escalera

miércoles, mayo 17, 2006

Resurrección

Anoche soñé con Samuel Beckett, pero no era claramente él. Estábamos Fran y yo alrededor de una hoguera, junto a otros caniches y hombres. Entonces Sam llegó, maquillado, no tan delgado como siempre. La emoción me sobrepasó. Pero comprendí en seguida que no era Sam, sino que era Buster Keaton interpretándole en mi sueño.

Fran me miraba, recordó cosas que yo le había contado sobre Sam y empezó a preguntarle sobre su obra. Vi cómo Sam Keaton se sentaba con nosotros en la hoguera. Ahora que la luz daba de bruces en su cara, le veía mucho más gordo, mucho menos Beckett, sin la mirada aprendida.

Se extrañó mi amigo Fran de que no preguntara nada a Buster Beckett. Mi grado de excitación no se degradó, sin embargo, y éste fue el detalle que más me impresionó del sueño. Como si lo que realmente me mantuviera literariamente vivo, a mí, no fuera Samuel Beckett directamente, sino un Sam recordado por mí, lateral, inescrutado más que inescrutable.

La pátina ocre del fuego aguarda acrisolada en mi cabeza. No llegará Godot, porque el ámbito poético de Sam es tan excesivo que su solo recuerdo me parece suficiente: tanto, que ni siquiera querría sustituirlo por su directo. Anoche tuve mi último sueño como humano propiamente dicho.

domingo, mayo 14, 2006

La soga

Anoche soñé que se acababa mi cabeza. Me recuerdo entre amigos, reclinado, con las rodillas en el pecho y la cabeza sobre un cojín del sillón, donde mis conocidas y conocidos hacían qué sé yo. Estaba yo ajeno al ruido mundanal, y la sangre me subía a la cabeza.

Cuando quise levantar los ojos, sufrí el lógico mareo de la vuelta de la sangre a zonas más meridionales. Pero pronto descubrí que sentía un dolor intenso, insufrible, membranoso. Tenía una jaqueca de aúpa, pensé. Pero no era eso.

Me puse las manos en el cráneo y noté una vena que me quedaba colgando. Lo terrible es que era gruesa como una soga, y me precipitó a pensar que aquello era el fin de algo, de mí quizá. Una enfermedad del cerebro.

Inmediatamente me puse de pie. Estaba muy asustado. La vena 'volvió' a su sitio, pero la notaba horriblemente suelta. Si sacudía la cabeza, me golpeaba en las cavidades de mi cráneo. Sabía que, en caso de ponerme bocabajo, la soga sanguínea caería al vacío. Y yo con ella.

Una de las muertes más terribles tienen que venir de un colapso lento de la mente. Si algo me asusta, es tomar consciencia de la pérdida progresiva de capacidad intelectiva, en el tiempo. Yo no soy mucho, ontológicamente. No existo mucho. Es verdad. Soy un animal intelectual; si mi pensamiento se desvanece, estoy muerto.

sábado, mayo 13, 2006

El laberinto

Anoche mientas dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una mariposa aleteaba en mi corazón. Había acudido a un acto, como periodista. Cuando finalizó, vi a un intelectual que me debía una contestación a un tema que le había propuesto. Hice como si no lo viera. Salí de la conferencia y noté como una chica que conocía caminaba detrás de mí. Al principio disimulé, pretendí seguir andando e ignorar sus pasos, pero pronto me di cuenta de que esto era insostenible y me giré para saludar.

Bajamos juntos una cuesta empedrada, como las de la costa granadina, quizá con destino a nuestras respectivas casas. De repente, nuestros cuerpos se empezaron a aproximar peligrosamente. Un choque arbitrario de nuestros brazos hizo que ella se plantara en frente de mí, con un movimiento propio de un trompo, y que acostara su cabeza sobre mi hombro.

Yo no supe cómo contestar a su lenguaje corporal. Sentí que era ella quien tenía ganas de tomar la iniciativa. Pasó sus labios por mi cuello hasta llegar a mi boca, y nos perdimos en ósculos. Consumado el acto amatorio iniciático, la aprisioné contra un coche y nos perdimos de nuevo, esta vez en golpes voluptuosos.

