escalera

lunes, enero 29, 2007

La confianza

Ante la presión de Garmor y Joan Pau, Morgar se compromete a no olvidar Occidente: Grecia, Roma, la autonomía de la voluntad, las vanguardias, Beckett, la hipermodernidad...

LA TUMBA DE SAMUEL BECKETT / A.M.

De Beckett se me olvidaron los libros, pero me queda su recuerdo y su aliento de niño albino. "D'aquí a dos o tres-cents anys, et trobaràs perfectament, seràs la tarda (Enric Cassasses)", se puede leer en la cartulina negra posada sobre la tumba de Beckett, que encontré en una visita al cementerio de Montparnasse de París.

MORGAR, COCINANDO CREPS EN UNA COCINA PARISINA

Son las imágenes primeras que se publican en esta bitácora desde que su autor está en Oriente. Y son de Occidente, aunque nosotros siempre fuimos los más orientales de entre los occidentales. Somos los de la imagen y la trayectoria directa del pensamiento, los de las sensaciones intelectuales, los de la palabra humanista y el credo en el arte.

UNA MISA EN LA CATEDRAL DE NÔTRE DAME, DICIEMBRE DE 2006 / A.M.


También es la época del descreimiento, que dura ya más de un siglo, y que nos está asolando. Llora Occidente, en plena consciencia de sus crisis emocionales. Pero la auténtica crisis de valores la vive Oriente, lo cual augura una etapa dorada para las artes liberales.

En cuanto a nosotros, una nueva generación de escritores iluminará el siglo XXI con una literatura mercurial. Estos modernos siempre fueron los mismos: los salmones con heridas.

Llueve sobre Nueva Delhi.

George Steiner

Les ferides del pensament, com les creus de Tàpies.

martes, enero 16, 2007

Flor

Veo dos indias guapas, sentadas. Paso de largo. Me caen fragmentos de Nada en la cabeza. ¿Qué me han lanzado? ¿Barro, escarcha? Frunzo el ceño. Enfadado, compruebo la materia. Sorpresa del ofendido, cuando descubre un pétalo en su hombro izquierdo.

martes, enero 02, 2007

On Beckett

Morgar escriu sobre Beckett a L'Avui. Pròximament... Steiner.

sábado, diciembre 16, 2006

Escribidor

Morgar escribe sobre la crisis de la palabra (pág. 220-222).

miércoles, diciembre 06, 2006

Amargura natural

Morgar ya tenía la cabeza en la India. El desplazamiento mental, sin retorno, se produjo unas horas después de abrir las primeras páginas literarias sobre esa cosa asiática, en la pluma de Mircea Eliade. El pobre ausente, porque Morgar no es otra cosa que un pobre ausente, soñó con unas enseñanzas que recibía de un maestro indio en una cabaña de madera de pino cortada a machete.

Se había dormido mediante la respiración de vientre. Sintió, ya en el sueño, el peso del trópico en el cuerpo deseado y deseante de alguien que buscaba su jadeo. Se revolvió en la casa total y miró al maestro a los ojos.

Salió a la calle: una rambla hindocatalana. Allí descubrió que todo era producto de la mente, como siempre habían sospechado los idealistas. Comentó tal extremo a su amigo, que no le creía. Así que Morgar hizo crecer un bocadillo crujiente de sus manos.

-¿Lo ves?

El amigo, simplemente, se zampó el bocata. Morgar, ya libre, consciente de que estaba soñando y de que podía incluso volar, hizo aparecer un quiosco, del que cazó una bolsa de patatas para su amigo. Sus favoritas.

Entonces se convenció de Todo. Una alegría como de navajas de oro empezó a cortarle la piel, dulcemente. Hubiera podido incluso creer en algo, darse a algo que no existiera, pero su único miedo era no romper los muros del sueño para mantenerse en aquel estado, ya sí, de éxtasis metafísico.

