escalera

lunes, marzo 30, 2009

Amores indios

Él salió con velocidad dejando las ragas de su moto por la Delhi antigua, buscando nuevas salidas a las calles revueltas y humilladas de la India, anhelando un corte en el tiempo: llegaba tarde al tren.

Ella leía, por fin con fruición, un libro que le había regalado él. Entredormía, sabía de las vigilias de su tren, otro tren más lejano que la llevaba a Calcuta, a Puri, a Chennai, a Bombay, a cualquier sitio del país imposible.

Él por fin aparcó la moto y se subió en el rickshaw con la mochila. Mientras pensaba en lo que le esperaba en Khajuraho, pensó en lo de ahora y vio que había perdido una menorquina, dónde está, me la había regalado ella, para, para, y vuelta atrás, ahora corriendo descalzo porque caminar solo con una menorquina le habría producido baches en su ritmo de galope, galope, alpargata perdida, salidas a las calles humilladas, y el tren que se va a ir sin mí pero la menorquina...

Ella llegó a Calcuta o a Puri o a Chennai o a Bombay y se bajó del tren. La mente ya entraba en el diverso trajín de la realidad, todavía emborronada por las palabras y el Caribe, por El amor en los tiempos del cólera en edición antigua, pero lo indio entraba y salía de sus ojos, con el libro, sin el libro... que se había quedado en el tren.

Y él que corre ya sin esperanza, consciente de las curvas tomadas, del tiempo perdido, de las motos y los camiones y las bicicletas con trayectorias erráticas imposibles de reconstruir.

Y ella que tres horas después se da cuenta y vuelve a la estación de ferrocarriles en un esfuerzo inútil, porque el libro seguramente estará ahora en Calcuta o en Puri o en Chennai o en Bombay pero no donde está ella.

Pero todo vuelve al inicio porque la menorquina está de regreso, entre dos piedras, ahora entre sus dos manos, una de las cuales para a otro rickshaw para llegar a meta, a un diverso fin de semana; y también porque en la estación de trenes de Calcuta o de Puri o de Chennai o de Bombay un bengalí intenta leer una novela de García Márquez que le gusta mucho pero que no puede entender porque esta en su idioma original; ella se lo arrebata de las manos dando las gracias.

Y así los dos, lejos de la capital de España, donde se conocieron, llegaron al entendimiento de sus pérdidas, al loto de la expresión mutua, porque la India les había devuelto aquello que ellos, con justicia, habían perdido.

martes, marzo 03, 2009

Motín en el alma


Mi último viaje me ha llevado a las dos Bengalas.

En Calcuta, por fin, asistí a la boda de mi amigo y poeta Subhro Bandyopadhyay. Aquí tenéis su historia por si os interesa, aunque en la entrevista esté mal escrito su nombre. La ceremonia nupcial, de carácter laico, tuvo lugar en un céntrico lugar de Calcuta y careció de pompa religiosa, algo desalentador para un occidental viviendo en la India, siempre ávido en estas ocasiones de mantras, bailes y ungimientos. El novio llegó más de una hora tarde con toda su comitiva, algo que pasó desapercibido, ya que el funcionario que les debía casar se tomó otras dos horas. El segundo tramo de la boda consistió en un sencillo y agotador banquete en el pueblo de Subhro, Baripur, situado en las afueras de Calcuta. La casa de Subhro es un lugar ideal para leer y escribir: nada se escucha desde su terraza; sólo el lento despliegue de páginas y los gritos de los niños jugando a críquet. Diferente fue el banquete, de más de cinco horas, durante las cuales los novios recibían en la puerta a los invitados e iban esperando a que éstos cenaran en interminables tandas. Yo me vi envuelto, como siempre, en ese vaporoso tejido social que es la interacción humana india en este tipo de eventos: muchas primeras preguntas (de dónde eres, estás casado) e interrupciones y profundización imposible más tarde. Un proceso comunicativo tantálico, en fin. La última noche la pasé en casa de la novia, en el sur de Calcuta. Los padres de ella me conocen bien. Me desperté por la mañana y el suegro de Subhro, un señor de respetable lunghi y conversación divertida, inició su bombardeo de preguntas. Mi vuelo a Dacca (capital de Bangladesh) salía en tres horas. Tras varias invocaciones a Maradona -hay que jugar como él, la mete por la escuadra- el padre me dijo: "Bueno, aparte de este jol pore pata nore -el primer poema de Tagore, que él mismo me enseñó y repito para satisfacerle- tendrás que aprender bengalí, ¿no?". Y ya todo eran risas, el vuelo me esperaba y todo eran risas, y me decía, serás profesor, y yo decía, no, yo quiero continuar trabajando como periodista, y tus padres estarán muy contentos, pero mis padres ya están contentos, y cuando entres en clase todos los alumnos te dirán: "Good morning, sir!". Y repetía, good morning sir, good morning sir, hasta que salí en taxi hacia el aeropuerto con la mañana inconsciente sobre mí.

Si en Bengala Occidental (India) pasé los días en introspección y lectura, en Bangladesh todo fue un salir de mí. Mi anfitrión fue esta vez Obayed Akash, redactor jefe de la sección de Cultura de un diario local y director de una revista literaria que me publicó un poema hace un año. Entré en su despacho diminuto y cochambroso, lleno de cajas que decían 'poesía' o 'suplemento'. Empezamos a fumar. Bajito, delgado y con gafas de pasta, Obayed es un señor divorciado de casi 40 años que aparenta muchos menos.

