegó con los franceses y los portugueses, que desembarcaron en sus playas con el mismo ánimo colonialista con el que nosotros fuimos a otros lares. Lo que pagaría yo ahora por ver una iglesia española en la India.

Los estados del sur no sufren tantas desigualdades sociales como el áspero norte y tienen tasas de alfabetización que en algunos casos superan el 90 por ciento. El comunismo ha cuajado en muchas de estas regiones, en especial en Kerala. Los Gobiernos funcionan algo mejor. Después del tsunami, por ejemplo, Tamil Nadu dio un ejemplo al mundo con su gestión de la tragedia.

Se saben diferentes, visten 'lungis' más distinguidos que contrastan con las abigarradas y coloridas vestimentas de, pongamos, Rajastán. Habita en ellos un ánimo más relajado y una relación especial con el mar.

La mayoría de bramanes (la casta más alta) se concentra en el norte de la India, lo cual hace que inevitablemente en el sur el sistema de castas no sea tan visible. Pero es la India: incluso en las iglesias católicas los sacerdotes tienden a ser de casta alta y, los fieles más discriminados, intocables.

Humilde la sinagoga de Cochín, tierra explorada poéticamente por Octavio Paz y colonialmente por los buques portugueses. Nostálgicas sus baldosas chinas.

Pero es la India: te meterán un gol si pueden. El salitre, las palmeras y la atmósfera caribeña en gentes de habla del tronco dravídico -nada que ver con el sánscrito- no impide que la conciencia universal de la India se manifieste allí. Un incesante flujo coherente de acción secreta y general. Nada místico: todo mundano. O quizá todo propiamente místico. Concentración y alzar del espíritu.

Nosotros necesitamos dos guerras y millones de muertos para apostar por una unión supranacional entre países con una historia cercana y entreverada. Ellos, desde su independencia, apostaron por integrar todas sus civilizaciones en un proyecto común. Los expertos decían que la India desaparecería a causa de su diversidad. En efecto: no pasa un día sin que se manifiesten conflictos regionales en Cachemira o en el noreste de la India. Pero no hay una amenaza central contra el país, rodeado de fracasos políticos como Sri Lanka, Pakistán o Bangladesh.

Por mucho que la globalización golpee a la India, su tradición nunca será pasado, como en nuestro caso, sino futuro. Esto me maravilla y me preocupa. Los indios son terribles.

























IGLESIA DEL 'SACRE COEUR' EN LA CIUDAD LITORAL DE PONDICHERRY / AMP

lunes, enero 21, 2008

Pakistán y la India: analogía y diferencia

Imaginen una Europa anárquica, sin Estados todavía, gobernada laxamente por un imperio asiático frío y calculador. Imaginen que esta Europa, siempre tan diversa en gentes y lenguas, pero con un cogollo cultural común, lo es también en religiones profesadas. Tras un siglo de dominación, el Imperio de Oriente -que sería chino-, sale con el rabo entre las piernas cuando lleva decenios alentando la partición de Europa en moros y cristianos, algo que tan sólo se han creído sus clases dirigentes, mientras el pueblo sigue recogiendo la viña y plantando olivares. Se divide el continente y los chinos siguen hablando de la gran rivalidad entre Eurabia y la Europa cristiana. Que ya es una realidad.

Pakistán, el país de la bomba islámica, nació en 1947 de la voluntad de un manojo de abogados liberales, concretados en la figura del atormentado Ali Jinnah. Vio la luz en dos territorios sin frontera, separados por el que todos creían que iba a ser su gran aliado y se convirtió en su sempiterno enemigo: la India. Musulmanes bengalíes en Pakistán Oriental; patanes, punjabíes, sindis y baluchis en Pakistán Occidental. Terratenientes, comerciantes, clase obrera, pastunes conectados con Afganistán. Sangrante nacimiento, muerte de su líder, golpes militares, asedio de la India. Perder todas las guerras. Y perder Bangladesh: más de la mitad de su población.

Lo que es extraño es que este resentimiento no haya desembocado en un abrazo tembloroso al Islam. Tampoco ha sido mejor solución el Ejército. Y ché. Se nota el influjo del sufismo, especialmente en Punjab, que da una elasticidad mágica a la región. Siempre estará, para empañarlo, la salvaje frontera con Afganistán -donde se esconde Bin Laden-, plataforma usada por EEUU y el ISI para crear el monstruo de la insurgencia talibán contra los soviéticos.

Entremos por la gigante puerta de la India, país que tiene un Ejército alejado de la política y más grupos terroristas en su seno que Pakistán. Pasemos por el norte del país, recogiendo las flores del hindi, lengua hirsuta y pegada al sánscrito, flecha de acero en la que las palabras 'gracias' y 'de nada' están desterradas. Penetremos, por Punjab, hacia el vecino islámico, en la maravillosa Lahore. El urdu sustituye al devanagari con su propio alfabeto, de reminiscencias árabes. Coloquemos bien la oreja y escuchemos la melancolía de un idioma con casi idéntica gramática. El hindi es ese español que va ganando en nostalgia hasta llegar al Atlántico y convertirse en portugués-urdu, canto triste y bello. La saudade paquistaní se adivina también en la amabilidad de las gentes, más quedas, no tan tumultuosas como las indias. Algo, por otro lado, que no se antoja muy difícil.

Si la India disfruta en sus entrañas de la geometría islámica -Taj Mahal- y de los abigarrados templos hindúes, que forman una trama desigual, de sostenida divergencia, en Pakistán toma protagonismo un cierto ordenamiento de la vida, que no ha penetrado en su tejido político. Hay carreteras homologables a las europeas, algo impensable en la India: hay una voluntad de ser musulmán, pero el carácter surasiático siembra señales de que, en todo el subcontinente, nos encontramos ante la misma civilización.

Una civilización con una relación directa con la vida, en un infinito presente continuo, ilusionada y fallida, plantada en el centro de la Historia: inconsciente de su devenir, vago, luminoso; cuerpo lleno de heridas propias y ajenas que no acierta a taparse, cadáver lleno de vida lanzado hacia la flecha de Dios. No el celo: la copla; no la disciplina: el quehacer. Encaje imposible de un puzzle que un día fue posible. Pero no les importa. Ellos viven. Nosotros nos lamentamos.

Me parece la suya una existencia salvaje, desbocada, intestinal.