Me desperté en tranquilidad. Me llamaron al móvil. Con cachaza, respondí. Era mi jefe de política: mañana entraría dos horas más tarde. Dos horas más de sueño. El mundo me pareció, por unos segundos, algo bonito. Amargamente, me dije que siempre es agradable ver cómo le crecen las piernas a la ilusión.

lunes, noviembre 27, 2006

La huida

Yo no estaba entero y unido, porque era un sueño, y subí al ascensor. Una señora se metió en el habitáculo, también, con su carrito azul como mis camisas. Dentro del carro vi un niño de codos blandos y luces en el cóccix. Recordé aquel sueño en que caí por un talud rociado de brea y cuyo rebozo me permitió vislumbrar todos los géneros literarios como si fueran flores.

El niño me esperaba al final del talud para recoger mis despojos. Me percibió y yo le devolví una mirada inescrutable en el ascensor de Barcelona, planta 1. Se le subió del codo a la mano una camisa azul, como si fuera un tendedero humano de venas en vez de alambres, y le dio por aplaudir. Desconcertado, busqué el talud, pero sólo quedaba línea eléctrica de subida y bajada.

Afortunadamente, la mujer coriácea y el niño bajaron del ascensor. Pero, al abrir la puerta para permitir que ambos salieran, el niño me volvió a aplaudir. "Es un provocador", me dijo la madre.

Esto me dejó animalmente impresionado. Yo no había entrado unido, pero el alma me encimó el cuerpo y se disgregó todavía más. Me metí en el montacargas, otra vez, y llamé a mi planta. El ascensor se elevó, cosa que en los sueños no suele pasar. Pero el aparato se embaló y no paraba de subir. No pararía nunca.

Creí ver luces de otro mundo. Mientras subía hacia lo Eterno me pregunté, en medio de una angustia como la de abrir una verja oxidada, si aquel niño, el Provocador, no era yo. Y si aplaudía mi desgraciada decisión de dejar los cosos del corazón al azar y excentrarme en la literatura: la única flor con pechos de este desierto árido que es el da-sein.

domingo, octubre 29, 2006

¿Anarquista?

Libro acabado.

sábado, septiembre 16, 2006

El pozo

Esta vez soñé que estaba planchado en un sillón de la cabaña cortada a navaja. Era su casa, la de ella, supuestamente, porque los sueños son como subirse al lomo de un animal rociado de brea. Me levanté extasiado por la fragancia primaveral del hogar, por el crepitar de la leña y la helada matutina y brillante.

Yo estaba desnudo: mercurialmente desnudo. La brisa azotaba mi cuerpo peludamente, buscando el roce placentero con mi piel. Anestesiado, metí los pies en un pozo para desentenderme de la halagüeña mañana. El agua me cortó el espíritu en dos, y perdí de vista mi mitad más pugilística, que se perdió en el bosque para siempre. Sólo quedaba mi alma más frágil y recubierta de tulipanes: la del puro amor.

Me vi de nuevo de pie, sin haber apreciado en la secuencia del sueño un lógico desplazamiento vertical de mi cuerpo. Hacia el cielo azul, entiendo. Seca mi piel, socarronas mis manos, ondulado y gelatinoso mi pecho, miré hacia el umbral de la Puerta. Era ella, también desnuda.

Avanzó majestuosamente. Sacaba pecho y mi pene lo agradecía. Se acercó a mí como lo hacía siempre, pero no me tocó. Pasó de largo, con la mano izquierda posada en su muslo moreno, desde donde chasqueaba escandalosamente un liguero. (Esto lo soñé lingüísticamente, después de haber leído a Marsé).

Ella estaba haciendo la colada. Tendió la ropa y las pinzas luminosas se le cayeron en su regazo imaginario, así que temí por que aquellos dedos de madera remachados con hierro se metieran en su vulva como peces escurridizos. Los cogió y los envió de nuevo al inmenso mar de mis sueños, donde bucearían siempre en la búsqueda imposible de mi alma pugilística, ya anegada en el océano total.