Nos vamos al "club de reporteros" de Dacca, donde todos comían en mesas desangeladas y en un escenario de mugre el acostumbrado arroz y pescado con curry que tan malos ratos de estómago me hizo pasar. Luego nos subimos a uno de los coloridos triciclos de Dacca para llegar a la excesiva Feria del Libro. En el puesto de revistas de poesía, Akash o "Cielo" departe, fuma, me presenta a gentes -todos poetas emergentes o veteranos, todos con un libro en la mano, todos buscando a otros poetas emergentes o veteranos con libros en la mano- y me habla de sus obras, entre las que hay títulos en bengalí como Cómo construir un infierno. No quepo: la densidad de población es incluso desmesurada para estándares indios. Hay una locura general sobre el libro y la lengua cotejable a la de la otra Bengala, a pesar de estar las dos sumidas en la extrema pobreza, sobre todo la parte musulmana. Un desgarbado hombre mayor, que ha dejado de escribir hace ya años, me instruye sobre los nuevos rumbos de la literatura en bengalí, sobre la insistencia de los islamistas en que los bangladeshíes construyan otro marco literario, separado del de la Bengala india; es una locura, dice el Bartleby de Dacca: la lengua nos lleva por el mismo camino. Del resto de conversaciones salen muchas de las puntas de lanza de lo moderno occidental -Pound, T.S. Eliot, Juan Ramón, Buñuel, Truffaut- y lo bengalí -Tagore, Jibanananda Das-, además de reiterados lamentos sobre el declive de la cultura de las Bengalas, una saudade que nosotros venimos celebrando desde finales del siglo XIX, empujados por Viena, la crisis del lenguaje y la angustia metafísica de entender un mundo imposible.

Y un día después me sorprende un motín de la guardia de fronteras de Bangladesh en su cuartel general, que podría haber acabado en una carnicería si el Ejército hubiera usado la fuerza. En los alrededores del cuartel todo es un poco como en los atentados de Bombay: los pobres esperan con estupor a que la política, los terroristas o lo que sea que esté pasando en ese espacio se organice para que todo vuelva a la mísera normalidad.

Pero cuando vuelvo a Delhi encuentro en mí otro motín, más íntimo y arriesgado, con exigencias inocentes o valientes, según qué otra parte de mi ser la evalúe. Me desdoblo para defenderme y la sensibilidad rebelde, el espíritu de revueltas, me piden un diferente estado lírico para mi yo general. La exigencia es que me enfunde el uniforme del poeta y me dedique a sus labores: decidir qué se desprende del pulso de las tardes soñolientas, especular sobre qué mensaje secreto se descuelga de la luz, analizar los agravios espirituales de los árboles, leer las palmas de los monos por si hubiera un mapa de otro mundo, bucear entre la idea y la materia para escribir el reverso del mundo este, real, que es el de la poesía, olvidada impune y elegantemente por los motivos razonables que todos conocemos.

miércoles, diciembre 31, 2008

Mis diez mejores libros de 2008

No puedo ocultar mi pasión por las listas y los ránkings, acrecentada en el caso del espacio literario. Pero una fría y numerada lista de preferencias nunca puede referirse con exactitud a las diversas experiencias lectoras y los placeres que proporcionan las aristas giradas de la poesía, la novela, el ensayo, el teatro... Sólo bromeaba. A tomar viento con las toxinas relativistas que pueblan nuestros tiempos. Se acaba ya 2008 aquí en Nueva Delhi, ciudad abandonada por los delhíes, que se van a las playas de Goa, y por los extranjeros, que se comen los turrones en sus respectivos países: y quisiera compartir con vosotros los libros que más honda huella me han dejado en los últimos doce meses.



1. El Kafka rumano

Max Blecher: Cuerpo transparente. Barcelona: Ediciones de la Rosa Cúbica, 2008.

Minúscula y exquisita edición, una vez más, de Rosa Cúbica, la editorial de mi maestro, Alfonso Alegre Heitzmann. Blecher (1909-1938) es un desconocido escritor rumano, autor de tres novelas. Cuerpo transparente es su único libro de poemas y no se había publicado como obra autónoma desde su primera edición. Es también la primera vez que ve la luz fuera de Rumanía.

Hacía tiempo que no encontraba algo tan próximo a mi sensibilidad: sueños plásticos que habitan en palabras de valiente fantasía; construcción surrealista y verosímil del mundo poético -¿o es otro más real?-; juego sostenido de materia y espíritu. Sus diez últimos años de calvario -la tuberculosis ósea que sufría acabó con él a los 29 años- no le impidió recordarnos con este incomprensiblemente bello libro algo obvio que, sin embargo, cada vez está siendo más discutido: el valor intrínseco de la literatura, muelle de la vida. La poesía transforma el mundo, la persona y la máscara. Cuerpo transparente me arriesgó hacia el amor y la escritura.


2. Las piedras de la India

Octavio Paz: Ladera este. Hacia el comienzo. Blanco. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1998.

