escalera

sábado, noviembre 29, 2008

Bombay

Cuando vuelva a Delhi os cuento lo de Bombay.

viernes, octubre 03, 2008

Límites desdibujados

Delhi, dos sílabas altas, en voz baja las digo, me repetía pensando en El balcón, poema de Octavio Paz, cuando aterricé en la India tras pasar dos semanas en España. Me encendí un cigarrillo y ya mis ojos soñolientos, pájaros cansados, miraban el exterior con ánimo de tranquila unión y la acostumbrada melancolía por una India que siempre está pero no está.

En El Prat (Barcelona), paseé por los lugares de la infancia, vacíos hoy de juegos y niños. Recuerdo que nosotros lo poníamos todo: jugábamos a fútbol hasta partirnos las piernas: podían desarrollarse a la vez cuatro partidos en un mismo terreno y ello no hacía más que aumentar la ya gigante mano del azar. Pero en quince años el espacio se ha transformado: los descampados han desaparecido y otros parques se han reconvertido a lo posmoderno para dar la espalda a la infancia y lugar a las terrazas de los bares.

Mientras miro el pinar frente a una valla de metal en mi antiguo colegio, donde una pelota de tenis o de papel de aluminio servía para batirse en un todos contra todos, me pregunto por la trayectoria de mi ingenuidad, acaso perdida.

Y barrunto y la encuentro en mi centro: lo que escribo me parecen cuerdas de fantasía, me doy cuenta de que en mis amistades y amores busco continuamente espacios de juego lírico, de boxeo emocional.

La India, la inespecífica concreta, amplía mis lindes. La materia me parece reconcentrada. Voy con un amigo en moto a un mercado de Delhi, posible objetivo de nuevos atentados, y conviene en una tienda que le vengan a arreglar el sofá en una semana. Los tipos ponen cara de que siete días les parecen ciencia ficción. Se lo hago notar a Dimitri y se ríe, damos vueltas al mercado y pensamos en juegos futuros. La realidad me parece cercenada de perspectiva, o quizá amorrada a un cuarto tiempo que sólo intuyo en la poesía, que cada vez me parece más todo, más centro de la regeneración continua del mundo.

Los indios permanecen en su presente continuo. Si una de las características principales del individuo occidental es su proyección hacia el pasado y el futuro, a partir de la cual se configura el presente, el indio me parece un ancla en la tierra de hoy, quizá no consciente pero sí de acuerdo con que los otros tiempos son inasibles y borrosos, inasequibles a los límites.

Hasta ahora pensaba que estaba huyendo de todo, cosa que he creído hacer siempre en mi vida. Ahora, cuando me revuelco en la hierba de Nisamudín mientras intento leer a Tagore, cuando compruebo que no sólo yo tengo intención sobre los árboles sino que lo verde también quiere venir a mí, me replanteo mis coordenadas. Pienso que he perdido el norte, y que voy hacia el este, en busca de mi natural orientación: la escritura del tiempo no dibujado.

miércoles, agosto 20, 2008

Desprendimiento

No he contado nada de mi reciente visita a Santiniketan, donde se aloja la Universidad Visva-Bharati, fundada por Tagore. Visva-Bharati, Mundo-India: ya en el nombre del centro encontramos ese diálogo entre lo local y lo universal, constante en su obra. Encontramos su ímprobo esfuerzo por llevar la India al mundo sin ceder a la ilusión de un internacionalismo homogeneizador que anule la identidad particular. Amarrado al bengalí -idioma que normalizó, cambió, elevó-, Tagore se arriesgó hacia Occidente temerariamente, sin pavor al desentendimento, o quizá consciente de que era necesario ese fracaso comunicativo, ese doloroso rotular de las almas de aquí y de allí, para que algún día aparezca el gran lazo blanco, elástico en la diferencia Oriente-Occidente y firme en su textura humana. Algo que hoy no existe.

La experiencia fue algo desigual. Desazón por el descuido y el abandono central; circulación libre de la mente en los recodos, donde siempre se encuentran las cosas de la poesía.

Conocí allí a un grupo de poetas bengalíes. Nos fuimos a tomar un té. El que me hizo de anfitrión era un poeta joven que había insistido más en el inglés y en las traducciones que en la creación en su lengua nativa. Con él aparecieron un hombre ya en sus sesenta, con barba profusa y esas gafas grandes y gruesas que tanto gustan a los intelectuales de Bengala. Delgado y eléctrico, me mostraba sus poemas "posmodernos" (efectivamente, lo eran), explicaba los avatares de su grupo poético, su editorial, su revista de poesía. Era el jefe. El último poeta era un joven entrado en carnes, taciturno, reflexivo. Sólo dijo un par de cosas, ambas de mi agrado, no sé si por su brillantez o porque coincidían con mi pensamiento. Habló escuetamente sobre el uso del lenguaje en Tagore y su modernidad.