Monstruoso llorar, también, el europeo. El nuestro. Quejarse desde la cabeza: atalaya de la cultura.

lunes, diciembre 17, 2007

La India: ilusión y nostalgia

DOS INDIOS EN UNA TERRAZA DE NISAMUDÍN, BARRIO DE DELHI

Pongamos a mis dos mejores amigos indios, Manoj Sharma (izquierda) y Subhro Bandyopadhyay (derecha) para contar algo de la India.

Manoj, sentado en la escalera de la terraza de Morgar, lleva una manta liada a modo de lungi, la prenda que siempre llevo para dormir, aérea y cómoda. Nació en Delhi un uno de enero, aunque sus padres son de Uttar Pradesh, la región más poblada de la India. Allí ha ganado las elecciones este año una líder intocable (dalit) que promete dar mucha guerra. Del estado limítrofe oriental, Bihar, nació el budismo y el hinduismo. Casi todo el norte del monstruo asiático, desde Punjab hasta Bihar, es el cinturón del hindi: la región dominada por hablantes de este idioma. También, con la excepción de Punjab, es el corazón de la India depauperada. Es aquí donde tienen lugar muchas de las atrocidades que leemos y escuchamos en los medios de comunicación.

Manoj pertenece a una familia de bramanes, la casta más alta, que a su vez está subdividida en otras miles. Todos se ayudan entre ellos: nunca podré olvidar cómo, tras meternos en un tren sin billetes, intentamos todas las tretas y sobornos posibles para convencer al revisor de que no nos multara de forma excesiva. Nada surtió efecto. Pero Manoj le preguntó su apellido -donde está signada la casta- y le dijo: "Yo soy Sharma. Somos bramanes". "No me tienes que decir nada más. Eres mi hermano". Y nos dejó ir. Los bramanes han llegado a constituir organizaciones solidarias de ayuda a sus iguales, cuyo brazo político en ocasiones es de extrema derecha. Conocer estas redes es fundamental para vislumbrar qué se cuece en los subterráneos de este país destartalado y misterioso.

Lo que nos ocupa aquí, sin embargo, es la importancia del personaje. Manoj, desde su arraigo hindú, ha emprendido una lucha admirable por la autonomía de la voluntad kantiana. Rechaza a las mujeres que su familia le quiere endosar como esposas y se ha emancipado. Ama a su familia, pero odia la imposición y la jerarquía, base filosófica de las barbaridades que se cometen en el cinturón hindi. Vamos: que hace lo que le da la gana, algo que, en su situación, no es nada fácil. Nacido en una familia humilde de bramanes, trabajó conduciendo autorickshaws durante años y en muchas otras ocupaciones. Hoy trabaja en la embajada de Chile en la India gracias a su dominio del español, que le ha abierto las puertas a otros mundos. Ama y repudia a su país: lo defiende con la espada y lo critica con cuchillo. La esperanza de la India, en especial de su tercio septentrional, es que una nueva leva de mujeres y hombres se alcen con valentía y roturen los campos para plantar la más preciosa semilla: la de la libertad y los derechos humanos.

Subhro, por su lado, nació en Calcuta. Es un intelectual de extrema izquierda, como buena parte de sus compatriotas bengalíes, muchos de ellos sumidos en la pobreza. Es una delicia, desde luego, ver cómo él y Manoj discuten sobre el estado de las cosas en el país. Hay un sustrato común, pero las diferencias se hacen notar. Los ingleses dibujaron en Bengala, situado en la costa oriental de la India, una de las flechas de libertad que empiezan en el mar para morir a medida que se adentran en el territorio. Otros vectores salen de Bombay, capital financiera de la India, y de Pondicherry y Tamil Nadu, en el sur del subcontinente. Otra dimensión.

En la India nunca ha habido una revolución. Pero sí un movimiento intelectual independiente y sólido: el Renacimiento bengalí. Decenas de escritores bengalíes, desde el siglo XIX, se lanzaron al repensamiento de la India tradicional desde el aliento británico. No lo inglés: lo occidental, la necesaria ósmosis con ideas extranjeras. Ram Mohan Roy, Vivekananda, Ramakrishna, Debendranat Tagor, Rabindranat Tagor -mi objeto de estudio-... todos ellos constituyeron la crema de la intelectualidad india. Y todos eran bengalíes. No pensemos que Mohandas Gandhi aportó nada nuevo, en el plano intelectual. Sólo en el espiritual. Hablaremos otro día de ello.

Sorprende que en una región con tantos genios, la de Bengala, haya tanta pobreza. No analicemos aquí ésta tan trillada y compleja consideración: señalemos que Bengala, al igual que la India, vivió una partición traumática, aunque mucho antes, a principios del siglo XX. Los ingleses, otra vez, tuvieron mucho que ver. Para mal.

Subhro fue quien permitió la publicación de mis poemas en lengua bengalí. Lenguaraz y despierto, conoce la literatura española y la occidental mucho mejor que gran parte de mis amigos españoles. La lengua que dibuja el cinturón del hindi culmina en la costa bengalí, donde las facciones de los indios se suavizan (puerta hacia la otra Asia), los mofletes se acolchan y el mediterráneo encuentra paralelos con su cultura. Es una de las puertas de la India a Occidente, además de las ya citadas anteriormente.

En Subhro -que también es bramán- no hay conciencia de casta: en Manoj sí, porque ésta ha determinado su vida en los buenos y malos aspectos. El bengalí, más fervientemente ateo, es sorprendentemente menos promiscuo que el delhí, un promiscuo y craquelador de mucho cuidado. Manoj sufre y lucha por cambiar la mentalidad de una tierra con un acervo cultural antiguo incomparable; Subhro se lamenta del declive de la civilización bengalí, de su saudade intelectual, y sueña con liderar una revuelta ideológica y lírica que devuelva a Bengala a su sitio. Vemos que nosotros, los europeos, estamos en la misma lucha que Subhro: en la de la crisis de la palabra y el marasmo intelectual, aunque sabemos que la letra está inscrita en nuestra piel. Lo de Manoj es otra cosa: la construcción de un nuevo proyecto, plagado de obstáculos, irrealizable, en una parte del mundo donde el tiempo no transcurre, es incambiable. Ilusión en Manoj; nostalgia en Subhro.

Y melancolía en Europa.

lunes, noviembre 05, 2007

Eurindia: gastronomía comparada

Creo que desde mi origen mediterráneo puede tirarse luz sobre la gastronomía india, cajón de mi cultura de destino. Aunque el ejercicio no nos aporte ningún avance científico, confiemos en que nos sirva de entretenimiento liberal vincular la imaginación índica y latina desde el paladar y la palabra.