Lo releí hasta la saciedad. Soy de la opinión -junto a muchos otros- de que Paz alcanza su plenitud poética durante su etapa en la India. Durante la década de 1960 actuó como embajador de México en Nueva Delhi, pero movió con destreza el árbol adentro de la poesía. Este libro no se puede leer sin su imprescindible El mono gramático, largo poema, trasvase de paisajes de aquí y allá de amplia sensualidad. De Paz admiro el ensamblaje de la erudición en la palabra poética. Poemas como El balcón despiertan en mí mucho más, porque señalan las heridas de Delhi, mi actual ciudad de acogida. Su mirada me hace muchas influencias. Ya sólo puedo ver la India como él: un círculo caótico de abigarrados templos hindúes y geometrías islámicas que buscan sentido.


3. Entrando en el misterio

Rabindranath Tagore: Selected Poems. Trad.: William Radice. Nueva Delhi: Penguin Books India, 1995.

El impenetrable Tagore. Por cierto, ya he decidido centrar mi tesis de Literatura Comparada. El tema es la escritura última y la pintura de Tagore (flechas: la confianza en la palabra, la conciencia lingüística, la modernidad india).

Este denso libro -para mí lo fue, porque fui a los detalles en el análisis o a buscar los referentes en bengalí, algo verdaderamente frustrante- es una excelente selección que obedece más a la intención de dar una idea global de la obra de Rabindranath que estrictamente a criterios estéticos. Cioè: poemas que muestran tendencias, épocas, cambios. ¡Ah! Nunca se puede llegar a Tagore. Sorprende la variedad métrica, la temperatura de su imaginación. Y su conciencia lingüística y poética.


4. Alimento moderno

Valeriano Bozal (ed.): Historia de las ideas estéticas y de las teorías artísticas contemporáneas (vol. I y II). Madrid: La balsa de la medusa, 2004.

Mi gran esfuerzo lector de 2008: dos largos volúmenes. Fue un regalo del llamado grupo 02 barcelonés: Garmor, Joan Pau y Judith. La idea fue de Joan Pau, el esteta de Sant Boi. Auténtico banquete para los interesados en la teoría literaria y la idea de la modernidad. Repaso de algunas de las mentes que más nos han interesado desde la Universidad por su potencia e influencia: Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger... Paseo académico por los romanticismos alemán, francés, inglés. Obra que alimenta bases intelectuales de reflexión, ideal para citar en nuestras imaginativas reuniones para siempre perdidas en los cafés de Barcelona. Os echo de menos, amigos.


5. Herencia iluminada

George Steiner: La idea de Europa. Madrid: Siruela, 2007.

Otro libro para mi nostalgia, esta vez del último gran humanista en vida, por encima de Umberto Eco. Como ya comentamos, Steiner dice cuatro cosas, por ejemplo, de lo que es Europa y no es el resto del mundo: el café (discusión de tratados de fenomenología incluida, dice), la geografía dominada y caminable, la mirada historicista al pasado y la herencia griega y judía. Tan discutible como hermoso. Qué musculatura literaria, qué alumbrada erudición. Lo compré en Madrid, justo antes de visitar la sede de Efe. Devoré pronto el diminuto libro: más largo fue su poso, que ganó aún más gravidez con la lectura de sus ensayos reunidos en Pasión intacta. Nadie más explícito en su fe por la creación de sentido. Nuestro hermeneuta de referencia puede ser rebatido, pero es nuestro líder espiritual: se le debe seguir con religiosidad.

6. Los movimientos de palabras de aquí

Vinay Dharwadker y A.K. Ramanujan (ed.): Modern Indian Poetry. Nueva Delhi: Oxford University Press, 2002.

Magistral y breve introducción a la poesía contemporánea india. El prólogo traza un interesante panorama que me ha servido de preámbulo para abrir boca (¿me atreveré algún día con la mastodóntica Historia de la Literatura de la Academia India?) y meterme en contexto. Movimientos modernos y antimodernos, romanticismos, vanguardias, nueva poesía, regreso al pasado, a la lírica devocional. Algunos poemas bellos, sí, pero sobre todo descubrimiento de puertas. Nunca deja de impresionar el esfuerzo que supone una obra así (¿antología de poesía europea moderna?) en el país con una tradición de Literatura Comparada menos examinada. Traducciones del hindi, bengalí, kanada, tamil, marati, gujarati...

7. La otra Atlántida

Rabindranath Tagore: Shesh Lekha (Last Poems). Trad.: Pritish Nandy. Nueva Delhi: Rupa, 2002.

Le he dado mucho la brasa a mi amigo Subhro Bandyopadhyay con que me quiero comprar la poesía última de Tagore entera, o sea, su Lírica de una Atlántida (Juan Ramón Jiménez). La verdad es que es una delicia pedirle a un bengalí que te busque la Atlántida de Tagore y te entienda.

Vuelve Tagore en sus últimos versos a la sencillez: avanza en su profundidad lírica y en su fe poética justo cuando se avecina la muerte. Los "alfabetos de sangre" estampados en el cielo, la "diosa del lenguaje" moviendo el mundo: la poesía es el centro giratorio de todo. Comulgamos en ti, Sol de Bengala.


8. Buscando a una loca en la selva

Italo Calvino: Il barone rampante. Turín: Einaudi, 1966.

Abusa Calvino del tropo del hombre-mono que decide vivir entre los árboles para escapar de la civilización, ¿pero quién soy yo para discutírselo? Bella novela, de una estructura narrativa sencilla pero con pasajes de ensoñación y sueño: yo también quiero ser rebelde y amar silvestremente. Espectacular final, excesivo para mi gusto, casi cinematográfico: este año lo reviví cuando leí la noticia del cura que escapó para siempre con globos de fiesta. Me lo regaló Sol, y fue inevitable verla reflejada en Viola, la loca que se mece en un columpio y trastoca el 'estado de cosas', como le gusta decir a ella. ¿A quién?