Me invitaron a su velada poética. Desde mi posada hasta el lugar del encuentro, paseamos por entre árboles y barracas. A cada paso se paraban, señalaban el cielo y me preguntaban cómo se llamaba ese árbol en español, cómo se llamaba ese pájaro en español. No me acuerdo qué mentira les dije. Ellos nombraban el mundo en bengalí y seguían caminando.

Es una sala de unos diez metros cuadrados, con las paredes azules, amarillas, blancas, rojas. Se sientan en la alfombra y me ponen una silla, porque soy extranjero. Yo lo rehúso, me obligan, rehúso, me obligan, etcétera. Llegan hombres y mujeres de todas las edades: en total serían unos quince. Calor excesivo. Mi anfitrión me presenta y se dispone a leer uno de mis poemas, aprovechando que tenía la versión en bengalí. Y tras leerlo todos susurran: "Bhalo, bhalo, bhalo" (Bueno, bueno, bueno). Creo que es una de las veces que un halago ha entrado con más naturalidad en mis adentros. Se me escapaba la risa y la melancolía: los hombres en sus kurtas y sus libros, sus sueños de congresos de poesía y sus discusiones acaloradas. Luego vino cuando mi anfitrión quiso racionalizar los elogios y, en un ejercicio insólito de síntesis del sentimiento general, aseguró: "Apreciamos tus versos, sobre todo por sus imágenes extrañas, tan cercanas a nuestra sensibilidad". ¿De qué comunicación escondida entre ellos sale ese consenso? Todos asentían.

Contenidos al margen, nunca había asistido a una conversación poética tan despreocupada y espontánea, lejos de la pretenciosidad, que parecía emanar de la tierra y no de la levitación intelectual que emprendemos en Occidente para estos quehaceres.

Salgo con mi anfitrión de la sala del fuego. Me lleva a su casa. Me regala libros, me invita a venir de nuevo. Me presenta a su mujer y a su hijo de seis años, que está enfermo. Tiene fiebre. Se ve que ha liado una buena, porque casi no se puede mover pero a su alrededor todo es un huracán de papeles repletos de color y formas. "Le gusta mucho pintar, es muy travieso", me dice. Era el desorden del arte lo que habitaba en la casa, no construido por el poeta adulto, sino por el joven pintor.

Y ya me retiré a mi soledad, a comer el yogur dulce de Bengala ('doi'), a visitar el cauce del río donde Tagore escribía. Después de dos días en los que escribí como nunca y el cerebro me circulaba en peligroso descontrol, noté un cierto desprendimiento, un desapego de los bienes mundanos y de lo que en definitiva es en esencia ahora mi vida. Una indiferencia hacia valores y amores que yo consideraba fundamentales. Sólo permanecía la importancia de la palabra.

Mejor volver a casa.

martes, agosto 05, 2008

Si tú lo fueras todo

Escribo una soledad
y aparece un árbol.
Al árbol le pregunto
si se siente solo,
si se siente escrito, dibujado, crecido,
soleado.
Como no contesta,
escribo un árbol
y le pregunto a la soledad
si ha olvidado su forma de árbol transparente,
la circulación de su sangre negra de burro.

Escribo un árbol y una soledad y me causan una conciencia,
un libro,
una lágrima,
una herida en la frente.

Árbol y soledad coinciden en una gran palma negra
que palmea la tierra
que abanica mis ramas
que se cierra a la luz
que se asombra de sus leyes
que se empieza y se empieza.

Escribo una escalera.
Y vienen todas las voces del universo:
soledades para subir
árboles para subir
palabras para subir
palmas para subir
tierras para subir
besos para subir
luces para subir
leyes para subir
sangres para subir.

En el borde de la escalera
encuentro la mente del sol.
Por aquí han pasado
todos las ideas del mundo
todas las purísimas lenguas
todos los imaginadores de árboles y soledades
todas las sílabas ardientes
todos los hombres con sombrero.

Escribo un amor sin esperanza
pido un solo amor redondo
una espalda
un cielo de hondura
un sueño
una columna de pájaros
un solo sol.

Y todo aparece.
Todo.
Como si la poesía...

lunes, julio 28, 2008

Intuición

Sueño que olvido el arte de escribir. Dibujo algunas palabras sobre el papel y me invade la angustia al comprobar que, esta vez, la gramática no tira sus ocho brazos elásticos sobre el texto para estructurarlo y prepararlo hacia la creación del significado. No tengo el sentimiento de estar perdiendo mis habilidades lingüísticas: me parece más bien que la escritura desaparece, que la posibilidad de comunicación entre la palabra y el mundo se difumina. Pruebo en catalán, en inglés, en italiano. Nadie acude. Tan sólo veo la 'b' bengalí como un pájaro sangriento ব, un triángulo vacío irreductible ব, un sueño dentro de otro sueño buscando salir de ব: arrimo el pensamiento a otros rincones pero siempre ব.