La comida india abunda en contundentes especias y sabores violentos. Su objetivo es sorprender, hacerse presente: objeto de amor u odio. El gusto surasiático no es exigente, sino excesivo. La aglutinación y la mezcla no son recursos gastronómicos: son la base de su ciencia. Igual que una india no duda en acudir a los colores más llamativos para diseñar su presentación ante el público, el chef, ante la duda, siempre añadirá más ingredientes al plato. Que no falte sabor. El cuadro nunca está acabado: el horror vacui de la cocina india es espejo de su abigarrada estética.


El gusto mediterráneo es mucho más educado. Se aleja de las extremidades de la sensación para hallar su fuente de placer en la sutil distinción entre sabores poco distantes. Un poco de picante insulta a nuestro sentido del gusto. Por eso decimos que es más sofisticado: selecciona y ejecuta más cuidadosamente. Esto nos inhabilita para disfrutar como niños con el dulce más inocente y para considerar las consecuencias epidérmicas e inmediatas del picante.


En Italia y España hemos cultivado un gusto por las viandas elásticas. Ahí están los espaguetis, el queso fundido y, en especial, un animal de fondo de nuestra cocina: la levadura. Lo nuestro tiende hacia fuera y lo indio converge al centro. El sabor de la paella, la fideuá o la pasta nos deja una fina película homogénea en el paladar; el fulgor del masala, las samosas y las especias se compactan en la boca para explotar y pedir concentración en la comida. Yo diría que los alimentos, para nosotros, son una versión blanda de la vida, mientras que para ellos son una exageración de la realidad.


Me he aventurado a pensar que esto viene de un orden cruzado en nuestros diversos pensamientos. El indio, metido en sí, quiere salir al mundo; el mediterráneo, temperamental, busca la cachaza en la comida. Pero esto no es verdad, me parece.


Lo que sí es irrebatible es que ambas cocinas trabajan con tiempos distintos. Los platos indios vienen todos a la vez: se aglutinan en un plato. En Europa una vianda sigue a la otra; comer es una sucesión. De nuevo sale a relucir la intensidad y aglomeración índicas frente a la distribución latina, que busca la descongestión.


Pero vayamos más lejos. Digamos algo bonito. Aceptemos que la filosofía occidental nació en el mar Mediterráneo, con los griegos observando la sucesión de olas: la génesis del silogismo y el pensamiento racional. Creamos también que el pensamiento oriental apareció en una geografía montañosa, donde la contemplación determinó su esencia. Podemos concluir que la presentación de la comida es, también, una representación de estas formas de imaginar: lo uno y lo diverso. Lo indio, presente continuo, aparición unitaria, sincronía; lo europeo, pasado y futuro, tránsito, diacronía.


Mezcla y separación. Al indio no le sabe a nada nuestra comida, necesita más violencia y existencia. Al mediterráneo le parece un insulto la acumulación sin aparente criterio de la comida india, le parece una masa inmensa a la cual va a tener que prestar atención. El mediterráneo quiere diseccionar cada trama, abandonarse a los placeres sencillos del aceite o el pan. Se trata, en realidad, de una sofisticación. El gusto indio es más rebelde y descuidado: una gigante caldera, como el subcontinente.


Pero hay puentes entre ellos y nosotros. La comida bengalí es un ejemplo. Alguna vez dijo Rabindranat Tagor, con mucha fortuna, que los bengalíes son los mediterráneos de la India. Yo también diría que los mediterráneos somos los indios de Europa, e incluso que somos un subcontinente. Pero eso es mucho decir. En todo caso, la influencia del mar en la cultura bengalí es determinante. Nos acerca. El pescado entra en la cocina bengalí y exige una preparación de los alimentos más educada para no estropear su sabor marino. Hay menos especias. El picante es poco. Precisemos, sin embargo, que la comida bengalí sí que se extrema en sus dulces, en especial con el famoso rosgola. Una delicia, también para nuestro paladar.


Elasticidad y consistencia, el Mediterráneo y el Índico acogen viandas que nos descubren las paradojas de ambas civilizaciones. Nosotros, reflexivos y temperamentales; volátiles y pensantes. Ellos, contemplativos y ardorosos; necesitados de la visión total de las cosas pero supersticiosos. La India mágica: la Europa constructora.


A LA IZQUIERDA, KOCHURI BENGALÍ. SE PARECE SOSPECHOSAMENTE A LA PAELLA. A LA DERECHA, UNOS DELICIOSOS ESPAGUETIS, QUE NUNCA NOS DECEPCIONAN.

sábado, junio 02, 2007

La libertad está en el puro vivir

También una de mis heterónimas perdidas, Eli Póquer-Levy, que nos ha deleitado con su poesía ladina, escribió sobre la libertad. Creo que fue algo así:

La narración libre, por ELI PÓQUER-LEVY

And grant me my second,

starless inscrutable hour.

Samuel Beckett: Whoroscope.

Ayer salí a yantar con mi marido y mis hijos a un restaurante naranja. Era el cumpleaños de mi hija de once años. Como habíamos invitado a sus amigas a nuestro humilde piso, y en vista de que aún no habíamos llegado a los postres y de que la hora de la fiesta se acercaba, le permití que se adelantara a nosotros. Agarró las llaves y subió sola al piso para recibir a los pequeños invitados. Yo llegué diez minutos más tarde, tiempo durante el cual los renacuajos fueron inenarrablemente libres, desprovistos de autoridad familiar o institucional.

La libertad está en el puro vivir, en la irreverencia tranquila con lo real, en la navegación por los momentos más o menos mágicos que, tal como islas, nos dan el descanso temporal y necesario para continuar este hermoso naufragio que es la vida.

La fiesta se había descontrolado un pelín. Me imaginé al niño de los pelos enredados girando la bola del volumen del equipo de música. Y todas las niñas y los niños gritando de excitación con los más altos decibelios: esperando otra vez la fiesta del oído cuando la música bajara.

“La libertad está en el puro vivir,

en la irreverencia tranquila con lo real”

“El medio de mutua comprensión de los espíritus no es el aire circundante, sino la libertad poseída en común”. Coleridge.

Cuando abrí la puerta, las serpentinas abandonaron su recién adquirida propiedad pugilística para recuperar su antigua tradición más o menos aérea. Los globos rotos yacían en el suelo, signos de una libertad culminante y vivaracha, ya perdida. Esos instantes de estallido libertario sólo podrían volver en alguna intermitencia, en alguna excursión mía al lavabo bien aprovechada por los niños.