Agarró ella el canasto repleto de ropa dorada y volvieron a florecer de su tronco sus magníficos melones perfumados con romero, que convertían el cesto en un infierno eclipsado por la luz del paraíso. Ahora sí que viene hacia mí, pensé, mientras acariciaba mis músculos y una chispa caliente de la chimenea calmaba la condición glacial de mis glúteos. Ella pisó cerca de mis huesos. La vi en el preciso instante del derrumbe, con sus ojitos puestos en mi nariz en lugar de en mis ojos debido a la ya incipiente caída; con los ojos en mi ombligo de níquel pero los pechos aún marmóreos: con la mirada en la luna, que estaba debajo de nosotros, en las profundidades del pozo que me había refrescado y que evitó nuestro cálido abrazo.

jueves, septiembre 07, 2006

La derrota del corazón

Anoche mientras dormía soñé que vagabundeaba por un parque gris, redondo, grande. Había columpios plumiformes, robots que fingían ser bebés para hacerme creer que todo aquello, efectivamente, era un sueño, y abuelas vencidas por la modorra vespertina.

Me senté en un columpio tradicional, que por otro lado era igual al que tenía en frente de mí, aunque no recuerdo las cadenas. Es importante que el lector retenga que el columpio era azul.

Me levanté y amagué con practicar otras artes lúdicas: pensé en aprovechar al máximo aquel parque implícito para postadolescentes que no habían superado la infancia.

Mi politraumatismo no me estropeó la tarde, aunque me limitó en algunos de mis movimientos. Volví al columpio y se convirtió en un saco de residuos orgánicos en el que no osé sentarme. Una niña que estaba a mi vera sí que se decidió a hacerlo, aunque en el otro columpio que no me estaba asignado.

Me marché con mis padres, como haciendo ver que la chica no me interesaba. Me llamó, me gritó, me dijo que tenía amigas para mí. Pero yo, impasible, continué avanzando y pensé en mi pelo enmarañado.

Es importante retener que lo que relato es un sueño.

Al reunirme con mis progenitores, mi padre quería esperar al sábado para una cena misteriosa. En cuanto a mí, me vi perdido en una cosecha de nabos y ostras gigantes, en una tierra árida y andaluza. Me mesé el pelo y renuncié a los juegos del amor, aunque los dedos se me quedaron atrapados, probablemente para siempre.

Morgianidad del sueño: 1
Estética: 5
Sensorialidad: 2
Importancia filosófica: 7,5

martes, agosto 29, 2006

Unas ostras de sangre dentro de mi cabeza me rompieron el corazón

Se, se. Anoche, además de suñar que era bonísimo yugando a fútbol, me vinierun en sueñus otras manifestaciones del alma. Me encontraba a medio camino entre el andar y el trotar por una galería cuadriculada. Las paredes tenían colores pesadísimos, como de pesadillas de las gentes del medievo. No sentía, sin embargo, sensaciones de angustia o derivadas, sino una absoluta suspensión en aquella tierra gótica amarilla y premoderna.

Un latigazo me estremeció, como una navaja blanda que viajara de la nuca a la coronilla. Estaba soñando. Quieru decir: supe que estaba suñandu. Sentí por primera vez aquello del tempus fugit, de que aquella era una ocasión irrepetible, un asidero para el sexo. Mis sentidos estaban de vacaciones y aprovecharía para hacer realidad mis fantasías límite.

Pero parece ser que mi mente también disfrutaba del periodo estival, porque mi 'fantasía límite' en ese momento se redujo al pensamiento de que quería hacer el amor con equis. Llamémosla así, a la chiquilla. O llamémosla criatura ladina.

De modo que arranqué a correr como un loco, en busca de la criatura ladina, y tiré al piso los cuencos de pintura pesada que adornaban aquellas paredes. Salí de la galería, me metí en otra, y no paraba de pensar: "Estoy soñando, estoy soñando". Tenía que aprovechar.

Quise coger por la verija la situación y controlar mis pensamientos, pero no pude. Cuanto más me obsesionaba en la idea de fantasía sexual límite, más se me inflaba la cabeza de mejunges nerviosos, de células gigantes como ostras de sangre. No se trataba de un sufrimiento finisecular, sino más bien de la advertencia de un fracaso moral.