Despierto de la pesadilla. Leo las primeras líneas de 'Espacio' de Juan Ramón y me pregunto sobre la naturaleza nostálgica del texto. Las letras son el recuerdo del momento creativo, del punto temporal en que todo, absolutamente todo, desapareció. Excepto una cosa: la palabra.

Y la peligrosa y falsa idea: a lo mejor la poesía, presentadora del mundo, es la única cosa real.

jueves, julio 17, 2008

Polvo de lenguaje, mas polvo creador

Éste es el noveno poema de Shesh Lekha ('Últimos escritos') de Tagore.


Goddess of language:
I carve your image single minded
in this lonely courtyard.
Lumps of clay
lie scattered:
unfinished, voiceless,
they stare at the vacant
without hope.
At the feet of your proud image
they lie humbled,
not knowing why they are there.
Yet more pitiful than them are those
who had once found form
but as time passed
lost all meaning.
Where were you invited?
They cannot answer.
To build which dream
they bore the debt of dust
and came
to the door of mankind?
From which lost paradise
this portrait of Urvashi
did the poet want to capture
on this mortal canvas?
For this you were called,
kept with care in this gallery of paintings
and then forgotten one day.

The primaveral dust you belong to
with supreme indifference claimed you
in its soundless chariot racing into the unknown.

This is good.
This tired acclaim,
crippled, waste today,
these routine humiliations
dog the steps of time
and interrupt its journey.
Spurned, insulted,
you find peace at last
when you become one with the dust again.

1941

Traducción: Pritish Nandy

miércoles, junio 25, 2008

¿Organizador del juego?

Sueño que juego un partido con la selección italiana. Llevamos la camiseta blanca. Aunque normalmente juego de delantero, me veo en la posición de medio centro organizador, que debo asumir. Intento cortar un par de jugadas del equipo contrario. En un lance del juego, me doy cuenta de que podemos salir al contragolpe. Armo la jugada y ordeno a mis compañeros que se abran a las bandas, porque al correr junto a mí hacen que el otro combinado, que parece la selección española, se cierre en sí y no permita la penetración. No parecen entenderme. Nos roban el balón. Les repito, ahora en italiano, que al atacar tienen que situarse en los flancos para abrir el campo. Me miran extrañados. No sé si tengo potestad sobre ellos o no. No sé si creen que mis ideas son sensatas. No siento ningún sentimiento de pertenencia al equipo ni fervor contra el otro. Tan sólo me veo arrojado al juego y a cumplir.

Me siento un poco confuso porque no sé si soy importante para el equipo.

domingo, junio 08, 2008

Ceguera

Las retinas de gato enamorado tiradas en el tálamo
como una cuerda de nubes sin sueños,
añorantes de un libro giratorio, de piernas como penínsulas, de lóbulos enhebrados en conchas de mar, de rayos de sol en la pupila.
Ruinas de ojos que ya no bostezan en el barco,
que ruedan por las tumbas de la visión:
el secreto del árbol, los cuervos sordos, tus labios cruzados.

jueves, mayo 29, 2008

El malestar de la lectura

Pienso a menudo en un libro que en su día pasó sin pena ni gloria por mis manos y que me vi obligado a leer con fruición: The Bostoners, de Henry James. Fue durante el año que pasé en la Universidad de California, Santa Bárbara (UCSB). Por cierto, he descubierto que Robindronat Tagor, poeta indio al que estoy dedicando mi tesis de Literatura Comparada, decidió allí, entre las palmeras, crear la Visva Bharati (Santiniquetan), una escuela de libre enseñanza en suelo bengalí, para entendernos. Me reconforta el pensamiento de que en el mismo espacio donde dejaba volar mis ideas -cometas que se perdían por las playas del Pacífico, palabras deseantes en bamboleo con las arenas californianas- Tagor visionaba la Universidad del futuro.

Tuve que leer The Bostoners a toda leche porque al día siguiente tenía examen de literatura norteamericana del siglo XIX. Había disfrutado tanto con el excesivo Whitman y, sobre todo, con la finezza de Dickinson (su poesía era una justificación intelectual del pesimismo: yo estaba convencido del influjo de Schopenhauer, algo por otro lado indemostrable), que tenía mis reservas sobre los placeres que me podía dar James, un autor a priori lejos de mis coordenadas estéticas.