La sensación y los juegos son las entrañas de la libertad. Siempre me he preguntado por qué a Samuel Beckett le gustaba tanto manejar autos: acaso en la libertad esté la respuesta. Conducir tenía esa pátina de libertad, ese elemento de peligro y excitación que solipsísticamente y con esa erudición áspera iba a perseguir en su literatura.

La literatura

Me puse enseguida a escribir un cuento sobre la fiesta de cumpleaños de mi hija. Fue cuando me di cuenta de que todo cuanto había escrito en mi vida eran momentos que yo identificaba como libres, o como su reverso, y que por tanto corrían desesperadamente en busca de libertad. Este pensamiento me tranquilizó en mi conciencia.

“Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad”. Mario Vargas Llosa.

Con la pluma chorreante en la mano y la resaca simpática de la fiesta de onceañeras, escribí anoche el cuento de los niños y la libertad. Lo titulé “La excesiva escalera”, por motivos de los que ahora no quiero acordarme. En los papeles, desplacé libertad y literatura a las antípodas de la política y la economía: allí donde estas últimas no fueran su contrario, sino que no pudieran leerla, donde no la comprendieran y no dispusieran de la contraseña para acceder a las tripas de lo libre.

“Esa literatura politizada en grueso es una literatura reducida a su mera instrumentalidad, sierva de la intención y los temas, absorbida por decreto en la superestructura ideológica”. José Ángel Valente.

La narración avanzaba desbocada. Ya casi nada tenía que ver con la verbena casera. Había inventado pelotas, galerías, espacios donde más niños pudieran jugar. Sin autoridades. Ni siquiera el narrador era adulto: sólo la autora, o sea, yo. El lenguaje era simplísimo, juguetón, infantilmente delicioso. Ya estaba llegando a ese punto de la creación donde el autor se cree dentro de una narración escrita por otro.

“Se me ocurre pues que el elixir de la libertad es la literatura, porque yo escribo, y quizá la carpintería lo sea para el carpintero y los zapatos para el zapatero”

“Bajo su apariencia inofensiva, inventar ficciones es una manera de ejercer la libertad y de querellarse contra los que -religiosos o laicos- quisieran abolirla”. Vargas Llosa, otra vez.

La noche no tenía luna. La intuición de que la libertad sólo es posible en el ruedo poético me asaltó repetidamente, mientras ponía a secar la pluma. Y no me refería, en mis pensamientos, a la libertad en la ficción -lo que libremente hacen los personajes- sino a lo que tiene de técnica escribir, al puro acto de la creación, que es lo único que me hace libre y madre. Miré por la ventana.

“Sobre las alegres olas del profundo mar azul / nuestros pensamientos son ilimitados, y nuestros corazones, libres”. Byron.

Al volver los ojos a mí, recordé la normal existencia. La distancia entre lo que escribía y yo misma decrecía, a pesar de las diferencias formales de ambas cosas. Había en la noche como un acercamiento. Como si no sólo pudiese ser libre a través de la literatura sino también en esta orilla.

Dice Belén Gopegui que leer no sirve para vivir otras vidas, para ser libre. Mentira, digo yo.

De modo que mi narración continuaba. Ahora había puesto a un niño en el desierto y a una niña en una galería circular flotante. Había plantado una escalera entre los dos para que dialogaran y, por qué no, pudieran jugar juntos algún día. El dilema de quién poner arriba y quién poner abajo era terrible. Parece como si todo estuviese intoxicado por la política y lo correcto. No es que el acto de escribir tenga que ser amoral, pero... Quizá sí. Creo que sí. Me he convencido.

“Lo que yo deseo es no ofender nunca con mi crítica, pero tampoco ofenderme a mí mismo”. Juan Ramón Jiménez.

De modo que la crítica, como instrumento tropical, amuralla el deseo de los mortales, y hace posible el acceso a las libertades. Esta dignidad, esta terquedad de escribidora de crear cosas que sólo a mí me placen, es más que nada amor a mí misma, pienso mientras acabo las imágenes.

El amor

Se me ocurre pues que el elixir de la libertad es la literatura, porque yo escribo, y quizá la carpintería lo sea para el carpintero y los zapatos para el zapatero. Pero ahí no voy a entrar. Mi idea de literatura, como leo en mis escritos, está sentada en algo extraño, afectuoso, sentido.

“En Occidente el amor es un destino libremente escogido; quiero decir, por más poderosa que sea la influencia de la predestinación —el ejemplo más conocido es el brebaje mágico que beben Tristán e Isolda— para que el destino se cumpla es necesaria la complicidad de los amantes. El amor es un nudo en el que se atan, indisolublemente, destino y libertad”. Octavio Paz.

Precisamente el premio Nobel mexicano me recuerda mucho a un amigo que es poeta y crítico literario. Mientras pulo los detalles del cuento de esta noche, recuerdo cómo conoció a su mujer. En la costa granadina, un joven sentado en las rocas del mar escribía poemas. Una chica se le acercó. Se propusieron escribir un libro juntos. Otro día, se casaron. A veces la vida está terriblemente desintoxicada de ideología. Es el puro vivir que yo decía.

“Hay una conexión íntima y causal entre libertad y amor”, sintetiza Paz.

Este maestro de mí, apellidado alegremente, me dice que el libro clave fue Hiperión, de Friedrich Hölderlin. O sea, fue el libro que les juntó a él y a su mujer, el que les embarcó en la escritura, en un proyecto literario que acabaría en una extraordinaria editorial timoneada por ambos. Inevitable pensar que ella era Diotima, el sueño griego de Hiperión, e imaginar que se carteaban, que se querían desde la distancia.

“El punto de unión entre el amor a Diotima y el amor a la libertad es la poesía”. Sorprendentemente, Paz. ¿Pensaba en ellos?

Me imagino a los Alegre sobre la escalera de mi cuento y me duermo sobre el pupitre, en mi mansión mexicana. Mis cabellos rubios caen sobre los papeles, como en un lirismo libre.

jueves, mayo 24, 2007

Libertad y origen

Hoy he recordado mi tiempo europeo desde la India. Uno de mis heterónimos escribió en Barcelona este ensayo, ejemplo de energía radial y dispersa dirigida al numen. Hay algunas ideas que apuntan ya al paradigma de la confianza en la palabra.

