escalera: Sueños morgianos
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viernes, julio 31, 2009

Carretera perdida

Sueño que estoy en un gran centro cívico, en uno de esos espacios higiénicos creados por los ayuntamientos con grandes vidrieras, blanco unánime, muchas conferencias y alguna exposición de arte contemporáneo. Un grupo de mujeres me persigue para golpearme. Aprovecho la desorganizada estructura del fuerte blanco para esconderme. La gente parece darse cuenta de lo que está sucediendo y piensa que merezco ser capturado. No sé por qué me buscan. Me siento como el profesor de Disgrace, de Coetzee, aunque evidentemente esto lo fijo después del sueño.

Consigo hablar por teléfono con una de las cabecillas del grupo paramilitar femenino. Estoy en una cabina. Se muestra poco a poco comprensiva. Asomo la cabeza a la planta baja y nos cruzamos la mirada. Hay una especie de tregua que no acabo de entender. Bajo con ellas: la cabecilla y varias de sus socias parecen complacidas y curiosas, pero muchas otras me miran con acritud.

Conozco con ellas a otras mujeres. Hay un clima propicio al entendimiento sexual; no sé si debo besar a alguna. Me fijo en una muchacha negra ignorando si las demás se han percatado o si esto es reprobable.

Parece que estoy libre. Viajo en moto, inconfundiblemente por carreteras andaluzas del litoral, aunque sé que estoy en la India. Luismi, mi amigo de la infancia, va de paquete. Es de noche. Me pide que vayamos a un bar. Llegamos a uno pero lo han cerrado, así que me meto en el carril contrario y, a consecuencia de la infracción de las reglas de tráfico, encontramos otro local. Hay unos americanos que nos ofrecen drogas a la puerta y nosotros las rechazamos. Entramos en el bar y nos sentamos en la barra. Allí está toda la guerrilla y la chica negra me llama. Me acerco a ella, me besa con unos labios blanquísimos. Entre sus arrumacos, aprovecho para mirar a Luismi -"te lo iba a decir ahora"- y al resto de las tropas femeninas, ahora enfundadas en vestidos de gala. Todo el mundo parece aprobar la situación. Cuando me calmo, desparramado en un sillón, de repente siento un intenso mareo. Grito que si pasa esto es porque a Krishna le están arrancando la cabeza, porque se está acabando la religión. Hay un cierto alboroto. Despierto antes de ver si se ha dado el apocalipsis.

jueves, diciembre 25, 2008

Sueño en Calcuta

Sueño con una mujer. No tiene nombre. Es rubia y baja: se ha ido aproximando a mí desde hace semanas con una lenta seguridad. Estamos en un sofá y toma mi mano, me besa, pero llega más gente y sólo me abraza discretamente: todo su comportamiento me parece excelente y laborioso. Le pregunto insistentemente si entiende lo que digo, cosa absurda, ya que ella es al fin y al cabo una creación de mi mente, y sí, entiende todo de mí. Pero yo esto no lo sé, porque es un sueño, y mis esferas se engañan en este juego de cruces. Nos sentamos en un banco perdido en la montaña. Por primera vez reconozco el paisaje: es la costa de Granada. S. llega entonces con un amigo y se sienta a nuestro lado.

Mi creación rubia se aproxima a mí lo suficiente como para dar a entender los lazos que nos unen, pero con una elegancia imprescindible para no despertar incomodidades. S. mira. No consigo descifrar si está celosa o indiferente. Empieza a hablar sobre lo que ha hecho por la mañana, aunque no sé si se dirige a mí o a su amigo. Parece hablar para nadie.

La siguiente escena que recuerdo es en el molino del pueblo. Estoy hablando con el abuelo de S. Se parece mucho al mío y se lo hago saber. Me dice que a veces escribe artículos en el diario El Mundo con el pseudónimo Simon & Garfunkel. Voy corriendo hacia S., que está allí, claro, y le pregunto por qué no me había hecho antes tan importante revelación. Empiezo ahora a hablar con la abuela de S., que me dice que no me preocupe, que ella no pasaba por un buen momento, que no debería... Y me alejo hacia un albergue con la mujer rubia cogida de la mano.