9. Historia con pretensiones científicas

Stephen Philip Cohen: The Idea of Pakistan. Nueva Delhi: Oxford University Press, 2006.

Tiene gracia que sea un judío quien escriba el que yo creo que es el mejor libro sobre Pakistán. Le llevó 44 años elaborarlo, dice en sus primeras líneas. Esto ya me enamoró. Repaso de la historia militar, política y económica de Pakistán. Lo leí mientras estaba en Islamabad para cubrir la muerte de Bhutto y sólo guardo buenos y precisos recuerdos de él. Recomendado para interesados en la materia.


10. El desencanto irlandés

James Joyce: Dubliners. Nueva York: Bantam Classic, 2005.

Decidí darle una oportunidad a alguna obra otra de Joyce, porque Ulises es infumable y no hay quien se lo lea. Me sorprendió esta cadena de cuentos que crece en catástrofe y exactitud. Magistral técnica narrativa, sobre todo en las ocultaciones de sentido.

sábado, diciembre 27, 2008

Sobre Bombay

Os cuelgo esta entrevista que me hicieron en Radio Exterior sobre los atentados de Bombay. Se halla hacia la mitad del archivo sonoro y dura unos diez minutos.

jueves, diciembre 25, 2008

Sueño en Calcuta

Sueño con una mujer. No tiene nombre. Es rubia y baja: se ha ido aproximando a mí desde hace semanas con una lenta seguridad. Estamos en un sofá y toma mi mano, me besa, pero llega más gente y sólo me abraza discretamente: todo su comportamiento me parece excelente y laborioso. Le pregunto insistentemente si entiende lo que digo, cosa absurda, ya que ella es al fin y al cabo una creación de mi mente, y sí, entiende todo de mí. Pero yo esto no lo sé, porque es un sueño, y mis esferas se engañan en este juego de cruces. Nos sentamos en un banco perdido en la montaña. Por primera vez reconozco el paisaje: es la costa de Granada. S. llega entonces con un amigo y se sienta a nuestro lado.

Mi creación rubia se aproxima a mí lo suficiente como para dar a entender los lazos que nos unen, pero con una elegancia imprescindible para no despertar incomodidades. S. mira. No consigo descifrar si está celosa o indiferente. Empieza a hablar sobre lo que ha hecho por la mañana, aunque no sé si se dirige a mí o a su amigo. Parece hablar para nadie.

La siguiente escena que recuerdo es en el molino del pueblo. Estoy hablando con el abuelo de S. Se parece mucho al mío y se lo hago saber. Me dice que a veces escribe artículos en el diario El Mundo con el pseudónimo Simon & Garfunkel. Voy corriendo hacia S., que está allí, claro, y le pregunto por qué no me había hecho antes tan importante revelación. Empiezo ahora a hablar con la abuela de S., que me dice que no me preocupe, que ella no pasaba por un buen momento, que no debería... Y me alejo hacia un albergue con la mujer rubia cogida de la mano.

Me despierto. Estoy en Calcuta, como siempre, loco de alegría, porque es mi ciudad favorita. Compro el periódico, que cuesta menos de una rupia. Me detengo en una librería y me doy cuenta de que todavía sigo agrupando el mundo en dos conjuntos: los artículos que podrían gustarle a S. y los que me gustan a mí. El condicional que acompaña al primer grupo es descorazonador, símbolo de la imposible comunicación humana. Encuentro un catálogo de arte indio e italiano. No lo compro porque está lleno de mentiras. Y sigo caminando, con los libros de Tagore en la bolsa rota, temeroso de perder dinero y libretas, con el curta amenazando con hacerme más delgado, con los ojos como murciélagos llenos de ilusión por un futuro de vida y poesía. Pienso en mi educación emocional, que debe seguir grandes principios: el de la inocencia y el lanzamiento; el del arco y el disparo; el del atemperamiento de la mente, encargada de tamizar los sentimientos y cargarlos con la materia del mundo. Pero parece imposible serme: y mi escritura se resiente.

domingo, diciembre 07, 2008

La India sigue

Creo que la primera vez que me puse a triangular en el precioso topónimo 'Bombay' fue con una famosa canción de Mecano. Tenía quince años. La letra me evoca todavía hoy de modo extraño, como todo lo que toca alguna tecla de nuestro pasado infantil o adolescente. Desde que vivo en la India, he visitado el corazón financiero del país varias veces, aunque no considero Bombay la mejor ciudad india, honor que pertenece sin duda a Calcuta. La primera vez que fui, en pleno y salvaje monzón, los indios se tiraban al mar Arábigo desde la Puerta de la India con luminosa inconsciencia, e incluso pude asistir con mis amigos a una operación de rescate de un avezado nadador que socorrió a uno de los patos indios superado por las aguas bravas.

Pero en el mismo sitio, tras el asalto terrorista a la lengua peninsular sureña de esta enorme y evocadora ciudad, la gente por una vez no miraba al mar, sino tierra adentro: al hotel Taj Mahal, uno de los edificios tomados por los terroristas. No importaba la explosión de granadas y los disparos, porque el indio, curioso y temeroso, se acercaba todo lo que podía al lugar, lo cual es decir mucho, porque en la India la correspondencia entre la palabra 'cordón policial' y su referente real es nula. Por eso estamos hablando siempre de la crisis del lenguaje, ¿no?