Lo digno es un liberalismo

Decir que con la libertad no se puede vivir dignamente es como decir que no se puede vivir más que de criado, de soplón o de lacayo

Pío Baroja

El europeo inhóspito y barbudo que hay en mí, educado a golpe de biblioteca circular, no puede más que, ante la pregunta que hace la libertad, disparar la mirada hacia su ambiente para pensar lo que es alguien entre tanto libro. Efectivamente, ¿es el hombre más libre gracias al conocimiento? ¿Qué rosa, si es que existe, encapulla el saber y perfuma el jardín de esto que es la vida? Intentemos determinar qué es el olor bibliófilo que le da a esta campaña una característica de ligereza y amplitud, como de libertad superlativa.

Me es imposible seguir esta exploración botánica sin señalar con energía que no nos referimos aquí a una trivial forma de conocimiento, reductible a la mera existencia de los sentidos y un cierto andar por el mundo, sino a lo que es un conocimiento nuclear: el que, nacido de la voluntad, convierte en una necedad las notas a pie de página y las aclaraciones.

Palabra que dice lo libre

Es cuanto menos embarazoso negar que sólo el ser humano puede ser libre. Y lo puede ser -¿lo es?- dando las gracias al lenguaje. El humanista cree que la libertad no es posible sin un pleno desarrollo de la capacidad lingüística de cada ser humano (Vidal, 2005). Estamos, pues, fundamentalmente de acuerdo con este voluntario antropocentrismo que sienta la más importante forma de comunicación humana en el sillón del rey que decide quién es libre y quién no, en este mundo de máscaras, de personas.

"El lenguaje, los lenguajes, las palabras bien dichas y escuchadas, dan al hombre más margen de maniobra, más libertad"

Convencidos de que la libertad es algo sólo encabible en una categoría humana, acordamos con Steiner que cuanto más amplio el vocabulario del hombre, más mundo puede dibujar. A más rica sintaxis, mejor posesión de sí mismo y más acabado entendimiento de las cosas tiene. El lenguaje, los lenguajes, las palabras bien dichas y escuchadas, dan al hombre más margen de maniobra, más libertad.

La idea es que la palabra nos hace más libres, no que la palabra nos haga libres. Primero porque la libertad es en su pura condición relativa; segundo porque la absoluta libertad es un oxímoron; tercero porque la estructura tripartita es típicamente occidental y determina en cierta forma algunas formas de expresión, como esta última oración. Lo digo sólo a corte de ejemplo.

El indicio que me apercibió de la posible verdad de esto que digo -de que el lenguaje nos hace más libres-, es la naturaleza antieconómica del lenguaje y de eso que convenimos en llamar libertad. En efecto, la multiplicidad de idiomas es una cosa poco deseable desde el punto de vista de lo utilitario. Eso sí: es claro que nos hace más humanos: la voluntad de entendimiento desde la diferencia, desde el distanciamiento a propósito, nos ha definido siempre muy bien como seres humanos. Los idiomas pueden ser eficaces, pero difícilmente eficientes, al menos si nos ceñimos a la comunicación entre sus lejanos hablantes y a su pluralidad desquiciante.

De la misma forma, la libertad nos columpia con empujones de las manos de pasiones y deseos, en lugar de dejarnos poner pie en el suelo para irnos frenando y buscar eso que llaman felicidad en la tierra marrón. Como humanos, encontramos en este irracional balanceo, que muchas veces nos aleja de lo que deberíamos querer, un placer irreversible. Este balanceo nos define definitivamente. Preferimos reafirmarnos en nuestro cuerpo y pensamiento de siempre que buscar argumentos que nos convenzan de las virtudes de lo perfecto, de lo inmóvilmente feliz, de lo no humano, en definitiva. Volveremos al final sobre esto, que es de capital importancia.

La actitud liberal

De entre los humanistas liberales, uno de mis favoritos, Ortega y Gasset, dice que “vivir es sentirse fatalmente [la cursiva es suya, significando probablemente una referencia al destino] forzado a ejercitar la libertad”. Quisiera yo hablar un poco de esto y después poner el acento en otra cuestión: más que en la de la predeterminación, en la de la actitud.

Efectivamente, vivir nos conduce obligatoriamente a ejercitar la libertad. Fijarnos en la fatalidad de este asunto es ser tendencioso y agarrarse a las falacias del lenguaje. Porque decidir no ser libre es eso: no ser libre. La libertad para escoger la carretera de la esclavitud, digámoslo así, es una patraña lingüística, una trampa epistemológica, un mal entendimiento de lo que es el ser humano. Lo libre, intrincado y contradictorio lleva consigo unas extravagancias que hay que pensar pero no malinterpretar.

De parecida factura es la llamada paradoja de la libertad. Se dice que si todo el mundo hace lo que quiere, el fuerte se impone sobre el débil, menoscabando así la libertad de al menos la mitad de las personas que viven en sociedad. Algunos, como el propio Morgar Ladder, que escribe en esta obra coral sus opiniones que sólo a medias son liberales, resuelven esta paradoja con salvaje absolutismo. Ya se verá. Otros acuden con sensatez al tópico de que la libertad de uno acaba donde empieza la del otro. Estoy de acuerdo: pero además quiero añadir un asunto ya anunciado: la actitud.

Por supuesto que alguien tolerante ha de tolerar lo intolerable -¿qué clase de tolerancia sería aquella que sólo tolera lo que es de su propia categoría?-, pero ello no nos tiene que intimidar para recomendar, sin ánimo de imposición, el que creemos que es el mejor comportamiento, o más bien la actitud que nos parece más propicia. La actitud que recomendamos aquí como la mejor, o al menos como la más humanista, democrática y liberal, es la del racionalismo crítico, bien expuesta por el filósofo Karl Popper.

“Cuando hablo aquí de ‘racionalismo’ -dice Popper-, uso la palabra siempre en un sentido que incluye ‘empirismo’ así como ‘intelectualismo’; justo como la ciencia hace uso de los experimentos así como del pensamiento”. Este racionalismo, bien entendido, es una actitud de escucha de los argumentos y de revisión de los propios postulados. Es el método con el que avanza la ciencia y con el que creemos que puede caminar el ser humano.

"El hombre es capaz de reprimir sus más básicos instintos animales en la búsqueda de valores abstractos y de mayor altitud"

Expuestos a la opinión del otro como el playero a los rayos de sol; constantes e incansables en nuestra fragilidad, como el Papa Juan Pablo II; miedosos a la vez que trabajadores con nuestras opiniones científicas sobre el mundo, como Einstein; humildes y leídos, pertinaces en la carrera del conocimiento, como Sócrates. Creemos esta actitud, honestamente, la mejor y más viable manera de dispararse hacia la libertad.