Una puerta se abrió. Lo comprendimos y entramos. Ella se tumbó con abúlica tranquilidad en lo que comprendí que era la cama de mi casa. No. La de la casa de mi abuela. La planta baja, oscura, perdida...

Nos entregamos el uno al otro. Noté que con cada nuevo bamboleo sus mejillas se encendían más, como dos rosas que yo estaba regando con el placer y que fueran a colapsar la habitación. Le rompí la camisa y ella lanzó su cabeza atrás con los ojos cerrados. Me agarraba fuertemente para que nuestras zonas pélvicas no se separaran. Aún ahora, mientras relato lo soñado, no puedo evitar una humilde excitación.

Pero cuando quería entrar en ella, nuestra ropa se recomponía y todo volvía al principio. Esto pasó dos veces. A la tercera, imaginé que vendría alguien; así que le dije que si veía a mi padre, que no se preocupara. Ella siguió con sus juegos amatorios, pertinaz. De pronto, pasó alguien. Es mi padre, dije yo. Pero era mi jefe de política, leyendo el diario y mirándome con sus ojos tan azules, sin reservas, regalándome toda su confianza, como siempre, e ignorando olímpicamente el panorama erótico que podía contemplar.

Lo intentamos de nuevo. Pero esta vez me vi trasladado a una sala contigua, donde pedía a mis primas pequeñas y mi hermana que se tranquilizaran, que no gritaran; les tocaba la cabeza, me palpitaban las sienes. Volví al dormitorio.

Ella no parecía afectada por ninguno de los contratiempos, pero yo estaba hasta los huevos. De nuevo, cuando iba a entrar en ella, sujetados los muslos desnudos, la volví a ver con los pantalones puestos. Supe que estaba soñando. Comprendí la circularidad del sueño y me negué a reproducir el eterno retorno en mi inconsciente. Decidí despertarme. Era un suplicio tantálico.

Cuando abrí los ojos, dos imágenes se quedaron grabadas en mi mente. Las rosas rojas de sus mejillas deseantes, que llenaban mi habitación. Y los grandes ojos azules de mi jefe de política, que estaban suspendidos en la estancia a modo de Big Brother. Decidí en ese mismo momento que votaría 'sí' al Estatut. Y me sentí perdido en los laberintos del deseo.

jueves, mayo 11, 2006

Las pestañas

Anoche, mientras dormía, soñé (bendita ilusión), que un amigo y yo estábamos en la cama. Había una manta marrón en el suelo y conversábamos mientras pernéabamos las sábanas que sobrevivían, tan blancas como otra cara que apareció por allí, más tarde. Él me miró, habló pastosamente, se apagó la luz, volvió la luminosidad. Era la cama de mis padres. Recordé todas las noches que había pasado en ella...

Giré la cara y la vi en el suelo. Era la cara lívida de una de las ex novias de mi amigo, no especialmente guapa. Me burlé de ella: le saqué la lengua y un ojo. Ella se anclaba al suelo, como atrapada por una fuerza mercurial. No sé si ella sabía que mi amigo estaba allí; pero lo que sí que era seguro -no sé cómo- es que mi amigo sabía de la presencia de su ex novia. Me vi en una situación divertida, nada embarazosa, que decidí solucionar con una actitud distinguida e impertinente a partes iguales: comportarme como si nada.

Logré pensar, en el mismo sueño, que ignorar algo es un acto de superlativa normalidad. Llegué a plantearme, mientras repasaba la limpísima cara de la ex amante de mi amigo, cómo era posible que algo tan ideológico como la ironía sobreviviera a la suspensión moral que se le supone al mundo onírico. A los sueños.

Lo más relevante, sin embargo, no fue eso. Fue otra cosa. Este sueño es muy mediocre, por así decirlo. Pero por primera vez, que yo recuerde, me pasó por el pensamiento la idea de la Creación, mientras miraba el techo tumbado en la cama y con los delfines en el suelo. Así que cogí un cuaderno y empecé a escribir literatura propiamente dicha. Recuerdo algunas frases. "Lo peor no es robar, lo peor son las flores...". Y alguna más. Pero sólo ésa la recuerdo claramente. Me parece que escribí un verso precioso, pero no lo recuerdo. Se debió de quedar en las pestañas de ella, único punto oscuro (Creación) en el blanco prístino y absoluto de su cara.