Me despierto. Estoy en Calcuta, como siempre, loco de alegría, porque es mi ciudad favorita. Compro el periódico, que cuesta menos de una rupia. Me detengo en una librería y me doy cuenta de que todavía sigo agrupando el mundo en dos conjuntos: los artículos que podrían gustarle a S. y los que me gustan a mí. El condicional que acompaña al primer grupo es descorazonador, símbolo de la imposible comunicación humana. Encuentro un catálogo de arte indio e italiano. No lo compro porque está lleno de mentiras. Y sigo caminando, con los libros de Tagore en la bolsa rota, temeroso de perder dinero y libretas, con el curta amenazando con hacerme más delgado, con los ojos como murciélagos llenos de ilusión por un futuro de vida y poesía. Pienso en mi educación emocional, que debe seguir grandes principios: el de la inocencia y el lanzamiento; el del arco y el disparo; el del atemperamiento de la mente, encargada de tamizar los sentimientos y cargarlos con la materia del mundo. Pero parece imposible serme: y mi escritura se resiente.

miércoles, junio 25, 2008

¿Organizador del juego?

Sueño que juego un partido con la selección italiana. Llevamos la camiseta blanca. Aunque normalmente juego de delantero, me veo en la posición de medio centro organizador, que debo asumir. Intento cortar un par de jugadas del equipo contrario. En un lance del juego, me doy cuenta de que podemos salir al contragolpe. Armo la jugada y ordeno a mis compañeros que se abran a las bandas, porque al correr junto a mí hacen que el otro combinado, que parece la selección española, se cierre en sí y no permita la penetración. No parecen entenderme. Nos roban el balón. Les repito, ahora en italiano, que al atacar tienen que situarse en los flancos para abrir el campo. Me miran extrañados. No sé si tengo potestad sobre ellos o no. No sé si creen que mis ideas son sensatas. No siento ningún sentimiento de pertenencia al equipo ni fervor contra el otro. Tan sólo me veo arrojado al juego y a cumplir.

Me siento un poco confuso porque no sé si soy importante para el equipo.

domingo, enero 06, 2008

Golpe de Estado en el alma

Sueño que hay una ejecución pública. Me parece una plaza griega, aunque está llena de paquistaníes y en un placa se lee "Liaqat Bath", el parque donde Benazir Bhutto fue asesinada. Me acerco a la plataforma de madera roída. Quieren ahorcar al jefe del Ejército paquistaní, Ashfaq Kiyani. Musharraf está allí, mirando a todas partes menos al sitio del sacrificio. Sus colaboradores no se atreven a llevar a cabo la ejecución, así que el mismo Musharraf, inseguramente, sube los peldaños y amarra el cuello de Kiyani a una cuerda débil.

Aumenta la tensión dentro de mí. Pienso en posibles movimientos de la luna. Y Kiyani echa los brazos hacia atrás, agarra de la nuca a Musharraf y se gira como un bailarín. Sale a la carrera y organiza un golpe de Estado, aunque no conozco la versión material del mismo. Todo queda como una idea en la gris explanada de Rawalpindi.

Estamos en una casa de varias plantas y las Fuerzas Armadas entran a registrarla. Esto tiene que ser consecuencia de la salvación de Kiyani, de los nuevos eventos políticos, pienso. Escapo por una puerta trasera y me siguen cuatro españoles y una manada de paquistaníes. Nos subimos todos en un triciclo motorizado, y nos preguntamos qué está pasando en este país. El cielo negro cae sobre nosotros. Hay un aroma a jazmín y la brisa me cierra los párpados.

sábado, diciembre 15, 2007

Desde el limbo: muerte y amor

Anoche soñé, maldita ilusión, que la abuela de ella se estaba muriendo. Yo no la conocía, pero había escuchado historias fanásticas de ella, relatos que habían alimentado mi imaginación y mi magra literatura.

Me da la noticia por teléfono. Estoy en una ciudad donde se mezclan calles de Los Ángeles, Barcelona y Delhi. Salgo en coche con mi amigo, pero me doy cuenta de que me he dejado la moto, de que sin el motorino no puedo llegar a ella. Tengo que volver atrás. Todo es una angustia circulatoria, un sufrimiento estético: porque el ámbito es luminoso y azul, alto y preciso: nombramiento de la belleza urbana.

Las calles se parecen cada vez más a las de Cornellà, en el extrarradio de mi ciudad. La encuentro. Llora. Yo le digo que nos vamos. ¿Es tu abuela o tu madre? Mi abuela. Vamos. No. Sí. Sólo quiero estirarme en el lecho y llorar. Yo no sé cómo reaccionar. Y la abrazo. Me siento compungido.

Entre las lágrimas, ella se manifiesta en otra orilla. "Me acabo de levantar con la boca llena de un sueño maravilloso en el cual tú y yo hacíamos el amor". No sé de dónde salen esas voces. Es el sueño de otro alguien. Amor y muerte, sexo y desaparición, se yuxtaponen en mi relato personal onírico. Siento el extraño peso del destino.

jueves, diciembre 06, 2007

La cabeza de El Prat

Sueño que camino por mi ciudad natal, El Prat de Llobregat. Ansío ver un rostro conocido. Ando en un parque que ya pasó a la historia, justo al lado de mi casa, donde jugábamos a fútbol y los dueños de los restaurantes nos echaban la bronca cuando la pelota golpeaba a sus establecimientos.