El cráneo estaba al borde de la explotación, así que desperté. Yamás ulvidaré el sentimientu de frustracion que me avino al curason porque no pudí facer el amor con la criatura yudía.

Morgianidad del sueño: 6,5
Estética: 4
Sensorialidad: 6
Importancia filosófica: 5


EFE
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Inverso

Anteanoche soñé que transitaba amablemente por una carretera estatal con mi familia. La cabeza transcurría en la acción y la acción transcurría en mi cabeza con insultante normalidad. Notaba apenas un exceso de luz roja en toda la región onírica frontal a mí, a la cual no quise dar la más mínima importancia, entre otras cosas porque en un sueño los interruptores no funcionan, las personas están para luego no estar, etcétera.

De pronto me di cuenta de que esa luz, de naturaleza que yo creía innegablemente poética -¡y qué abuso en la poesía de la palabra luz!-, no era otra cosita que las luces traseras. Yo conducía normalmente, entiéndase, con el volante ante mis narices, pero el coche estaba girado.

Al ser advertido de ello por mi padre, el problema se plantó en mi cabeza. Las cosas habían ido bien hasta ese momento, por lo que no vi ningún inconveniente para trocar objetos. Ante la insistencia familiar, me salí de la vía pública y en la cuneta hice una maniobra para dar la vuelta: ahora sí, las luces traseras estaban en su sitio, y las delanteras también. Esta última aclaración no es una perogrullada.

Llegamos a un pueblo, que se transformó en una pista de fútbol. El coche trocó en una bicicleta. Los jugadores me alentaron para que saliera a la cancha azul. Pero me metí en una iglesia pagana adyacente. Una vez dentro, di por supuesto que algún mardano modorro o algún pelagatos me robaría la bicicleta. Al asomar el cabolo, sin embargu, me di cuenta de que mi bici verde no había sido objetu de embargu. Digo esto porque tuve algunas alucionaciones ladinas. Amarillo. Blanco.

Después pensé si lo del coche era una indirecta interna sobre el artículo que escribí de Beckett y la generación inversa, que supuestamente es la mía. La temática generacional cobrará importancia ladina en mi obra, me dije mientras llevaba a buen puerto las abluciones matutinas. ¿Qué obra? Me siento como un coche girado.

Morgianidad del sueño: 7,5
Estética: 2
Sensorialidad: 3
Importancia filosófica: 6,8

miércoles, junio 07, 2006

Gamoneda: "La poesía no es literatura"

Había leído algunos poemas suyos cuando tenía 17 años, pero no recuerdo en qué libro. Más vívidamente recuerdo haber visto en La Central El libro del frío, que evidentemente era azul, y que me hizo pensar por primera vez en cómo sería el primer libro que yo publicara, y en la relación entre el contenido poético y el continente editorial.

Ayer Gamoneda expuso sus "ocurrencias" en el Ateneo Barcelonés, con motivo de la inauguración de unas jornadas poéticas que no vienen a cuento ahora. "La poesía no es literatura", dijo. La literatura bebe de la ficción, mientras que la poesía lo hace de la realidad. La poesía no es ficción.

No dijo lo que es la poesía, evidentemente, aunque lo sugirió. El discurso poético existe, pero es otro, y tiene una autonomía separada. Una de las expresiones cotidianas del "pensamiento poético", los sueños, sí que son son realidad. "Los sueños no son ficción", insistió.

Gamoneda también esbozó algunas diferencias entre el método poético oriental y el occidental, que, dijo, actúan de forma inversa. La poesía oriental (y aquí todos pensamos en la literatura) va del exterior al interior: es un rodeo centrado en la narración que desemboca en la interioridad poética, en el mensaje lírico.

Del método occidental no habló. Pero dijo que era como el verso de Gustavo Adolfo Bécquer: "Tus labios son un rubí".