Recuerdo aquella noche de lectura feroz con nostalgia: el remolino de sábanas, el intercambio verbal irregular con mi compañero de habitación, un tibetano que adquirió la ciudadanía estadounidense (¡cuántas preguntas le haría ahora que estoy a un paso del Tíbet!), los viajes a la habitación de al lado (vivía en una especie de comuna con dieciocho personas), donde también estudiaba para el mismo examen un americano de ascendencia irlandesa con el que me había picado. Él sacó un 9; yo un 9,5. Es una de las grandes satisfacciones de mi vida. Supongo que esto no me hace aparecer como una persona muy humilde.

De lo que quiero hablar es de la obligación moral de aquella lectura. ¿Cómo iba a hablar de una novela sin haberla leído? En puridad, era innecesario: cuatro tópicos, contexto, influencias, alguna interpretación excéntrica y casa escobada. Pero me vi moralmente lanzado a su deglución. Era un peñazo de libro. No recuerdo casi nada de la trama, pero ha permanecido en mi mente el estilo realista, la descripción minuciosa, las palabras desnutridas al servicio del insieme de la obra. Sí, sí: me gustó. Más tarde descubrí que el motivo fue la inadvertida exploración de la conciencia subjetiva que se puede leer en la novela. Exquisita y equilibrada prosa que tocaba inadvertidamente uno de los espacios capitales de la modernidad.

Creo que cualquier tipo de texto crítico no puede escribirse sin haber leído la obra a la que se refiere. Lo digo porque he leído una reseña en el suplemento literario del Times sobre un ensayo, Comment parler des livres que l'on n'a pas lus?, de Pierre Bayard, un profesor universitario de literatura francesa que asegura leer muy poco y dar clases sobre autores que nunca ha leído. La no-lectura es un tabú, el acto de leer está sacralizado y a veces más vale no hacerlo porque no te enteras de nada. ¿Cómo se te queda el cuerpo después de leer Así habló Zaratustra de Nietzsche o el Ulises de James Joyce? A mí casi me da un pasmo con el primero.

Estoy de acuerdo con Bayard. ¿Para qué todo este sufrimiento? Una insoportable melancolía se filtra en mí al pensar que no podré leer ni una décima parte de lo que quiero leer (si leo cuatro libros al mes, ¿cuántos leeré en mi vida? ¿Entre 3.000 y 4.000? ¿Cómo me atrevo a tragarme todos los libros de Beckett, Tagor y Juan Ramón, en detrimento de tantos otros?); además, mi capacidad de exégesis de los mismos es, siendo optimistas, muy limitada, y me veo condenado a pensar durante lustros que Musil, por decir un autor que no he leído y que creo que me daría una asegurada satisfacción literaria, es un fenómeno, una tesis que mantengo desde la ignorancia más absoluta de su obra, un hecho degradante intelectualmente.

La cultura, en este caso escrita, aparece como un monstruo terrible de brazos múltiples, como el omnipotente Mahakala. Vamos todos a la pira. La vida es un tostón infumable y la lectura, que para algunos pelagatos es una de sus ramas principales, es una prostituta que no se deja deshojar. Vaya mierda.

Y cuántas ganas de echarse unas risas tiene la gente de ahora.

miércoles, mayo 14, 2008

La longitud eterna del lenguaje

Hay pocos países que tengan decenas de grupos terroristas activos en su territorio y que les concedan tan poca importancia. Es el caso de la India. Es increíble.

Hay pocos países con una clase política tan descerebrada, irresponsable y malvada como Pakistán. Es increíble.

Pero volvamos a lo nuestro: he colgado un póster en blanco y negro de Tagor en mi ático indio. Pero no lo contemplo largamente porque la bolsa ya está casi lista y sólo quedan las botas y la camiseta. Me meto en el coche de mi amigo y vamos hacia la cancha. El sol está en un descenso que lo inunda todo: sólo he registrado este fenómeno en ciudades continentales, apartadas del mar, como Delhi. En Barcelona, San Francisco o Calcuta encuentro una inclinación dulce de la puesta de sol que sólo puedo interpretar como un homenaje o atracción hacia las aguas; pero en Madrid, Praga o Delhi las calles parecen un lingote de oro cuando el día toca a su fin. De todas formas, el sol delhí es especialmente impertinente y bello, me digo, mientras en el gran nudo de Delhi, en el centro de la Carretera del Anillo, descubro jardines escondidos y absurdos como las huertas de las afueras de Barcelona.

