escalera: Literatura
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

jueves, julio 09, 2009

Lo que diga la luna

Sabemos de las competiciones de poesía en la Grecia clásica, dels Jocs Florals o de los concursos en los que participaban los trovadores. Algunos de los textos que han quedado de génesis oral, alterados con el tiempo, nos sorprenden por su enorme complejidad, fruto sin duda de la lucha por elaborar lo más oscuro y difícil sin ningún otro tipo de consideración estética. Gloria y culpa del tierno precapitalismo. La presunción y la voluntad de confusión han llegado hasta nuestros días; la fiesta literaria está muerta.

¿Pero qué sabemos de la India?

La lectura del segundo volumen de A History of Indian Literature (Sisir Kumar Das, editado por la Academia de la India) me ha dado algunas respuestas. El motivo de que se conserven detalles tan jugosos de esta poesía lúdica es que la imprenta, con una implantación dispar, llegó a la India a principios del siglo XIX. Las lenguas de más prestigio, por entonces, eran el sánscrito y el persa, aunque también, en menor medida, el urdu e incluso el árabe. Uno de los pensadores más modernos de la India, el reformista bengalí Ram Mohan Roy, padre del llamado Renacimiento de Bengala, escribía en árabe e inglés. Esta última lengua comienza a penetrar en el subcontinente durante estos años y gana prestigio sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX. Con todo lo que ello comporta: las ideas y la literatura de Occidente sobre el pasado cortés mogol y el mistificado poder de la lengua sánscrita. De esta tensión nace la modernidad india, a diferentes velocidades en según qué lenguas, como ciclistas haciendo la goma, aunque el resultado es que el pelotón lingüístico alcanzó la meta y algunos de ellos se pasaron de largo, o sea, se metieron en la posmodernidad.

La poesía oral ya está casi muerta pero, debido a estas circunstancias históricas, tuvo una bella intervención en la modernidad india. Todavía en Bengala la poesía no puede ser concebida sin la música; lo más celebrado de Tagore no es Gitanjali o sus últimos poemas sino sus canciones -de hecho en Gitanjali hay canciones y esto no se ha tenido en cuenta en su recepción-, que aún suenan en bodas o estadios de críquet. Hace un par de años estaba prevista la actuación de Shah Rukh Khan, la estrella de Bollywood, en Calcuta, pero tuvo que suspenderla porque era el cumpleaños de Tagore y lo único que querían escuchar eran las canciones del gran poeta. Qué bella victoria popular de la cultura sobre el espectáculo, dos cosas diferentes e incluso antagónicas que en nuestra era se pretenden identificar con teorías sociológicas.

Me desvío, hablemos del centro. La variedad y profusión de competiciones poéticas, en un pueblo tan juguetón como el indio, debió de ser inabarcable. Aquí hago referencia a algunos bien documentados: el satavadhan y el astavadhan, ambos bajo la etiqueta de avadhanam. Se originaron en el siglo XVI en las zonas de habla telugu, más o menos el actual estado indio de Andhra Pradesh, donde, para orientación española, llevó a cabo su labor humanitaria Vicente Ferrer en la segunda mitad del siglo XX.

Como se alargaron hasta principios del siglo XIX, nos han quedado detalles de estas competiciones que arrojan luz sobre el ser indio y su significado. Recojo esto del libro antes citado. En el astavadhana (se puede escribir también así), ocho académicos se sentaban alrededor del poeta y le pedían que escribiera poemas de diversa métrica y tema. Pero también le exigían que evitara determinados sonidos y letras o le pedían "cualquier otra cosa irrelevante". Todo ello aderezado con crueles distracciones al héroe lírico, como hacer sonar una campana y que el poeta contara los campanazos. En resumen: un auténtico circo literario para poner a prueba la memoria, la habilidad y el nervio lírico del creador. Pura potencia muscular, sprint de la letra, desprecio por la carrera de fondo y la resistencia. Alborozo.

(Todos hemos probado algún juego así, aunque sea en soledad, ¿no? Recuerdo que de adolescente subía el volumen de la televisión para ver si podía concentrarme en un tratado de filosofía.)