La versión de Nueva Delhi ya es conocida: un comando terrorista formado por diez hombres armados con rifles, granadas y RDX -detalle importante: explosivos militares- parte en un buque desde la ciudad portuaria de Karachi (la Bombay paquistaní, si queréis), llega a aguas indias, asalta un pesquero, desembarca cerca de una estación de taxis y asalta dos hoteles y un centro cultural judío; ataca la preciosa estación de trenes de Victoria, bares, restaurantes y hospitales. Mueren 188 personas. Las fuerzas de elite (precariamente equipadas, aunque en un elegante negro) llegan al lugar un día después de que empiece la crisis, que acaba dos días después. Tres jornadas de pesadilla o, más bien, de insomnio. Porque nadie durmió en Bombay: los periodistas nos dábamos relevos, los jefes policiales enseñaban sus ojeras en la televisión, el embajador español, Ion de la Riva, se tiraba un rato en el sillón de un hotel donde se 'refugiaban' los españoles. Fuera del Oberoi y el Taj, los hoteles de lujo atacados, ojos cansados y tristes esperaban la liberación de sus familiares, atrapados en habitaciones o tomados como rehenes por un puñado de terroristas hasta las cejas de anfetaminas. Si el 11-S fue una obra maestra del romanticismo terrorista (colapso espectacular del centro financiero mundial televisado en directo, golpeo del corazón militar de EEUU -¿cuándo sabremos lo que pasó en el Pentágono?-, muerte de miles de personas), con el 26-N de Bombay el terrorismo internacional avanza hacia sus vanguardias: añade el lujo hotelero a su gusto por los núcleos financieros, incorpora el asalto guerrillero, recupera los secuestros. Se prolonga el ataque y neurotiza así más al pueblo. Los terroristas venden su piel cara durante tres días (pensaban incluso en volver a Karachi, se dice) y son más despiadados que nunca: matan a más de 50 personas -muchos de ellos musulmanes- en una estación de trenes en la que sólo había pobres sentados en el andén, esperando como siempre con cachaza a su ferrocarril imposible mientras compartían comida.

En Nueva York consiguieron que lo importante del 11-S no fuera aquel día, sino su continuación: Afganistán e Irak. Y lo que tiene que intentar ahora la India es que no suceda lo mismo aquí. No sé hasta qué punto era consciente de sus palabras el nuevo ministro de Interior, P. Chidambaram, cuando dijo que el asalto terrorista fue un ataque "a la idea de India". Sí: a vuestra extraña y espontánea tolerancia religiosa, a vuestro experimento colosal de federalismo lingüístico ne(h)rudiano, a vuestro intento de paz con Pakistán, que es más intento por el lado de ellos que por el vuestro, por cierto. Es coherente que un grupo islamista del sur de Asia con base en Pakistán sea el responsable de los ataques; también lo es que una organización terrorista internacional golpee el país con una minoría musulmana más importante. Ya hemos visto aquí matanzas de sijs, cristianos y, sobre todo, musulmanes (Gujarat, 2002). Y no queremos ver más: no queremos que los actos terroristas y la violencia incitada por extremistas hindúes e islámicos destruya la inconsciente tolerancia de la India.

India: tú te convives, nadie te quita el sueño, duermes cuando quieres aunque el mundo se acabe. La arquitectura mogol de Humayun y Lodi que recorro cada día en moto es del mismo cordón que la gran carroza templaria del Sol de Orissa, que las dravídicas torres del sur, que la tumba sufí de Nisamudín. Te critican por no analizarte: ¿qué culpa tienes tú de no saber ordenarte y extraer conclusiones? Estás hecha en el método poético: tierra de sintaxis girada, infinita y débil. Alguien te quiere disponer de otra manera: ponerte en guerra con tus vecinos, rebatir tu estructura, llevarte al ensayo hinduista. Pero tú sólo estás cómoda en el verso y la desatención: sólo le pides a tus residentes que hagan el amor bajo el ventilador.

sábado, noviembre 29, 2008

Bombay

Cuando vuelva a Delhi os cuento lo de Bombay.

viernes, octubre 03, 2008

Límites desdibujados

Delhi, dos sílabas altas, en voz baja las digo, me repetía pensando en El balcón, poema de Octavio Paz, cuando aterricé en la India tras pasar dos semanas en España. Me encendí un cigarrillo y ya mis ojos soñolientos, pájaros cansados, miraban el exterior con ánimo de tranquila unión y la acostumbrada melancolía por una India que siempre está pero no está.

En El Prat (Barcelona), paseé por los lugares de la infancia, vacíos hoy de juegos y niños. Recuerdo que nosotros lo poníamos todo: jugábamos a fútbol hasta partirnos las piernas: podían desarrollarse a la vez cuatro partidos en un mismo terreno y ello no hacía más que aumentar la ya gigante mano del azar. Pero en quince años el espacio se ha transformado: los descampados han desaparecido y otros parques se han reconvertido a lo posmoderno para dar la espalda a la infancia y lugar a las terrazas de los bares.