Todos los humanistas han sospechado de lo benigno de esta idea o han sido inconscientemente partícipes de ella. Sócrates, en efecto, es el primero en desarrollar este programa. Después de Grecia y el Renacimiento, es de justicia reconocer este racionalismo crítico como sustancia propia del siglo de las luces, que siembra la semilla de la Revolución francesa, aunque el árbol que creciera después no se mantuviera fiel en su integridad a las raíces.

Digno de lo libre

Hemos hecho una operación como de striptease invertido, como poniéndonos la ropa para entender mejor la libertad, que en realidad está en la piel sola. Una vez identificados el tronco y las ramas de lo que entendemos por libertad humana -puro pleonasmo-, viene la hora de comentar la libertad en su radicalidad. El conocimiento, el lenguaje y el racionalismo crítico -cuerpo del árbol- brotan en este caso de otra raíz igualmente humana: la moral.

Efectivamente, encontramos en el balanceo de que antes hablábamos algo fundamental de nosotros. Este moverse pendular, endemoniadamente libre, nos aleja en ocasiones de la felicidad en su forma más prosaica. Cedemos la naranja más sabrosa a nuestra hija pequeña libremente, sin esperar nada a cambio, puesto que la bebé es demasiado poco experimentada como para conocer la salud de la fruta. Aquí el hombre es capaz de reprimir sus más básicos instintos animales en la búsqueda de valores abstractos y de mayor altitud.

El utilitarismo no es Dios. Tampoco divino. El checo que salía a las calles a protestar durante los años del régimen comunista sabía que tenía poco que ganar y mucho que perder. Una cosa que hay que evitar casi siempre, la guerra, es de hecho otro ejemplo de que es falso que el instinto de supervivencia es el más insertado en el corazón humano. Muchos moriríamos por nuestros seres más queridos, cosa que nos afirma más en nuestra humanidad.

Dice el mejor filósofo de todos los tiempos, Immanuel Kant, una cosa que me parece lo más importante: “La razón no es propiamente la doctrina de cómo ser felices, sino de cómo hacernos dignos de la felicidad”. Permítanme asirme a este monumental pensamiento y balbucear que este balanceo que hemos descrito no es el movimiento que nos hace libres, sino el que nos hace propiamente dignos de la libertad.

AGUS MORALES, diciembre de 2005

miércoles, julio 14, 2004

Otras invisibles revoluciones

Mi humilde concepto de literatura, más válido que el azúcar garciamarquiano pero menos ambicioso que el atún de Pessoa o la aceituna amarga del creador que espera a Godot, tiene la imposible obviedad desconocida en la mejilla. En el museo Getty de Los Angeles lo vi, así pintado y bonito, mi concepto de literatura: abstracto y risa. Era y es un cuadro de Jean-Étienne Liotard titulado “Still Life: Tea Set”. Primero cuenta me di de que “Still Life” es “Naturaleza muerta” y miré al techo del museo. Después miré el cuadro económicamente. Algunos cálculos pusieron el igual entre los pinceles y mis letras. El cuadro está pintado con un detallismo exagerado y da sensación de orden y estar a los soles grandes de Castilla. Pero si lo miro Miró miro me reconozco que el pan está esturreado, algunas tazas de té tumbadas y otras con incierto té. Hay una revolución en el cuadro que es imposible ver a la primera: pensamiento que provocó en mí ciertos placeres intelectuales. El efecto, sin insultar, es intencionado y aparentemente irónico: pero no es irónico. Es un compromiso con la realidad. Es el desorden pintado con un alto grado de perfección, a la busca loca del realismo y su superación surrealista. Mi concepto de literatura: lo que quieren ser las letras: la forma y la meticulosidad emocional a lo celuloide y la ambición de verdad. Mis letras quieren dar intención de tranquilidad y objetividad pero si se miran dos veces son intranquilas y doblemente objetivas. Reflejo y espejo: lo otro y la letra. En el exquisito trozo de pan fuera de la bandeja y en los dibujos chinos se me perdió la alienación artificial y vi que las cosas de encima del bol en la centroderecha servían para coger más cosas y comidas. La preocupación por el desorden captada con elegancia. Los lobos que escribieron este cuadro pintaron mis letras.


(Pinchar en el título para ver el cuadro de Liotard)

lunes, junio 14, 2004

The Window and the Valve

Literatura estadounidense, S.XIX. La crème de la crème: Trabajo sobre Emily Dickinson y Walt Whitman.