Veo una silueta familiar. Es Cabesita. Él parece no reconocerme: seguramente, me argumento en mi sueño, porque llevo pintas de indio. Me acerco a él, henchido de alegría, y los malos augurios desaparecen cuando me devuelve una sonrisa de sorpresas. Nos abrazamos. Vuelve a mí la cálida brisa del Mediterráneo, de cuando marcábamos goles juntos y nos juntábamos en uno. Él ponía la pelota por encima de la defensa y yo fusilaba a los porteros. Así pasamos dos años: dando servicios y goleando, atacando a la vida y protegiéndonos los cuerpos.

Su abrazo, siempre reconfortante, me trae un fuerte sentimiento de melancolía. Toco con las palmas de las manos su espalda ancha y justa. Vuelvo a la India con el despertar, anegado en una pálida sonrisa que me acompaña mientras acelero en la moto, en busca de mi pan cotidiano: la noticia.

viernes, noviembre 30, 2007

Soy en un animal


Sueño que soy un mono. Me olvido de mí. Me concentro en el movimiento aeróbico de los músculos del mono, que soy yo. Me tiro a volar, desde el puente, con la seguridad de que, si no tengo éxito, el río salvará mi caída. Salto y me suspendo; viajo al riesgo. Siento la resistencia del aire, pienso en las palomas, en las palabras. Algo me parece inefable. El cuerpo peludo no me responde. ¿Estoy en el aire o en el agua? Vuelvo al mundo. Pienso que un mono ha soñado conmigo. Y el sol entra por la ventana.

miércoles, noviembre 28, 2007

Asombro y letra

Soñé que entraba en un videoclub indio. El dueño me pedía 800 rupias porque, al parecer, no había devuelto una película -probablemente 'Munna Bhai', mi filme favorito de Bollywood- que había tomado hace un año. Yo me niego rotundamente y salgo del establecimiento indignado. Yo no tengo esa película, yo no la he alquilado aquí.

Entonces viene detrás de mí a pegarme. Yo no tengo miedo, pero luego se añade a él un amigo español y le ayuda a calentarme. Me dan una buena tunda, en una calle azul circular, aunque no experimento pavor.

Salgo de la conciencia y voy hacia el pensamiento. Veo una nota de alguien. Dice algo que no puedo explicar: ni siquera a mí mismo. Un nombre se dibuja a sí mismo, asombrado.

lunes, octubre 01, 2007

Este sueño se escribió cuando todos estábamos vivos

Anoche mientras dormía, dormí por fin: tuve el sueño más profundo de mi vida. El relato onírico más coherente y profundo; un golpe de mi alma a la realidad. Ha sido mi primera noche en Delhi después de una semana en la península Ibérica.

Allí el sueño es liviano y concesivo, como los cuerpos y las fidelidades. Aquí la cosa onírica es un yunque de espíritus y animales sobre ti, un saco de piel universal que notas sobre tu materia. Es un ámbito de adivinanzas e intuiciones: el inconsciente toma el poder en oracular y griega manera. Las fuerzas de lo profundo amenazan al reino de la realidad, algo que no se había producido en mí en un lecho occidental.

Recuerdo en el sueño a Dimitri y a Manoj, amigo indio, melancólicos por la separación y el olvido. La liábamos una vez más, jugábamos al cáram, tocábamos las cosas. Era la casa de Dimitri, que ahora me era cedida, creo. Empieza a llegar más gente, en especial españoles. La fiesta se prolonga y se complica, como la casa, que pasa de disponer de un par de habitaciones a convertirse en una sala del tiempo alargada que desemboca en un dormitorio.

Estoy sobre una lona. Una chica exuberante aunque no de mi gusto se aprieta contra mí por sus dos costados y, tras dudas impropias de los sueños de allá, la rechazo. Discuto con diplomáticos. Camino por el pasillo blanco hasta el lejano dormitorio, donde hay varios amigos. Me tiendo sobre el lecho y pienso en soñar, pienso en los sueños que he estado escribiendo. Me es imposible despertar. Alguien pronuncia la palabra "deconstrucción" y "hermenéutica" como si fueran la misma cosa.

Tiro al suelo a un amigo de allá, en revuelco cariñoso. Cae encima de mí, también, la chica vaporosa, que finalmente besa a mi amigo. Nos acabamos las cervezas y salimos de allí, como el Pijoaparte.