Mientras miro el pinar frente a una valla de metal en mi antiguo colegio, donde una pelota de tenis o de papel de aluminio servía para batirse en un todos contra todos, me pregunto por la trayectoria de mi ingenuidad, acaso perdida.

Y barrunto y la encuentro en mi centro: lo que escribo me parecen cuerdas de fantasía, me doy cuenta de que en mis amistades y amores busco continuamente espacios de juego lírico, de boxeo emocional.

La India, la inespecífica concreta, amplía mis lindes. La materia me parece reconcentrada. Voy con un amigo en moto a un mercado de Delhi, posible objetivo de nuevos atentados, y conviene en una tienda que le vengan a arreglar el sofá en una semana. Los tipos ponen cara de que siete días les parecen ciencia ficción. Se lo hago notar a Dimitri y se ríe, damos vueltas al mercado y pensamos en juegos futuros. La realidad me parece cercenada de perspectiva, o quizá amorrada a un cuarto tiempo que sólo intuyo en la poesía, que cada vez me parece más todo, más centro de la regeneración continua del mundo.

Los indios permanecen en su presente continuo. Si una de las características principales del individuo occidental es su proyección hacia el pasado y el futuro, a partir de la cual se configura el presente, el indio me parece un ancla en la tierra de hoy, quizá no consciente pero sí de acuerdo con que los otros tiempos son inasibles y borrosos, inasequibles a los límites.

Hasta ahora pensaba que estaba huyendo de todo, cosa que he creído hacer siempre en mi vida. Ahora, cuando me revuelco en la hierba de Nisamudín mientras intento leer a Tagore, cuando compruebo que no sólo yo tengo intención sobre los árboles sino que lo verde también quiere venir a mí, me replanteo mis coordenadas. Pienso que he perdido el norte, y que voy hacia el este, en busca de mi natural orientación: la escritura del tiempo no dibujado.

miércoles, agosto 20, 2008

Desprendimiento

No he contado nada de mi reciente visita a Santiniketan, donde se aloja la Universidad Visva-Bharati, fundada por Tagore. Visva-Bharati, Mundo-India: ya en el nombre del centro encontramos ese diálogo entre lo local y lo universal, constante en su obra. Encontramos su ímprobo esfuerzo por llevar la India al mundo sin ceder a la ilusión de un internacionalismo homogeneizador que anule la identidad particular. Amarrado al bengalí -idioma que normalizó, cambió, elevó-, Tagore se arriesgó hacia Occidente temerariamente, sin pavor al desentendimento, o quizá consciente de que era necesario ese fracaso comunicativo, ese doloroso rotular de las almas de aquí y de allí, para que algún día aparezca el gran lazo blanco, elástico en la diferencia Oriente-Occidente y firme en su textura humana. Algo que hoy no existe.

La experiencia fue algo desigual. Desazón por el descuido y el abandono central; circulación libre de la mente en los recodos, donde siempre se encuentran las cosas de la poesía.

Conocí allí a un grupo de poetas bengalíes. Nos fuimos a tomar un té. El que me hizo de anfitrión era un poeta joven que había insistido más en el inglés y en las traducciones que en la creación en su lengua nativa. Con él aparecieron un hombre ya en sus sesenta, con barba profusa y esas gafas grandes y gruesas que tanto gustan a los intelectuales de Bengala. Delgado y eléctrico, me mostraba sus poemas "posmodernos" (efectivamente, lo eran), explicaba los avatares de su grupo poético, su editorial, su revista de poesía. Era el jefe. El último poeta era un joven entrado en carnes, taciturno, reflexivo. Sólo dijo un par de cosas, ambas de mi agrado, no sé si por su brillantez o porque coincidían con mi pensamiento. Habló escuetamente sobre el uso del lenguaje en Tagore y su modernidad.

Me invitaron a su velada poética. Desde mi posada hasta el lugar del encuentro, paseamos por entre árboles y barracas. A cada paso se paraban, señalaban el cielo y me preguntaban cómo se llamaba ese árbol en español, cómo se llamaba ese pájaro en español. No me acuerdo qué mentira les dije. Ellos nombraban el mundo en bengalí y seguían caminando.

Es una sala de unos diez metros cuadrados, con las paredes azules, amarillas, blancas, rojas. Se sientan en la alfombra y me ponen una silla, porque soy extranjero. Yo lo rehúso, me obligan, rehúso, me obligan, etcétera. Llegan hombres y mujeres de todas las edades: en total serían unos quince. Calor excesivo. Mi anfitrión me presenta y se dispone a leer uno de mis poemas, aprovechando que tenía la versión en bengalí. Y tras leerlo todos susurran: "Bhalo, bhalo, bhalo" (Bueno, bueno, bueno). Creo que es una de las veces que un halago ha entrado con más naturalidad en mis adentros. Se me escapaba la risa y la melancolía: los hombres en sus kurtas y sus libros, sus sueños de congresos de poesía y sus discusiones acaloradas. Luego vino cuando mi anfitrión quiso racionalizar los elogios y, en un ejercicio insólito de síntesis del sentimiento general, aseguró: "Apreciamos tus versos, sobre todo por sus imágenes extrañas, tan cercanas a nuestra sensibilidad". ¿De qué comunicación escondida entre ellos sale ese consenso? Todos asentían.

Contenidos al margen, nunca había asistido a una conversación poética tan despreocupada y espontánea, lejos de la pretenciosidad, que parecía emanar de la tierra y no de la levitación intelectual que emprendemos en Occidente para estos quehaceres.