The representation of passions is one of the vital functions of literature. Love and power are omnipresent throughout Western literature. They both have something in common, namely the will of possession. I argue that possession is an obsession both in Whitman and in Dickinson; however, Whitman’s modus operandi is inclusive while Dickinson’s poetic possession is rooted in exclusion. In the title of my paper, the window is symbol of Whitman’s openness while the valve represents Dickinson’s closeness. I will argue that this difference is due to different theories of love and, thus, dissimilar concepts of possession. I would like to analyze this phenomenon through three elements regarding the action of love: scope, discrimination, and intensity.
Whitman’s all-embracing love attempts to expand to the whole of humankind. Its scope knows no limits. “I am large, I contain multitudes” (Whitman 85), he says. Possession in Whitman’s poetry is not unilateral and instrumental, but somewhat based on a cyclical conception with its roots in nature and with reminiscences of Eastern philosophy. “The old husband sleeps by his wife and the young husband sleeps by his wife; / And these one and all tend inward to me, and I tend outward to them, / And such as it is to be of these more or less I am.” (Whitman 40). Reciprocity is based on question and answer; transmission and reception; action and passivity. All humans tend inward to Whitman; he tends outward to them. Although poetry is still inevitably an individual experience, Whitman desires to collectivize his feelings beyond all boundaries.
Whitman is the violator of limits. “Unscrew the locks from the doors! / Unscrew the doors themselves from their jambs!” (Whitman 48). The common pattern in his lines is excessiveness. He does not understand passion as a tension between licentiousness and restriction but as a simple explosion of sentiment. His love attempts to expand even to the realm of inanimate objects. The consequence of this phenomenon is what I would like to label as “innocent sacrilege”. He deliberately and without malice trespasses forbidden boundaries. The Bible teaches us that a sacred and magic space exists, as opposed to a profane territory: “And he said, Draw not nigh hither: put off thy shoes from off thy feet, for the place whereon thou standest is holy ground” (Exodus 3:5). Whitman infringes these laws, and that is why I argue that he commits a sacrilege. Besides, he attempts, consciously or unconsciously, to homogenize space and replace limits with global sexuality.
Walt Whitman makes no discriminations. “They young fellow drives the express-wagon …. I love him though I do not know him” (Whitman 37). Here love comes before experience, thus loosing its value for the receptor. His message is universal and the beloved shares his condition with everyone. He is no more and no less than anyone is. This is the effect of homogenization. His poetry is a roller, for it reduces humankind to a compact, auto referential, self-loving mass.
Critics and scholars think of Whitman as a democratic poet. However, he is the central figure in the decision-making of his conception of love. In other words, he does not take into consideration the will of people. “The farmboy ploughing in the field feels good at the sound of my voice,” (Whitman 82). Not only does he love the farmboy, but also he assumes the farmboy loves him back. He arrogates the boy’s right of decision. “The young mother and old mother shall comprehend me,” (Whitman 82). In this case, he steals the other’s comprehension. However, the extreme manifestation of this pattern is the following lines, “I do not ask the wounded person how he feels …. I myself become the wounded person,” (Whitman 63). He delocalizes pain from its natural space and relocates it in his own body. Real individual pain is unable to reproduce itself; its duplication contradicts the very principles of human feelings. It is one of our ultimate rights, one that no one can take out from us; namely, the right to suffer, Dickinson’s “Right of Frost” (Poem 640).
The scope of Whitman’s potential possession, as I argued before, is immense. This should result in a weakening of its intensity, but it does not. His voice remains in the center of lyrical creation. “A call in the midst of the crowd, / My own voice, orotund sweeping and final.” (Whitman 73) He is not invisible; he is the origin and ending of human flow, the center of his own sexual mystification, the unintended God of a particular metaphysics of love.
The issue of possession in Dickinson is radically different. Her area of poetic action is smaller but more intense. “The Soul selects her own Society— / Then—shuts the Door—” (Dickinson, Poem 303). She closes the doors that Whitman tries to open; she regulates the flow of emotions through inclusion and exclusion. She uses a metaphor particularly pertinent for my argument: “Then—close the Valves of her attention— / Like Stone—” (Dickinson, Poem 303). Whitman does not know about valves. Dickinson’s opacity is often due to her tendency to obstruct passageways of interpretation. She hides behind the stone.
This creates an altogether obsessive atmosphere, a tension that produces the real poetry where the unutterable finally ends written on the paper. “It has no Future—but itself— / Its Infinite contain / Its past—enlightened to perceive / New Periods—of Pain” (Dickinson, Poem 650). Here pain feedbacks itself; it contains itself. The mere use of the pronoun “itself” demonstrates it. Pain is a convulsed snake trying to bite its own tail. This endogamy results in a concentration of sentiment, power, and self-possession.
Dickinson even conceptualized her views of the artistic activity: “This was a Poet—It is That / Distills amazing sense / From ordinary Meanings—” (Dickinson, Poem 448). Writing is a distillation. Intensity derives from conceptual and intellectual compression. Words are jails each one with an enormous power inside. This might be another reason for the use of capital letters in some of Dickinson’s words.
Although we hardly ever know whom Dickinson is referring to by “You”, we find in her poetry a will to discriminate and isolate her from the rest. The fact that she differentiates several identities is demonstrated by her use of comparatives, even when it is not grammatically correct: “Though I than He—may longer live / He longer must—than I— / For I have but the power to kill, / Without—the power to die—” (Dickinson, Poem 754). Another example of isolationism: “So we must meet apart— / You there—I—here— / With just the Door ajar / That Oceans are —and Prayer— / And that White Sustenance— / Despair—” (Dickinson, Poem 640). It is a paradox to see how her coldness, distance and loneliness produce a high level of intimacy and intensity in her lines. What links the writer to the reader is the common experience of pain, the “Right of Frost” (Dickinson, Poem 640), the ocean of solitude that all of us experience in a higher or lower degree.
Although Dickinson epitomizes herself and her relationship with a religious “You”, she is not, like Whitman, the center and origin of possession: “My Life had stood—a Loaded Gun— / In Corners—till a Day / The Owner passed—identified— / And carried Me away—” (Dickinson, Poem 754). Who is the owner? Dickinson accepts without remorse that somebody owns her. Sometimes this acceptance even becomes resignation, maybe even a Christian one. However, she is also an active character in her poetry, as one can observe in this anaphor, “Mine—by the Right of the White Election! / Mine—by the Royal Seal! / Mine—by the Sign in the Scarlet prison—” (Dickinson, Poem 528). Here possession is an obsession, but the object of desire is only one, a huge and unbearable one, as opposed to Whitman’s disseminating concept of possession.
In sum, I have reviewed both writers’ conception of possession through their theories of love. I have analyzed how each writer attempts to destroy and preserve the walls of their egos. “I anchor my ship for a little while only,” (Whitman 61), says the democratic poet. He wants no rest. As opposed to that, the use of dash in Dickinson puts possession into brackets, and opens an intellectual forum for reflection and pain. Whitman’s strife for inclusion opens hearts to the grass; Dickinson’s dashes and reclusion close hearts in the sea of their own blood.

The Ladder and the Muse

Literatura estadounidense, S.XIX. Trabajo comparativo sobre Frederick Douglass y Herman Melville, basado en las obras The Narrative of the Life of Frederick Douglass, The Heroic Slave y Benito Cereno.