Llega la noche y me quiero ir a casa, a Nisamudín. Trabajo por la tarde, pero estoy cansado. Me doy una vuelta en rickshaw para pasar el rato. Para volver, camino por la playa. Siento una extraña mezcla de Mediterráneo y suelo indio, quizá la composición actual del alma mía.

Me he dejado los pantalones y el calzado en el dormitorio sagrado. Un amigo me advierte sobre los pantalones. ¿Cómo es posible que no los tengas? Me dirijo hacia la habitación. Observo un ligero movimiento. Le pido a un indio que escolta la habitación que recoja mis pertrechos. Cuatro rupias, me dice. Cinco, le digo yo: no sabes lo que te espera. Entra a la habitación y sale despavorido. Sin mis cosas.

Me retiro. La gente comenta la cópula blanca. Yo miro el mar. Un balón cae sobre mis pies. Me pongo a jugar con unos extranjeros. Es un deporte a medio camino entre el fútbol y el cáram, donde para marcar gol hay que detenerse en líneas blancas. Todo el mundo me explica las normas aceleradamente. El juego es excitante: no se detiene en las reglas, es un fluir incesante. Conseguimos una racha de cuatro goles seguidos, con el balón traspasando el otro lado y volviendo por cuestas que se parecen a las de la Andalucía profunda.

Acabamos el partido y buscamos algún restaurante indio para cenar. La noche ha venido. Sueño que ya es mañana de luz y que voy a casa de Dimitri, sin llaves, a recoger mis pertrechos. Lo consigo. Despierto del segundo sueño y regreso al primero, en pensando yo que es la realidad. Noto un exceso de acciones en hoy: futcáram, amistad, mar, observación sexual, contemplación... Hoy no he trabajado.

Me doy cuenta. Despierto en Delhi: la luz de Oriente entra por la ventana. Queda una hora para mi turno. No sé si me avisaron de la hora del inicio de mi jornada laboral en sueños o en vigilia: sólo sé que estaba vivo.

miércoles, septiembre 26, 2007

Cuerpo y fidelidad

Anoche mientras dormía, soñé, bendita ilusión, que la fontana de mi vida volvía a su centro. Vi claro en mis imaginaciones la India y su forma de rombo en el mapa de mis sueños. Era un borde sinuoso y amplio: cerrado en poliedro en contra de su voluntad, más preocupado de dar vida a Asia que de mirarse las tripas. A la deriva, un triángulo ordenado y azul se aproximaba como un glaciar de navegación lenta. Era Cataluña.

Vinieron a mí entonces, por el contacto de mis dos tierras queridas, las letras que manejo: Juan Ramón, Tagor, Europa, los sufíes, las escaleras. Pensé, mientras mi mente apenas asomaba al mapa, dudando si caminar o no sobre un terreno abstracto, la vida mía y lo que tenía que ser el centro de creación.

Desperté en el sueño. Y me dije: tienes que escribir este sueño. Al darme cuenta de que aún estaba soñando, y de que el sueño de los mapas era la primera caja china, me entró una desazón deconstructiva. Sentí una señal de peligro y abracé temeroso la materia. Fiel, supongo, a mi idea del ser humano como constructor de sentido.

viernes, septiembre 14, 2007

Secuestro

Anoche cuando dormía, soñé que secuestraban a mis vecinos de Barcelona. No sé cómo la noticia llegó a mí, en estando yo en el centro del mundo: la India. De modo que me trasladé, en ámbito onírico, a mi tierra madre:

Los captores nos obligan a ir a casa de los vecinos. Acepto reticente y altivo, con la mirada en la disposición literaria intacta. Los vecinos están sentados a la limón, ordenando sus pensamientos para la huida. De pronto, aparecen cuatro mujeres y dos hombres: los auténticos secuestradores. Empiezo a ser consciente de que estoy en un octavo piso de Cataluña: algo impensable en Delhi.

Es el tiempo de las mermeladas. Los captores intentan ser simpáticos. Uno me dice: "Entiéndelo, es normal, estos moros de mierda...", en alusión a los vecinos, que por otro lado no responden a esta descripción. Me levanto: "Estoy harto de los extremistas y el hindutva". Recuerdo que en el sueño echaba humo espeso por la cabeza: la intolerancia interreligiosa causaba entonces más rechazo en mi alma dormida que el puro hecho del secuestro.