Hay otros juegos menos complejos, como el kabir ladai (batalla de poetas), en la que dos grupos, cada uno encabezado por un poeta, se reunían en un palacio bengalí o en una mansión. Los dos equipos componen una canción con ideas contrapuestas a la de su rival, algo por otro lado muy coherente con la esencia de este pueblo en el umbral entre Oriente y Occidente.

Estas acrobacias verbales hacían las delicias de las clases pudientes y el pueblo de la India. Contribuye a ello su auténtica pasión por la desordenación de la realidad o, mejor dicho, por el puro lío. Todavía hoy se entretienen en la construcción de un tejado como si allí se estuviera decidiendo el destino de la Humanidad, dándose turno en sus impertinentes parlamentos sobre cómo llevar a cabo la tarea, midiendo soberbias, intentando implantar jerarquías, jugando y humillándose.

El libro no dice nada sobre esto, pero seguro que eran muy tramposos. Seguro que los académicos que daban campanazos traían otros objetos metálicos y luego le decían al poeta que lo que había contado eran sonidos de platillos y que había perdido.

Me gusta pensar que el poeta desmontaba falacias, defendía su labor, elaboraba siempre una métrica exacta, no cedía a la mentira y, tras la injusta derrota a manos de unos sabiondos sedientos de humillación, volvía a su humilde morada llorando, angustiado por las exiguas paisas (no tengo ni un real; paisa nahi he) que le ofrecía su patrón, pero firme en su voluntad de crear. Y me imagino que la pandereta india, iluminando su camino, le intentaría convencer sobre su indiscutible victoria emocional.

domingo, junio 07, 2009

Literatura y plantas

Leo compulsivamente cualquier texto o pronunciación pública que haga referencia a la palabra literaria y a la forma que debe adoptar, a la discusión de estilos, a poéticas enfrentadas, a teorías de la narración. Salgo a la terraza de mi ático indio para celebrar los juicios de mi gusto, con la intención de regar las plantas, una experiencia en realidad muy dolorosa porque todas -convenientemente bautizadas con nombres de escritores- son ya secarrales devastados por el sol de Delhi. Lanzo todo tipo de objetos -con especial entusiasmo mecheros, botellas de agua y cajas de películas- si las ideas que leo me indignan. Y contraigo mis músculos faciales mientras expulso un denso bloque de humo, cigarro en alto y en una conducta que ni yo mismo entiendo, cuando no estoy de acuerdo pero el texto me invita a girar mi pensamiento. Supongo que son los habituales espectáculos emocionales del ser humano: levitación, ánimo destructivo, resistencia mental.

Murió Benedetti y habló Gamoneda sobre él. "Utilizaba un lenguaje normalizado, el lenguaje de la comunicación coloquial, que, aunque respeto muchísimo, no comparto". Estoy citando a partir de lo recogido por la agencia Efe. "La palabra meramente informativa se puede encontrar en las columnas de periódico, en la televisión y hasta en los púlpitos, pero la poesía para mí es otra cosa, no es un pensamiento reflexivo ni discursivo". Se generó una gran polémica a causa de sus declaraciones, siempre con la discusión de fondo en la que andamos metidos hace años: la poesía de la experiencia, narrativa, labrada en lo cotidiano, sencilla y comunicativa contra la poesía del silencio -no me gusta nada la etiqueta-, que linda con el asombro y da una elasticidad mística a la palabra. Lo curioso es que ambas corrientes -que no quieren identificarse con estos nombres- creen que la otra es la que goza del respaldo oficial, cosa que desde luego no tendría que importar a nadie. En mi opinión, desde que Valente nos dejó el último gran poeta español vivo es Gamoneda, aunque a veces hago aquello del humo cuando leo sus opiniones. Ya dijimos aquí que Gamoneda piensa que la literatura no es poesía. Las dos primeras líneas de este escrito ya dejan ver que difiero.