I argue that both Douglass’ and Melville’s works have a liberating power entrenched in the use of language. However, they differ in the nature of this power —the former is political while the later poetic. In the title of my paper, the ladder symbolizes the ascension from barbarism to civilization in Douglass; while the Muse refers to the poetic enchantment of Melville. I will try to validate this argument through two specific elements; the relationship between civilization and barbarism, and the conception of the sea. Eventually, I will tie these two apparently non-related components together in order to support my main thesis.
The dichotomy civilization-barbarism is a central theme in both Douglass and Melville. I do not refer to them as isolated monads —in Leibniz jargon— but as a gradual continuum. The way in which the writers focus on this duo reveals to us the limits within the struggle for freedom is taking place, and thus determines the kind of power required to transform either the political or linguistic system.
Frederick Douglass depicts the relationship between civilization and barbarism as a hierarchical structure, which brings an ideological content to both The Narrative of the Life of Frederick Douglass and The Heroic Slave. The former describes the long journey of an individual from barbarism, which is slavery, to civilization, which is freedom. Douglass forms his personality through experience and knowledge, and his story even has somewhat novelistic turning points one example being the fight with his master. Homer teaches us that personality is the collection of decisions in life. A parallel can be drawn between the Odyssey and the steps towards humanization in The Narrative of the Life of Frederick Douglass.
As Aristotle explains in Politics, “man is the only animal whom she has endowed with the gift of speech. And whereas mere voice is but an indication of pleasure or pain … the power of speech is intended to set forth the expedient and inexpedient, and therefore likewise the just and the unjust.” Language is the tool which permits Douglass to become human and get away from slavery —it is, thus, a political and even biological tool as one can see in this metaphor: “This bread I used to bestow upon the hungry little urchins, who, in return, would give me the more valuable bread of knowledge” (Douglass, 1984:51). In this quotation, language is the bread of the intellect.
The struggle for freedom is portrayed in an evolutionist fashion. Slaves are usually represented as a tribal, primitive society. “This they would sing, as a chorus, to words which to many would seem unmeaning jargon” (Douglass, 1984:28). They are supposed to be inferiors because the institution of slavery has removed their humanity and the tools to achieve it: language, knowledge, and dignity. “Mr. Williams speaks of 'ignorant negroes,' and, as a general rule, they are ignorant” (Douglass on-line: Part IV). While one can see Douglass’ long struggle in The Narrative, in The Heroic Slave we find Madison Washington to be a character without psychological evolution. Since the beginning, Madison is not a slave: “His words were well chosen, and his pronunciation equal to that of any schoolmaster. It was a mystery to us where he got his knowledge of language; but as little was said to him, none of us knew” (Douglass on-line: Part IV). Also Washington’s words are a proof of the sphere to which he belongs. “If I am shot, I shall only lose a life which is a burden and a curse. If I get clear …, liberty, the inalienable birthright of every man, precious and priceless, will be mine. My resolution is fixed. I shall be free.” (Douglass on-line: Part I). This kind of logical chain is a part of the very foundations of Western civilization. While Eastern thought was born in the mountains and developed a contemplative philosophy, Western Civilization was born in the Mediterranean and owns the rationality of the mathematical movement of the waves which is x thus y. Madison Washington’s syllogism is a clear example —he is already on the top of the pyramid of civilization. Here I just try to describe Douglass’ Weltanschauung, but I do not necessarily agree with it.
In sum, I argue that language is a political tool in Douglass. And as the Spanish poet José Ángel Valente states, “politicized literature is reduced to its mere instrumentality —slave of the Intention and its themes, absorbed in the ideological superstructure” (Valente, 1971). This is not to underestimate the value of Douglass’ works, but to underline that his intention is mainly political and thus farer from the sphere of artistic creation. The purpose is another, clearly perceived by Wendell Philips in the letter which precedes The Narrative: “I am glad the time has come when the ‘lions write history’”. (Douglass, 1984:14). That is, it is time for the oppressed to write history. It is crystal clear that this is a political purpose.
Melville does not describe civilization and barbarism, but draws a landscape in which both clash and are mixed up. His aseptic language is not neutral, but poetic. His coldness is thus comparable to the cerebral poetry of Jorge Luis Borges or to some works of Samuel Beckett. His approach to reality plays with perspectives like the best painters do. He is a romantic —that’s why antithesis and irony are so common in his narrative. Reading him is intellectually stimulating: “Captain Delano, unwilling to appear uncivil even to incivity itself, made some trivial remark and moved off” (Melville, 1942:121). As Octavio Paz brightly writes, “irony is the great romantic invention —love for the contradiction we all constitute and consciousness of this contradiction” (Paz, 1990). Irony in Melville is bitter and its negative condition impregnates his whole work.
This is not to say that Herman Melville lacks political purposes —he does not. Benito Cereno is full of relations of power and political messages. But although we can clearly perceive the clash between barbarism and civilization, we are not sure of what to think. Who are the barbarians? Who are the civilized? And what is more important, who retains the “moral” superiority? My opinion is that Babo retains it. However, one can create a lot of arguments against this opinion. Why? Because Benito Cereno is mainly a poetic masterpiece, and it is open to different interpretations. I understand poetry in the broad sense of it being an all mysterious verbal mechanism capable of producing silence.
At the end of the story, Benito Cereno says something very similar to Douglass’ perspective on slavery. “‘Because they have no memory,’ he dejectedly replied; ‘because they are not human’” (Melville, 1942:183). In each line of Benito Cereno we can recognize the hand of the genius painting the wild thoughts of characters that more than individuals are archetypes. The paradox is that they are all a mistake, except for Babo, who does not talk at all except in his role of pretended servant. My interpretation is that silence is the negation of civilization and barbarism, of language and slavery. It is the absolute negation and romanticism was the last absolute negation.
Since I have been talking about abstractions as civilization or barbarism, I would like now to come up with a concrete example to show the different nature of Douglass’ and Melville’s language.
Both The Heroic Slave and Benito Cereno narrate a shipboard rebellion. But whereas Douglass’ ship is a platform for political freedom, in Melville it has poetic implications. This is due mainly to the circumstances. How can a slave focus on the beauty of the ships? “Those beautiful vessels, robed in purest white, so delightful to the eye of freemen, were to me so many shrouded ghosts, to terrify and torment me with thoughts of my wretched condition.” (pp74). One can see that because of his condition of slave he is not able to enjoy of the spectacle of life. However, Melville makes a lot of digressions and is imprisoned by the beautiful jaws of the sea. “The living spectacle it [the ship] contains, upon its sudden and complete disclosure, has in contrast with the blank ocean which zones it, something of the effect of enchantment. The ship seems unreal (Melville, 1942:99).
We are facing different styles. We are facing two writers with different conceptions of life and art, mainly due to their personal experience. I whish I could ask them: what is a ship? Fernando Pessoa says that “a ship seems to be an object which goal is to sail; but its goal is not to sail, but to land in a port. We find ourselves sailing, without the idea of the port in which we should find refuge. […]: to sail is necessary, to live is not necessary” (Pessoa, 1986). Some ships do not think of sailing as its purpose but as a means to land. But some of them sail, and sail, and sail, and they are a beautiful picture. Landing is instrumental; sailing is artistic. Douglass’ goal is to land; Melville’s goal is to sail.