Llego enfadado a casa de mis padres, que está justo al lado. Noto una tensión circular y envolvente, preñada de aromas occidentales y sangre. ¿Qué hago? Van a venir a por mí. Decido escapar para siempre. Bajo las escaleras de mi bloque como tantas veces en mi infancia: para bajar a la plaza a departir el fútbol, para pasar por el quiosco y comprar los cromos antes de entrar en clase, para coincidir en el camino con la chica pecosa. Las bajo de ocho en ocho: saltando al vacío y girando en el aire agarrado a la barandilla de hierro arcillado.

Me entero de que el bloque entero ha sido secuestrado. Pienso en llamar a la Policía, pero entonces podrían morir los rehenes, e incluso mi familia, que no sé dónde está. No puedo salir del edificio. Llamo a las puertas y nadie me abre: están confabulados y tienen miedo. En un rellano mercurial, me encuentro con un hombre armado.

"Vale, vale", digo yo [tik hai, tik hai...]. Me pone su arma entre los dientes y subimos a la octava planta. Mientras subo las escaleras hacia el lugar donde me crié y donde ahora me aguarda la muerte, quiero despertar, me concentro en despertar, me arriesgo a despertar sin saber qué hay de este lado... En mi templo sufí, unos labios negros calman mi pesadilla.

sábado, septiembre 08, 2007

Delhi en El Prat

Anoche mientras dormía, soñé que estaba en mi antigua Redacción, entre Provença y Muntaner.

Queda poco para las diez. El Ejército había vuelto. Llega un compañero de Economía y me abraza. De alguna manera, el día busca las piruetas y la luz.

El salto me lleva a una motocicleta. Conduzco con el pelo enmarañado. Son las rotondas de El Prat, de mi ciudad perdida. Adelanto a una moto que conduce una chica que se llama Alejandra, un viejo amor no cumplido. Giro a la izquierda por una calle oscura, donde tendría que estar el complejo deportivo más grande de El Prat. Pero lo que encuentro es mi oficina de Nueva Delhi. Llevo de paquete en la moto a una nueva becaria, que tras un tiempo fuera ya no se acuerda de la cara de la jefa, a quien confunde con la portera.

Subo. Me obsesiono mercurialmente con las noticias: todo el mundo me molesta, pero yo sólo quiero trabajar. Me dice la jefa que tengo que escribir dos mil líneas, que confía en mí, que... "Yo siempre lo hago bien", la interrumpo. Ella sonríe. "Bueno, siempre lo intento", pienso en otro plano del sueño, el de las cataratas y las marismas negras.

Por la noche, me invitan a una fiesta. Es en Delhi. Al acabar, me invitan a otra, pero me quiero ir a casa, a Nisamudín, a la casa de mi santo sufí sentido. Me llevan a la Vieja Delhi en taxi. Estoy lejos. Me enfado y cojo un autorickshaw. "Chalo, baisab (Vamos, maisán)", le digo al conductor del triciclo, en mis primeras palabras soñadas en hindi. Regateamos y volamos. Por el camino, pienso en si yo en Barcelona tenía alguien como mi compañera de hoy: la cara era diferente y destartalada. Llego a Nisamudín. Hay un partido nocturno de mi equipo de fútbol. Jugamos a la pelota a pesar del monzón. Cuando la lluvia nos empuja fuera de los límites, salgo corriendo y me meto en la furgoneta del equipo.

No son ellos. Son cuatro niños indios. Uno conduce. Arranca. No entienden qué hago con ellos. Comprendo la situación tras unos segundos: la Policía nos persigue; son ladrones. La luz de la patrulla me da en la cara. Es el fin, pienso. Pero Delhi está alta y digna.

miércoles, diciembre 06, 2006

Amargura natural

Morgar ya tenía la cabeza en la India. El desplazamiento mental, sin retorno, se produjo unas horas después de abrir las primeras páginas literarias sobre esa cosa asiática, en la pluma de Mircea Eliade. El pobre ausente, porque Morgar no es otra cosa que un pobre ausente, soñó con unas enseñanzas que recibía de un maestro indio en una cabaña de madera de pino cortada a machete.

Se había dormido mediante la respiración de vientre. Sintió, ya en el sueño, el peso del trópico en el cuerpo deseado y deseante de alguien que buscaba su jadeo. Se revolvió en la casa total y miró al maestro a los ojos.

Salió a la calle: una rambla hindocatalana. Allí descubrió que todo era producto de la mente, como siempre habían sospechado los idealistas. Comentó tal extremo a su amigo, que no le creía. Así que Morgar hizo crecer un bocadillo crujiente de sus manos.

-¿Lo ves?

El amigo, simplemente, se zampó el bocata. Morgar, ya libre, consciente de que estaba soñando y de que podía incluso volar, hizo aparecer un quiosco, del que cazó una bolsa de patatas para su amigo. Sus favoritas.