También habló hace poco Juan Marsé, uno de los grandes, con motivo de la concesión del Premio Cervantes. La metaliteratura le deja "frío" y no se considera un intelectual, sino "solamente un narrador". No es menos. Discutí por teléfono con Joan Pau sobre Últimas tardes con Teresa. Otra vez. Los dos somos devotos de esta novela: la narración sostiene a pulso las tardes con fortaleza, sin otro propósito que el puro desarrollo del relato y el contagio lingüístico de la belleza. A mí me asombra; jamás podría acercarme. El mismo Joan Pau me ha tachado de "formidablemente críptico" e incluso me ha preguntado si alguna vez hablaré "desde el pozo simple y sereno de la existencia". Es mi vieja fe en lo intelectivo para crear emoción. De ahí mis obsesiones literarias: Fernando Pessoa, Juan Ramón Jiménez, Samuel Beckett, Octavio Paz. Con autores como Marsé o Scott Fitzgerald tengo un trato más tranquilo. Incluso con Tagore. Quien me conozca no se va a creer esto último.

Lanzo a pleno músculo jarrones e incluso teléfonos con artículos como éste. Es del sociólogo Vicente Verdú: se extiende más aún sobre sus reglas para la novela en la obra No ficción. Mis fragmentos favoritos:

"(...) en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos".

"La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku".

"El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine".

Es una "teoría literaria" en boga la de escritos fragmentarios ensamblados como si fueran una obra consistente, apelando a la naturaleza líquida de nuestros tiempos, la multiplicación e inasibilidad del sentido y otros argumentos posmodernos. La cosa está yendo mucho más allá de la estudiada intertextualidad. Creo que soy uno de esos trasnochados que describe Verdú, pero lo que tengo claro es que no soy un "receptor mediático" sino un lector. Tampoco tengo una "sensibilidad multiplicada", porque no entiendo qué es eso. Ni creo que el escritor deba renunciar jamás a usar la tercera persona, que combinada con la primera persona nos asiste en el delicioso juego de la distancia, como en Lolita de Nabokov. Y respecto a la introducción masiva de elementos de "nuestra era" en la literatura... Lo siento mucho, pero, tal y como le comenté a una amiga en una larga noche de conversaciones, usar una minipimer no me define como persona. Por mucho que la use todos los días. Tampoco el iPod o los videojuegos. Celebro su aparición en las novelas como reflejo de la realidad, pero su irrupción en la poesía no va con mi férrea sensibilidad. Lo que me define como persona es lo mismo que sacude a mis antepasados: el amor y los mares desbravados, los arrebatos de desilusión y tedio, la alegría o el desconsuelo por la vida; también los detalles luminosos de la puesta de sol: el goce estético de cosas mínimas y sin intervención de pasiones desatadas. Reconozco que el asombro puede sorprenderme jugueteando con un móvil de tercera generación, pero supongo que prefiero que sea sobre hierba mojada. En eso, como en teoría literaria, soy de la vieja escuela.

Creo que la escritura literaria será siempre fabulación y alusión a lo real, ingenio y giro, inocencia o voluptuosidad, tardes plagadas de pájaros: su contenido ha sido siempre múltiple y ambiguo y no necesitamos acudir a lemas comerciales o conceptos posmodernos para subrayar que somos fragmentarios o globales. Es un viejo arte que se renueva, pero fundamentalmente sigue igual, porque nosotros somos los mismos, pese a que lo natural es que con el tiempo nos vayamos escorando hacia algún lugar desconocido.

Aunque quizá debería dejar de lanzar mecheros, porque me voy a quedar sin poder fumar. Así me lo indicó Alá en mi último viaje a Pakistán: estaba en un taxi dando vueltas por Lahore y el mechero, que había colocado sobre la guantera, se desintegró tras una desconcertante explosión a causa del calor. Me eché unas buenas risas con el taxista, con inevitables alusiones -de dudoso gusto- a lo que a todas luces fue un atentado talibán.

Tendría que dejar de ser tan integrista y regar más las plantas. Verdú habla de que la escritura ha de centrarse en su "habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento" y asegura que debe ser "insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura". Y se agitan mis mofletes, quizá aplaudiendo un sentimiento general de que en los diversos caminos, todos respetables, el rigor y la excelencia actúan como extraños acompañantes que, como los guías indios, nos incordian y nos meten en la cabeza que son indispensables.