Salgo con mi anfitrión de la sala del fuego. Me lleva a su casa. Me regala libros, me invita a venir de nuevo. Me presenta a su mujer y a su hijo de seis años, que está enfermo. Tiene fiebre. Se ve que ha liado una buena, porque casi no se puede mover pero a su alrededor todo es un huracán de papeles repletos de color y formas. "Le gusta mucho pintar, es muy travieso", me dice. Era el desorden del arte lo que habitaba en la casa, no construido por el poeta adulto, sino por el joven pintor.

Y ya me retiré a mi soledad, a comer el yogur dulce de Bengala ('doi'), a visitar el cauce del río donde Tagore escribía. Después de dos días en los que escribí como nunca y el cerebro me circulaba en peligroso descontrol, noté un cierto desprendimiento, un desapego de los bienes mundanos y de lo que en definitiva es en esencia ahora mi vida. Una indiferencia hacia valores y amores que yo consideraba fundamentales. Sólo permanecía la importancia de la palabra.

Mejor volver a casa.

martes, agosto 05, 2008

Si tú lo fueras todo

Escribo una soledad
y aparece un árbol.
Al árbol le pregunto
si se siente solo,
si se siente escrito, dibujado, crecido,
soleado.
Como no contesta,
escribo un árbol
y le pregunto a la soledad
si ha olvidado su forma de árbol transparente,
la circulación de su sangre negra de burro.

Escribo un árbol y una soledad y me causan una conciencia,
un libro,
una lágrima,
una herida en la frente.

Árbol y soledad coinciden en una gran palma negra
que palmea la tierra
que abanica mis ramas
que se cierra a la luz
que se asombra de sus leyes
que se empieza y se empieza.

Escribo una escalera.
Y vienen todas las voces del universo:
soledades para subir
árboles para subir
palabras para subir
palmas para subir
tierras para subir
besos para subir
luces para subir
leyes para subir
sangres para subir.

En el borde de la escalera
encuentro la mente del sol.
Por aquí han pasado
todos las ideas del mundo
todas las purísimas lenguas
todos los imaginadores de árboles y soledades
todas las sílabas ardientes
todos los hombres con sombrero.

Escribo un amor sin esperanza
pido un solo amor redondo
una espalda
un cielo de hondura
un sueño
una columna de pájaros
un solo sol.

Y todo aparece.
Todo.
Como si la poesía...

lunes, julio 28, 2008

Intuición

Sueño que olvido el arte de escribir. Dibujo algunas palabras sobre el papel y me invade la angustia al comprobar que, esta vez, la gramática no tira sus ocho brazos elásticos sobre el texto para estructurarlo y prepararlo hacia la creación del significado. No tengo el sentimiento de estar perdiendo mis habilidades lingüísticas: me parece más bien que la escritura desaparece, que la posibilidad de comunicación entre la palabra y el mundo se difumina. Pruebo en catalán, en inglés, en italiano. Nadie acude. Tan sólo veo la 'b' bengalí como un pájaro sangriento ব, un triángulo vacío irreductible ব, un sueño dentro de otro sueño buscando salir de ব: arrimo el pensamiento a otros rincones pero siempre ব.

Despierto de la pesadilla. Leo las primeras líneas de 'Espacio' de Juan Ramón y me pregunto sobre la naturaleza nostálgica del texto. Las letras son el recuerdo del momento creativo, del punto temporal en que todo, absolutamente todo, desapareció. Excepto una cosa: la palabra.

Y la peligrosa y falsa idea: a lo mejor la poesía, presentadora del mundo, es la única cosa real.

jueves, julio 17, 2008

Polvo de lenguaje, mas polvo creador

Éste es el noveno poema de Shesh Lekha ('Últimos escritos') de Tagore.


Goddess of language:
I carve your image single minded
in this lonely courtyard.
Lumps of clay
lie scattered:
unfinished, voiceless,
they stare at the vacant
without hope.
At the feet of your proud image
they lie humbled,
not knowing why they are there.
Yet more pitiful than them are those
who had once found form
but as time passed
lost all meaning.
Where were you invited?
They cannot answer.
To build which dream
they bore the debt of dust
and came
to the door of mankind?
From which lost paradise
this portrait of Urvashi
did the poet want to capture
on this mortal canvas?
For this you were called,
kept with care in this gallery of paintings
and then forgotten one day.

The primaveral dust you belong to
with supreme indifference claimed you
in its soundless chariot racing into the unknown.

This is good.
This tired acclaim,
crippled, waste today,
these routine humiliations
dog the steps of time
and interrupt its journey.
Spurned, insulted,
you find peace at last
when you become one with the dust again.

1941

Traducción: Pritish Nandy

miércoles, junio 25, 2008

¿Organizador del juego?

Sueño que juego un partido con la selección italiana. Llevamos la camiseta blanca. Aunque normalmente juego de delantero, me veo en la posición de medio centro organizador, que debo asumir. Intento cortar un par de jugadas del equipo contrario. En un lance del juego, me doy cuenta de que podemos salir al contragolpe. Armo la jugada y ordeno a mis compañeros que se abran a las bandas, porque al correr junto a mí hacen que el otro combinado, que parece la selección española, se cierre en sí y no permita la penetración. No parecen entenderme. Nos roban el balón. Les repito, ahora en italiano, que al atacar tienen que situarse en los flancos para abrir el campo. Me miran extrañados. No sé si tengo potestad sobre ellos o no. No sé si creen que mis ideas son sensatas. No siento ningún sentimiento de pertenencia al equipo ni fervor contra el otro. Tan sólo me veo arrojado al juego y a cumplir.