Entonces se convenció de Todo. Una alegría como de navajas de oro empezó a cortarle la piel, dulcemente. Hubiera podido incluso creer en algo, darse a algo que no existiera, pero su único miedo era no romper los muros del sueño para mantenerse en aquel estado, ya sí, de éxtasis metafísico.

Me desperté en tranquilidad. Me llamaron al móvil. Con cachaza, respondí. Era mi jefe de política: mañana entraría dos horas más tarde. Dos horas más de sueño. El mundo me pareció, por unos segundos, algo bonito. Amargamente, me dije que siempre es agradable ver cómo le crecen las piernas a la ilusión.

lunes, noviembre 27, 2006

La huida

Yo no estaba entero y unido, porque era un sueño, y subí al ascensor. Una señora se metió en el habitáculo, también, con su carrito azul como mis camisas. Dentro del carro vi un niño de codos blandos y luces en el cóccix. Recordé aquel sueño en que caí por un talud rociado de brea y cuyo rebozo me permitió vislumbrar todos los géneros literarios como si fueran flores.

El niño me esperaba al final del talud para recoger mis despojos. Me percibió y yo le devolví una mirada inescrutable en el ascensor de Barcelona, planta 1. Se le subió del codo a la mano una camisa azul, como si fuera un tendedero humano de venas en vez de alambres, y le dio por aplaudir. Desconcertado, busqué el talud, pero sólo quedaba línea eléctrica de subida y bajada.

Afortunadamente, la mujer coriácea y el niño bajaron del ascensor. Pero, al abrir la puerta para permitir que ambos salieran, el niño me volvió a aplaudir. "Es un provocador", me dijo la madre.

Esto me dejó animalmente impresionado. Yo no había entrado unido, pero el alma me encimó el cuerpo y se disgregó todavía más. Me metí en el montacargas, otra vez, y llamé a mi planta. El ascensor se elevó, cosa que en los sueños no suele pasar. Pero el aparato se embaló y no paraba de subir. No pararía nunca.

Creí ver luces de otro mundo. Mientras subía hacia lo Eterno me pregunté, en medio de una angustia como la de abrir una verja oxidada, si aquel niño, el Provocador, no era yo. Y si aplaudía mi desgraciada decisión de dejar los cosos del corazón al azar y excentrarme en la literatura: la única flor con pechos de este desierto árido que es el da-sein.

sábado, septiembre 16, 2006

El pozo

Esta vez soñé que estaba planchado en un sillón de la cabaña cortada a navaja. Era su casa, la de ella, supuestamente, porque los sueños son como subirse al lomo de un animal rociado de brea. Me levanté extasiado por la fragancia primaveral del hogar, por el crepitar de la leña y la helada matutina y brillante.

Yo estaba desnudo: mercurialmente desnudo. La brisa azotaba mi cuerpo peludamente, buscando el roce placentero con mi piel. Anestesiado, metí los pies en un pozo para desentenderme de la halagüeña mañana. El agua me cortó el espíritu en dos, y perdí de vista mi mitad más pugilística, que se perdió en el bosque para siempre. Sólo quedaba mi alma más frágil y recubierta de tulipanes: la del puro amor.

Me vi de nuevo de pie, sin haber apreciado en la secuencia del sueño un lógico desplazamiento vertical de mi cuerpo. Hacia el cielo azul, entiendo. Seca mi piel, socarronas mis manos, ondulado y gelatinoso mi pecho, miré hacia el umbral de la Puerta. Era ella, también desnuda.

Avanzó majestuosamente. Sacaba pecho y mi pene lo agradecía. Se acercó a mí como lo hacía siempre, pero no me tocó. Pasó de largo, con la mano izquierda posada en su muslo moreno, desde donde chasqueaba escandalosamente un liguero. (Esto lo soñé lingüísticamente, después de haber leído a Marsé).

Ella estaba haciendo la colada. Tendió la ropa y las pinzas luminosas se le cayeron en su regazo imaginario, así que temí por que aquellos dedos de madera remachados con hierro se metieran en su vulva como peces escurridizos. Los cogió y los envió de nuevo al inmenso mar de mis sueños, donde bucearían siempre en la búsqueda imposible de mi alma pugilística, ya anegada en el océano total.