La semifinal es un trámite. El equipo, 'Bost Axola' ('Never mind de bollocks') fundado por un amigo vasco que se nos fue a Sudáfrica, está formado por Vikram, el Casillas indio, bajo los palos; Dimitri, la muralla española, en el centro de la defensa; Tito, un catalán un poco pesao, en la banda derecha; Mahinder, un rápido lateral indio que está como una cabra, en la izquierda; Martin, un joven eslovaco con un toque exquisito por delante de la línea defensiva, y Morgar en libertad de proteger al equipo o hacer daño al cuadro contrario.

Vemos la otra semifinal y los aficionados admiran el músculo de un nigeriano que dicen que juega en la Liga india. Pasan a la final. Y en la final me obsesiono con tapar al nigeriano, con superarlo por velocidad, con batirme con él, con la idea de que yo a éste me lo como, yo a éste me lo como. Prueba el recorte, la bicicleta loca, mezcla un regate de fantasía. ¿De quién es este toque que tocas? ¿Es una mala copia del viejo Estebaranz, de la electricidad de Messi, de la sinceridad de Villa? No, es el quiebro de siempre hacia dentro, tu engaño de piernas pequeñas y deseantes: tu regate intransferible por tu cuerpo encorvado, tus alas ensangrentadas y tus rodillas en enfado terrícola.

Es la palabra tuya, tu organización única del mundo, el encuentro de oscuridades que emerge de tu genética y tu experiencia, el poema inequívocamente morgiano: como los escritos literalistas de Garmor, como la sensibilidad desobediente de Judith, como la materialidad lírica de Joan Pau.

Hasta que la conciencia individual no evacúe, la autoría seguirá existiendo.

Y qué dulce es revolcarse entre las piernas del nigeriano, asistir a la forja de la personalidad en la lucha: hoy el aprendizaje de que a una carrera explosiva y corta tiene que seguir un pase rápido o un vuelo directo hacia la portería, hoy el aprendizaje de que si monocentras tu atención te pueden llover los palos por otro sitio: un indio del otro equipo me tuerce el tobillo y abandono la cancha.

Me quedo cinco minutos fuera, me duele mucho, acuden a mí masajistas desconocidos y camilleros de otro mundo. Estoy con Manoj y me pregunta si puedo seguir. Y respondo: "Hijos de puta". Manoj se parte.

Ya sólo me queda saltar de nuevo al campo a descubrir que la entrega abre el mundo: que el sudor hace girar más rápido las piernas malheridas, que las manos desnudas pueden abrir una rendija en el muro del misterio; hueco alto por donde el más pelagatos del equipo me envía un pase, hueco por el que me tiro al suelo para rematar y marcar el gol que dedico a Manoj tocándole los pies y regalándole un coletero del Hipo. Porque es importante saber dónde está uno y de dónde viene.

Y camino por mi barrio de flores abiertas por la mañana. Sostengo el trofeo al mejor jugador del torneo que me han concedido. Qué melones que son, pienso: he fallado un montón de goles. Piso el balón y me imagino que mi madre es india y que me lo ha tirado desde el balcón para jugar con los amigos. Recojo al niño que hay dentro de mí: cabe en la palma de mi mano, como los versos rumanos que estoy leyendo. Y guardo en mi barca la esperanza de que en esta travesía hacia la palabra, en este tránsito de novela solar, otro río vertical con sombrero se abra: el Objeto que todos intuimos, la Cosa sin cosa, el huso transparente: la verdad, que sí que se puede decir.

sábado, mayo 03, 2008

Conciencia escindida

(Un día en Bengala).

El pato de luz que entra por la ventana bengalí me despega los ojos, salto y doy comienzo al enfado por no haber podido enviar la crónica del día anterior por teléfono satélite, fumo por los pasillos del lugar de hospedaje improvisado brindado por Lapierre en el sur de Calcuta, cerca ya del delta bello, de las 104 ínsulas extrañas de tigres, miel y poesía en español. Subo al desayuno: el director de la ONG, un indio de risas agachadas, me había invitado al rezo politeísta matutino y, evidentemente, he querido perdérmelo. Mientras planteo a mi mente que resuelva el misterio del dios al que rezaban decenas de musulmanes e hindúes, mis manos resuelven la comida con las manos: las hortalizas hervidas entre el pan redondo, el desentrañamiento del huevo cocido, el té con leche indio.

Me despido de las gentes de la ONG y todo es un círculo como el del pueblo de mis padres: puerta por puerta a dar el adiós corto, el de los planes próximos y lejanos, el de la huida suave de lagartija. Subo al 'jeep' que me llevará a Juan Ramón, Valente y Crespo: el de las islas tribales del delta. Recorremos la mejor carretera construida en la India para llegar al paraje remoto: mientras el terreno gana trópico mi conciencia empieza a buscar división. Recuerdo a los románticos alemanes afrontando la escisión ya irreversible entre mundo y sujeto; la evocación del genio griego en perfecta inocencia con su producción del arte y su relación natural con los dioses: la modernidad autoconsciente que ya da el balón al sujeto, embarrado para siempre en su explicación del mundo.