Evidentemente, la poesía sí que es literatura, al menos hasta que no separemos en nuestras mentes el concepto de poesía al que alude Gamoneda de la expresión escrita y el resultado de la poesía, que también conocemos como poesía. Porque la literatura no sólo es ficción, sino una consecuencia, un desborde del oscuro manantial de la creación, de la misma naturaleza en Faulkner que en Beckett o Hölderlin. O sea, con un mismo origen pero con diferentes manifestaciones: en géneros distintos: novela, teatro, poesía.

Y en cuanto a los métodos, esto significa que los mejores poetas españoles últimos (Valente, el propio Gamoneda) están orientalizados. O que el método oriental es más propiamente lírico.

viernes, junio 02, 2006

Lo que no es duda del alma es totalitarismo de los sentimientos

Anoche soñé que caminaba por una galería gris circular. Era una de ésas tan largas que más bien se asemejaba a una recta, por aquello de que el círculo es una línea infinita. A cada siete metros cometía alguna insensatez, siempre nimia, pero detrás de mí iba una chica que me justificaba ante los transeúntes y ante dios, que por otro lado no existe.

Nunca era yo quien me paraba a explicar lo que hacía. Agradecía inmensamente a la chica que me seguía su labor al servicio de mi dignidad, pero no me veía en condiciones de defenderme. Avanzaba con mariposas en las orejas, con un halo de inexistencia abismal.

Entonces vi un cartel pegado en la galería gris circular. Era el pasaje de un cuento de Beckett que me hizo entrar en su literatura. Paseaba él por el cementerio, donde estaba enterrado su padre, y comentaba que prefería el olor de los muertos al de los vivos -pies, dientes, sobaco-. Y en el cartel ponía aquello que me tocó el corazón, respecto al aroma del cementerio:

"And when my father's remains join in, however modestly, I can almost shed a tear". Aunque en el sueño recuerdo un 'could' en vez de un 'can'.

Todos tenemos un pasado más o menos turbio del que arrepentirnos. Avanzamos por la vida con la cabeza alta y la conciencia limpia. Yo nunca me fiaría de alguien con la conciencia limpia. ¡Pobre conciencia! ¿Cómo la habrán torturado para que no proteste?

El estado natural de un alma es la duda y el pensamiento excéntrico. O sea, el pensamiento que no está en el centro, en el yo, sino en las intermitentes sensaciones de libertad que nos da el transitar por este valle de lágrimas.

jueves, mayo 18, 2006

Morir

Llega mayo. Todas tus amigas y amigos se enamoran y asistes al derrame desconsolado de lágrimas a causa de las competiciones deportivas. Las del Barça, aunque yo sea culé, no me parecen interesantes. Voy a pararme en las de un club de fútbol que este año ha ganado la Copa del Rey y casi desciende a segunda división: el Espanyol.

No es lo mismo entrar en el cielo que librarse del infierno. Coro marcó en el partido de la final y en el partido que salvó al Espanyol. La primera fue una celebración estival y la segunda nocturna. La Copa vino como un regalo, como algo a lo que puedes aspirar pero que no tienes claro que te merezcas. Las lágrimas eran de felicidad sostenida, cerebral, como no pudiendo creer algo que, en realidad, era previsible una vez llegada la final.

Las lágrimas de la salvación son más mercuriales. No había más que ver a Tamudo. No hay ninguna felicidad en ellas, sólo un abismal alivio, como quien va a caerse por un barranco y logra subir a pulso hasta la tierra firme, con las manos ensangrentadas. No hay en esto ninguna apelación divina, ningún agradecimiento a los dioses. No se mira al cielo; se mira a la tierra, donde se vierte el agua de los ojos.

Son lágrimas de arrepentimiento. Dolorosas y reales. Las otras son de mentira. Nadie ha ganado nunca ninguna Liga, ninguna Copa. Nuestras vidas transitan por la tabla de primera división, sin acceso al cielo: como mucho con opciones a una UEFA imposible, que es cuando echamos algún polvo que vale la pena. Un día bajamos la guardia y por poco caemos en el pozo de segunda, pero nos salvamos por los pelos y sentimos un alivio narcótico inenarrable. Eso será lo único que recordaremos. Al día siguiente, nos falla el corazón, morimos y nos entierran en segunda. Para siempre.