Agarró ella el canasto repleto de ropa dorada y volvieron a florecer de su tronco sus magníficos melones perfumados con romero, que convertían el cesto en un infierno eclipsado por la luz del paraíso. Ahora sí que viene hacia mí, pensé, mientras acariciaba mis músculos y una chispa caliente de la chimenea calmaba la condición glacial de mis glúteos. Ella pisó cerca de mis huesos. La vi en el preciso instante del derrumbe, con sus ojitos puestos en mi nariz en lugar de en mis ojos debido a la ya incipiente caída; con los ojos en mi ombligo de níquel pero los pechos aún marmóreos: con la mirada en la luna, que estaba debajo de nosotros, en las profundidades del pozo que me había refrescado y que evitó nuestro cálido abrazo.

jueves, septiembre 07, 2006

La derrota del corazón

Anoche mientras dormía soñé que vagabundeaba por un parque gris, redondo, grande. Había columpios plumiformes, robots que fingían ser bebés para hacerme creer que todo aquello, efectivamente, era un sueño, y abuelas vencidas por la modorra vespertina.

Me senté en un columpio tradicional, que por otro lado era igual al que tenía en frente de mí, aunque no recuerdo las cadenas. Es importante que el lector retenga que el columpio era azul.

Me levanté y amagué con practicar otras artes lúdicas: pensé en aprovechar al máximo aquel parque implícito para postadolescentes que no habían superado la infancia.

Mi politraumatismo no me estropeó la tarde, aunque me limitó en algunos de mis movimientos. Volví al columpio y se convirtió en un saco de residuos orgánicos en el que no osé sentarme. Una niña que estaba a mi vera sí que se decidió a hacerlo, aunque en el otro columpio que no me estaba asignado.

Me marché con mis padres, como haciendo ver que la chica no me interesaba. Me llamó, me gritó, me dijo que tenía amigas para mí. Pero yo, impasible, continué avanzando y pensé en mi pelo enmarañado.

Es importante retener que lo que relato es un sueño.

Al reunirme con mis progenitores, mi padre quería esperar al sábado para una cena misteriosa. En cuanto a mí, me vi perdido en una cosecha de nabos y ostras gigantes, en una tierra árida y andaluza. Me mesé el pelo y renuncié a los juegos del amor, aunque los dedos se me quedaron atrapados, probablemente para siempre.

Morgianidad del sueño: 1
Estética: 5
Sensorialidad: 2
Importancia filosófica: 7,5

martes, agosto 29, 2006

Unas ostras de sangre dentro de mi cabeza me rompieron el corazón

Se, se. Anoche, además de suñar que era bonísimo yugando a fútbol, me vinierun en sueñus otras manifestaciones del alma. Me encontraba a medio camino entre el andar y el trotar por una galería cuadriculada. Las paredes tenían colores pesadísimos, como de pesadillas de las gentes del medievo. No sentía, sin embargo, sensaciones de angustia o derivadas, sino una absoluta suspensión en aquella tierra gótica amarilla y premoderna.

Un latigazo me estremeció, como una navaja blanda que viajara de la nuca a la coronilla. Estaba soñando. Quieru decir: supe que estaba suñandu. Sentí por primera vez aquello del tempus fugit, de que aquella era una ocasión irrepetible, un asidero para el sexo. Mis sentidos estaban de vacaciones y aprovecharía para hacer realidad mis fantasías límite.

Pero parece ser que mi mente también disfrutaba del periodo estival, porque mi 'fantasía límite' en ese momento se redujo al pensamiento de que quería hacer el amor con equis. Llamémosla así, a la chiquilla. O llamémosla criatura ladina.

De modo que arranqué a correr como un loco, en busca de la criatura ladina, y tiré al piso los cuencos de pintura pesada que adornaban aquellas paredes. Salí de la galería, me metí en otra, y no paraba de pensar: "Estoy soñando, estoy soñando". Tenía que aprovechar.

Quise coger por la verija la situación y controlar mis pensamientos, pero no pude. Cuanto más me obsesionaba en la idea de fantasía sexual límite, más se me inflaba la cabeza de mejunges nerviosos, de células gigantes como ostras de sangre. No se trataba de un sufrimiento finisecular, sino más bien de la advertencia de un fracaso moral.

El cráneo estaba al borde de la explotación, así que desperté. Yamás ulvidaré el sentimientu de frustracion que me avino al curason porque no pudí facer el amor con la criatura yudía.

Morgianidad del sueño: 6,5
Estética: 4
Sensorialidad: 6
Importancia filosófica: 5


EFE
am

Inverso

Anteanoche soñé que transitaba amablemente por una carretera estatal con mi familia. La cabeza transcurría en la acción y la acción transcurría en mi cabeza con insultante normalidad. Notaba apenas un exceso de luz roja en toda la región onírica frontal a mí, a la cual no quise dar la más mínima importancia, entre otras cosas porque en un sueño los interruptores no funcionan, las personas están para luego no estar, etcétera.