Subo en el barco de Lapierre en mirada hacia las islas: desde los diques de ladrillo, guerreados por el musgo, los pescadores tiran sus redes azules. Me veo enlazado en el tiro de la palabra, en atrapar el mundo para llevarlo a mi redil, al campo de la literatura, a la devolución textual. Por qué agujero de la red se me está escapando, cómo cerrar las mallas, hacia qué posición orientar la creación, seguir la narrativa desde la mente, la que relaciona la experiencia cualitativa, romper el arco de lo real para hacer explotar lo verdadero, naturalizar el lenguaje para referirme más directamente a esto. El bote avanza y caemos en una de las islas, que parece la más grande, el final. Me subo a una moto con una tabla detrás; estoy sentado en la parte trasera y el paisaje de palmeras y marismas se aleja como la precisión de mi novela.

Llegamos al único hospital de la isla, auspiciados por un simpático personaje indio que, esta vez sí, se parece a Gandhi en palabra y acto. Vemos el sucio paritorio, el joven médico de la "clínica", los tejados comidos por el sol. Volvemos a la orilla en la moto, entro en el barco, que también sirve de hospital: les hacen rayos equis a los lugareños. Me quedo plantado ante la pantalla para comprobar la vista, con su cara en hindi, en bengalí, en el alfabeto romano. La giro y giro y mi cabeza: mi pasión ya desbocada por Tagor, el recuerdo latino de mi cultura europea, la presencia india de mi hoy. Salgo del buceo y me sorprendo con las declaraciones de Gandhi: "Bueno, esto no es una isla, es mainland". Escandalizados mis sentidos, zarpamos en busca de navegar por islas reales para obtener fotografías reales.

El mundo se ha transformado: lo que era isla es tierra, y todo el espacio examinado se me reconfigura. Antes de alcanzar el puerto de destino, como el arroz y la cazuela bengalí en los vientres del barco, absorto por el ruido insoportable del motor. En tierra, el 'jeep' ya corre en tierra firme para ir deshaciendo el camino y añadir el vertedero de las afueras de Calcuta. Pero el corazón ya se siente en casa al sentir la proximidad de College Street, de la Universidad de Calcuta, del espacio de libros viejos más grande del mundo, donde tantas tardes me he perdido con mi amigo Subhro en busca de obras fundamentales. El calor húmedo me trae el Mediterráneo y Subhro me trae a la librería de Tagor, cerrada, donde vendían sus obras por diez rupias, porque él era el moderno, el que quería los libros copiados para todos, la distribución de la cultura.

Le pido literalmente a Subhro que localice inmediatamente Lírica de una Atlántida de Tagor. En bengalí. Con la alusión a la poesía última de Juan Ramón, me refiero a los últimos versos de Robindronat. Él lo entiende perfectamente. Detengámonos en esto, por favor: él es indio y lo entiende. Esto es muy grande. Finalmente me hago con un tomo en bengalí de casi mil páginas con sus canciones y líricas más relevantes, que "completa" otro tomo que ya tenía. Sonrío ante la idea de lo completo, anhelo imposible para mi conciencia romántica ya escindida pero también para abarcar la imposible escritura de Tagor, que ocuparía mi biblioteca entera. No me han podido traer Lírica de una Atlántida pero me traen su penúltimo libro, es decir, Dios deseado y deseante. Me siento persona en riesgo hacia una cultura; mundo otro que también viene a lo de mí. Vamos a la cafetería de Tagor: una fotografía pequeña preside la enorme sala de techos altos construida por los británicos. El café: una de las naturalezas de Europa e inexistente en la India fuera de las grandes cadenas capitalistas.

Ya soy en Calcuta feliz: cuidando el libro de Robindronat, con una edición que me trae una alta nostalgia por su tacto europeo, por su cuidado caligráfico, por su ordenación sana. Veo en esta ciudad, en cuyas calles se compran igual Neruda que Tolstoi, Dante que Kalidasa, un ventrículo de nosotros hacia ellos, un escalón perdido: y, después de que Subhro me diga que un cineasta muy conocido está preparando un documental sobre mayo del 68 en Calcuta, me digo yo que sería un libro bello, una narración morgiana voladora. Salgo de la cafetería y miro otra vez la fotografía de un novelista bengalí famoso: Nabarun Bhattacharya. Ya entrevistado por Morgar. Centro de cultura accesible.