Me siento un poco confuso porque no sé si soy importante para el equipo.

domingo, junio 08, 2008

Ceguera

Las retinas de gato enamorado tiradas en el tálamo
como una cuerda de nubes sin sueños,
añorantes de un libro giratorio, de piernas como penínsulas, de lóbulos enhebrados en conchas de mar, de rayos de sol en la pupila.
Ruinas de ojos que ya no bostezan en el barco,
que ruedan por las tumbas de la visión:
el secreto del árbol, los cuervos sordos, tus labios cruzados.

jueves, mayo 29, 2008

El malestar de la lectura

Pienso a menudo en un libro que en su día pasó sin pena ni gloria por mis manos y que me vi obligado a leer con fruición: The Bostoners, de Henry James. Fue durante el año que pasé en la Universidad de California, Santa Bárbara (UCSB). Por cierto, he descubierto que Robindronat Tagor, poeta indio al que estoy dedicando mi tesis de Literatura Comparada, decidió allí, entre las palmeras, crear la Visva Bharati (Santiniquetan), una escuela de libre enseñanza en suelo bengalí, para entendernos. Me reconforta el pensamiento de que en el mismo espacio donde dejaba volar mis ideas -cometas que se perdían por las playas del Pacífico, palabras deseantes en bamboleo con las arenas californianas- Tagor visionaba la Universidad del futuro.

Tuve que leer The Bostoners a toda leche porque al día siguiente tenía examen de literatura norteamericana del siglo XIX. Había disfrutado tanto con el excesivo Whitman y, sobre todo, con la finezza de Dickinson (su poesía era una justificación intelectual del pesimismo: yo estaba convencido del influjo de Schopenhauer, algo por otro lado indemostrable), que tenía mis reservas sobre los placeres que me podía dar James, un autor a priori lejos de mis coordenadas estéticas.

Recuerdo aquella noche de lectura feroz con nostalgia: el remolino de sábanas, el intercambio verbal irregular con mi compañero de habitación, un tibetano que adquirió la ciudadanía estadounidense (¡cuántas preguntas le haría ahora que estoy a un paso del Tíbet!), los viajes a la habitación de al lado (vivía en una especie de comuna con dieciocho personas), donde también estudiaba para el mismo examen un americano de ascendencia irlandesa con el que me había picado. Él sacó un 9; yo un 9,5. Es una de las grandes satisfacciones de mi vida. Supongo que esto no me hace aparecer como una persona muy humilde.

De lo que quiero hablar es de la obligación moral de aquella lectura. ¿Cómo iba a hablar de una novela sin haberla leído? En puridad, era innecesario: cuatro tópicos, contexto, influencias, alguna interpretación excéntrica y casa escobada. Pero me vi moralmente lanzado a su deglución. Era un peñazo de libro. No recuerdo casi nada de la trama, pero ha permanecido en mi mente el estilo realista, la descripción minuciosa, las palabras desnutridas al servicio del insieme de la obra. Sí, sí: me gustó. Más tarde descubrí que el motivo fue la inadvertida exploración de la conciencia subjetiva que se puede leer en la novela. Exquisita y equilibrada prosa que tocaba inadvertidamente uno de los espacios capitales de la modernidad.

Creo que cualquier tipo de texto crítico no puede escribirse sin haber leído la obra a la que se refiere. Lo digo porque he leído una reseña en el suplemento literario del Times sobre un ensayo, Comment parler des livres que l'on n'a pas lus?, de Pierre Bayard, un profesor universitario de literatura francesa que asegura leer muy poco y dar clases sobre autores que nunca ha leído. La no-lectura es un tabú, el acto de leer está sacralizado y a veces más vale no hacerlo porque no te enteras de nada. ¿Cómo se te queda el cuerpo después de leer Así habló Zaratustra de Nietzsche o el Ulises de James Joyce? A mí casi me da un pasmo con el primero.

Estoy de acuerdo con Bayard. ¿Para qué todo este sufrimiento? Una insoportable melancolía se filtra en mí al pensar que no podré leer ni una décima parte de lo que quiero leer (si leo cuatro libros al mes, ¿cuántos leeré en mi vida? ¿Entre 3.000 y 4.000? ¿Cómo me atrevo a tragarme todos los libros de Beckett, Tagor y Juan Ramón, en detrimento de tantos otros?); además, mi capacidad de exégesis de los mismos es, siendo optimistas, muy limitada, y me veo condenado a pensar durante lustros que Musil, por decir un autor que no he leído y que creo que me daría una asegurada satisfacción literaria, es un fenómeno, una tesis que mantengo desde la ignorancia más absoluta de su obra, un hecho degradante intelectualmente.

La cultura, en este caso escrita, aparece como un monstruo terrible de brazos múltiples, como el omnipotente Mahakala. Vamos todos a la pira. La vida es un tostón infumable y la lectura, que para algunos pelagatos es una de sus ramas principales, es una prostituta que no se deja deshojar. Vaya mierda.

Y cuántas ganas de echarse unas risas tiene la gente de ahora.