De pronto me di cuenta de que esa luz, de naturaleza que yo creía innegablemente poética -¡y qué abuso en la poesía de la palabra luz!-, no era otra cosita que las luces traseras. Yo conducía normalmente, entiéndase, con el volante ante mis narices, pero el coche estaba girado.

Al ser advertido de ello por mi padre, el problema se plantó en mi cabeza. Las cosas habían ido bien hasta ese momento, por lo que no vi ningún inconveniente para trocar objetos. Ante la insistencia familiar, me salí de la vía pública y en la cuneta hice una maniobra para dar la vuelta: ahora sí, las luces traseras estaban en su sitio, y las delanteras también. Esta última aclaración no es una perogrullada.

Llegamos a un pueblo, que se transformó en una pista de fútbol. El coche trocó en una bicicleta. Los jugadores me alentaron para que saliera a la cancha azul. Pero me metí en una iglesia pagana adyacente. Una vez dentro, di por supuesto que algún mardano modorro o algún pelagatos me robaría la bicicleta. Al asomar el cabolo, sin embargu, me di cuenta de que mi bici verde no había sido objetu de embargu. Digo esto porque tuve algunas alucionaciones ladinas. Amarillo. Blanco.

Después pensé si lo del coche era una indirecta interna sobre el artículo que escribí de Beckett y la generación inversa, que supuestamente es la mía. La temática generacional cobrará importancia ladina en mi obra, me dije mientras llevaba a buen puerto las abluciones matutinas. ¿Qué obra? Me siento como un coche girado.

Morgianidad del sueño: 7,5
Estética: 2
Sensorialidad: 3
Importancia filosófica: 6,8

miércoles, mayo 17, 2006

Resurrección

Anoche soñé con Samuel Beckett, pero no era claramente él. Estábamos Fran y yo alrededor de una hoguera, junto a otros caniches y hombres. Entonces Sam llegó, maquillado, no tan delgado como siempre. La emoción me sobrepasó. Pero comprendí en seguida que no era Sam, sino que era Buster Keaton interpretándole en mi sueño.

Fran me miraba, recordó cosas que yo le había contado sobre Sam y empezó a preguntarle sobre su obra. Vi cómo Sam Keaton se sentaba con nosotros en la hoguera. Ahora que la luz daba de bruces en su cara, le veía mucho más gordo, mucho menos Beckett, sin la mirada aprendida.

Se extrañó mi amigo Fran de que no preguntara nada a Buster Beckett. Mi grado de excitación no se degradó, sin embargo, y éste fue el detalle que más me impresionó del sueño. Como si lo que realmente me mantuviera literariamente vivo, a mí, no fuera Samuel Beckett directamente, sino un Sam recordado por mí, lateral, inescrutado más que inescrutable.

La pátina ocre del fuego aguarda acrisolada en mi cabeza. No llegará Godot, porque el ámbito poético de Sam es tan excesivo que su solo recuerdo me parece suficiente: tanto, que ni siquiera querría sustituirlo por su directo. Anoche tuve mi último sueño como humano propiamente dicho.

domingo, mayo 14, 2006

La soga

Anoche soñé que se acababa mi cabeza. Me recuerdo entre amigos, reclinado, con las rodillas en el pecho y la cabeza sobre un cojín del sillón, donde mis conocidas y conocidos hacían qué sé yo. Estaba yo ajeno al ruido mundanal, y la sangre me subía a la cabeza.

Cuando quise levantar los ojos, sufrí el lógico mareo de la vuelta de la sangre a zonas más meridionales. Pero pronto descubrí que sentía un dolor intenso, insufrible, membranoso. Tenía una jaqueca de aúpa, pensé. Pero no era eso.

Me puse las manos en el cráneo y noté una vena que me quedaba colgando. Lo terrible es que era gruesa como una soga, y me precipitó a pensar que aquello era el fin de algo, de mí quizá. Una enfermedad del cerebro.

Inmediatamente me puse de pie. Estaba muy asustado. La vena 'volvió' a su sitio, pero la notaba horriblemente suelta. Si sacudía la cabeza, me golpeaba en las cavidades de mi cráneo. Sabía que, en caso de ponerme bocabajo, la soga sanguínea caería al vacío. Y yo con ella.

Una de las muertes más terribles tienen que venir de un colapso lento de la mente. Si algo me asusta, es tomar consciencia de la pérdida progresiva de capacidad intelectiva, en el tiempo. Yo no soy mucho, ontológicamente. No existo mucho. Es verdad. Soy un animal intelectual; si mi pensamiento se desvanece, estoy muerto.