Vuelvo a Delhi y lo dejo todo allí: una nueva relación se abre. Schiller me coloca la arquitectura como creación primitiva y simbólica, contacto directo y no humano con la criatura primaria genésica; la escultura, como un acercamiento de dios al hombre, como un acercamiento respetuoso a lo otro, asemejándolo a nosotros; y a la pintura, la música y la literatura como las ciencias artísticas más metafísicas, como la última aventura del sujeto. Y sí: la literatura nos es exclusiva. Es sólo nuestra. Temor y coraje: ascensión imposible, alma encogida y elástica. Palabra amenazada e inmortal.

miércoles, abril 23, 2008

Cometas

Y no me pude resistir. Entré en la librería madrileña -cuánto más bonitas son las de Barcelona- y compré una pequeña edición de Siruela: La idea de Europa, de George Steiner. Era una vieja referencia, un libro sobre el que teníamos previsto pasar si se daba la oportunidad. Pagué los excesivos diez euros por la miniatura cultural y me la metí en el bolsillo de la americana de pana, recipiente donde recorrió toda la capital española, Moscú y los aires hasta posarse en suelo indio. Y recordé las salidas nocturnas en recepción de alguna mujer, cuando era más bien extravagante llevar peso y me metía un libro de Montale en el bolsillo como ahora guardaba el de Steiner, cuando pensé por primera vez que esto sólo lo podía hacer un europeo: a lo mejor un americano o un japonés se atrevían, pero no es el guardar las letras: es el cariño del intelecto, el acunar el conocimiento; la plena conciencia de llevar en la chaqueta el mundo y sus ramificaciones, en las que uno se imagina dispuesto a la observación y la excavación.

Dice Steiner que Europa tiene cuatro cosas -por decir algunas- que la caracterizan: el café; la geografía caminable y dominada por el hombre; la mirada al pasado -cristalizada en las calles europeas, repletas de nombres de los hacedores de nuestra historia, lápidas que nos pesan-, y la herencia racional de Atenas en mezcla con la irradiación de fe de Jerusalén. Del desarrollo discursivo de estas características, me quedo con una frase: "En América, la gente no va a los bares a escribir tratados de fenomenología".

Algunas de sus ideas son incompletas y otras nacen de un juicio -histórico y moral- del que se puede discrepar. Énfasis demasiado aéreo en la influencia judía en Europa, sobrestimada, por otro lado, por el resto de la intelligentsia occidental. Es por algo que el brazo europeo en Estados Unidos parecen los judíos americanos, artífices de la creación desinteresada.

Steiner opina que Europa se suicidó con el Holocausto: ahora se trata de preservar nuestras artes e historias con un mínimo de dignidad. Nosotros creemos que Europa tiene que ponerse los anteojos y dejar de situar sus raíces solamente en la Antigüedad grecorromana, por decir un ejemplo: bienvenida sea a nuestra savia el genio romántico alemán y la Ilustración desligadas ya de su eterno nudo con Grecia, y sobre todo el brinco lírico de los países mediterráneos. Quedan una y otra vez subsumidas en la tradición alemana y francesa -bastiones del poder, todavía- la literatura española y la portuguesa, por poner un ejemplo: lanzas que han llegado donde Shakespeare sólo veía nubarrones.

Europa debe mirar al sur y al este. Incorporar a las literaturas eslavas, las únicas que nos están haciendo salvar la cara en este bochornoso comenzar del siglo XXI, a su tronco intelectual: no a las ramas del árbol sino al propio centro natural.

Eso sí: estamos absolutamente de acuerdo con Steiner en que la vida "no examinada" no merece la pena ser vivida. O, al menos, que la voluntad de excavación intelectual eleva la vida, la hace cualitativamente mejor. A esto no tenemos previsto renunciar, pese al utilitarismo reinante.

Quedan algunas ideas tímidas apuntadas, apenas una brisa de la seguridad de estar en lo cierto cuando uno baja la Plaça del Diamant pensando en nuestras guerras y libros, en la obsesión por la recuperación del pasado, en el café de los cuatro gatos, en las luchas anarquistas contra la Iglesia y, sobre todo, en todas las manos de escritores agitándose como cometas en el aire, buscando su espacio para estampar la literatura en el cielo.

martes, abril 15, 2008

La lengua de la lengua

Los aleteos del árbol espuma,
los fragmentos del mar en castillos interiores

(se ordena lo planetario)

el parlamento del animal con barriga de sílabas

(columna y palabra)

Una semana en España

Voy en giro por la Barcelona vieja, estanque de plátanos grises entre la montaña y el mar. Me acompaña Fran en este deslizamiento soñoliento y ordenado, destartalado, como la Europa mía. El único propósito de este día de Sol suave, que permite una tranquila alternación de vestimentas livianas, es encontrar traducciones a lenguas romances de Robindronat Tagor. Miro en los ojos de mi amigo y me pregunto por qué se lo está pasando bien ante una tarea que a un veterinario quizá resulte aburrida y excéntrica.

Encontramos casi todas las librerías de viejo en Diputació, calle paralela a Consell de Cent, donde Garmor ya se ha sumergido en su trabajo en El País, en cuya sede catalana yo también trabajé, cuyas calles que la circundan hemos marcado con noches de fiesta, paseos en busca de restaurantes japoneses a las dos del mediodía, puntos de encuentro intelectual y descanso físico para volver a nuestras obligaciones laborales.

Entramos en una librería. ¿Tenéis libros de Tagor? Lo miran en la base de datos, algo impensable en la indomable India, y me sacan primeras ediciones de las traducciones de Zenobia y Juan Ramón, primeras ediciones de las traducciones en catalán a cargo de Ventura Gassol y Josep Carner i Ribalta. También conseguiría, al final, una primera edición de la traducción francesa de Gitanjali, cuidada por el escritor francés André Gide. El hallazgo de estas delicias me embarca en una insondable melancolía de mi cultura: de un continente, Europa, marcado para siempre por su deslumbrante pasado, cuya misión más importante es preservar su legado cultural y evitar el suicidio intelectual en marcha.

Me llena de joyas saber que Fran me acompañará donde yo quiera, que este día es mío, que quiere escuchar todas mis historias indias, mis amores inflamados, mis manías insoportables. El Sol se cae y de nuevo me reúno con Fran tras la cena. Vienen Betis, Jorge y Santo en el canijo, el coche uruguayo, para desde El Prat volar en máquina hacia el mar de la Barceloneta. Allí se nos une Garmor, que viene del otro lado del cinturón rojo -¡qué convergencia la nuestra, qué lanzamiento prometedor hacia el futuro desde nuestra posición humilde, excéntrica!- y las bromas y risas se suceden sin descanso, de modo que cuando una ha pasado a mejor vida, la otra la barre y la hace crecer, como las olas del mar que baten a nuestras espaldas.

Pocos días más tarde llego a la Granada mora, ciudad de inefable fuerza telúrica, fogonazo amarillo del tiempo. Visito durante dos días a mi abuela, que ha llenado la nevera de víveres y ha preparado cuatro platos de arroz con leche: tardaría como poco una semana en terminármelo todo. Y al despedirme: "Un día, otro día, una noche, otra noche. Siempre sola. Ay, dios mío. Yo le rezo siempre a San Antonio para que te cuide. Tú descansa, que estás muy delgado, tienes que estar en casa, en tu casa y descansar, comer, descansar y comer. Y un día y otro y otro y siempre sola, sin nadie que me quiera ver. No, no dejes la llave por fuera; cógela y cuélgala ahí, cierra con fuerza. Hoy ya no vendrá nadie más".

Mis primos me sacan en coche del pueblo de nuevo hacia la capital de Granada, bordeando el litoral mediterráneo, como siempre. Nuestra actitud intelectual ha sido siempre una línea sinuosa mordiente con el mar, tangente y paralela, bailaora. Pienso en la tristeza de mi abuela, en la soledad y la nostalgia, y me pongo en la cabeza que la costa del Sol está muy cerca.

Cuando, tras las tapas y la observación de la vida andaluza, llego en tren a Madrid, el cielo se ha enmarañado. Miro el poderío continental de la capital, las banderas españolas altas y me digo que Barcelona me gusta más, pero Madrid también, ya está marcada: la sede de la Agencia Efe en Espronceda, los paseos por Sol buscando un póster de Joaquín Sabina para mi amigo indio, los descabalgos nocturnos con mis viejos amigos de Santander... España está signada con recuerdos deseados y deseantes, sembrada con mojones de agitación interior.

Todos me ayudan: me llevan en coche, me ofrecen alojamiento, me sacan de compras; soportan mi inquietante tranquilidad. El avión sale a Moscú, donde espero el último vuelo fumándome lo último que me queda de Madrid: un puro. Las desvencijadas alas del Tupolev ya están listas para el despegue hacia la India, tierra de la representación mito-práctica, del desconcierto templado. Al pisar el suelo de Delhi, repaso la cartografía europea, domesticada para nuestros paseos, para poder recorrerla a pie, y me cargo de nueva energía para escalar el indomable sur de Asia, que se me ofrece en forma de una Amazona de cabellos largos, soñolienta, que me hace el amor para recordarme que mi sitio no está en la India o España, sino en el centro de la experiencia fenoménica.

lunes, abril 07, 2008

Próximamente...

...intermitencias españolas.