Entonces ella abrió los ojos.

martes, mayo 09, 2006

Velocidad

Anoche cuando dormía soñe -bendita ilusión-, que la velocidad se me hundía en el corazón. Me apartaba en una acera mercurial y no quería recoger las cáscaras de pistachos del suelo. Ella me decía que sí, que agarrara la moto y que diéramos un paseo para que el viento nos diera en la cara. El sueño, desprovisto de cualquier connotación erótica, se desarrolló entonces terriblemente en el asfalto.

Las primeras curvas las tomé bien. Pero en seguida llegaron los stops. En las rectas cogía tanta velocidad que no me daba tiempo a frenar lo suficiente como para vigilar si se acercaban coches en los stops. Era como un videojuego, como si mi imprudencia no fuera a tener realmente consecuencias negativas.

Me salté uno, dos, tres stops. En el primero casi muero, en el segundo lo pasé un poco mal y del tercero no recuerdo nada. Perdí el miedo y empalmé con la autopista. A más velocidad que nunca, ahora sí legitimada, perdí además del miedo el control de la moto, y caí como Sete Gibernau, deslizándome blandamente por el asfalto. Me veía aéreamente en el sueño, resbalando por lo gris, con la boca y el alma abiertos ante el espectáculo estético de la caída.

En cuanto a la chica, amiga mía, no sé dónde se quedó. Recuerdo que el primer stop lo pasamos juntos porque me agarraba de la cintura. Imagino que se bajó ante mi temeridad al manillar antes de llegar a la segunda señal en rojo. Había perdido -una vez más- la consciencia de ella y de mí.

Morgar, soñador, idiota: cuando por fin te despegabas de lo real, cuando cabalgabas el cetáceo salvaje de lo vertiginoso, diste dulcemente de mofletes en el suelo.

domingo, mayo 07, 2006

Al tren chu chu

Anoche mientras dormía soñé, ¿bendita ilusión?, que una mujer antigua me quería parar el corazón. Yo estaba en el andén, más mercurialmente si cabe que nunca, y quería entrar naturalmente a mi vagón correspondiente, una vez llegó el tren. De repente, la mujer antigua se puso delante de mí: yo buscaba otra puerta, otro vagón, pero ella me acompañaba como si fuera un portero de futbolín, rozándose indisimuladamente con mis carnes.

Inmediatamente, me vi trasladado a otro plano. En esta lucha por agarrar el ferrocarril, su torso golpeaba suavemente mi pecho, su trasero se acoplaba con mi parte delantera. Estaba ya en otro mundo, que ni siquiera era el del placer, porque había vivido aquello tantas veces... Reconocí pasajeramente un cierto benestar, me dejé llevar un poco, y crucé hacia otras vías donde no estuviera la mujer antigua.

Por primera vez, mi miedo a cruzar una vía desapareció. Cuando vinieron hombres a mi lado, no tuve miedo, porque tenía la seguridad de que podía proyectarlos o cortarlos en pedacitos. Vi a un ninja a lo lejos, y a la mujer antigua. Me pareció un sueño tan poco original que quise olvidarlo todo, ya no aguantaba nada que no fuera hijo de la Creación...

Lo peor de las cosas que nos pasan son los recuerdos que traen consigo. Nada sería terrible si la mujer no fuera antigua, conocida; si yo no cogiera el tren cada mañana; si cada día no me viera atrapado por la invisible parálisis de la esterilidad creativa... ¡Ah, amnesia, la más dulce de las musas, sálvame de este desasosiego!

viernes, mayo 05, 2006

Diario de sueños

Anoche soñé, bendita ilusión... que una rubia entraba dentro de mi corazón. Soñé que me acostaba con una morena mediocre, en algo que parecía mi casa pero que no era mi casa, como siempre. Me dio por recordar, en el sueño, aquella salita de antaño, donde yo con ocho años bloqueaba la entrada a la habitación con un sillón y, creyéndome en una empalizada a la que mi madre nunca podría acceder, me comportaba peor que nunca. Además, clavaba mis rodillas contra los cojines del sillón y decía: Quiosco Smacks. Por los cereales, supongo. Y me ponía a vender cosas a los transeúntes que buenamente pasaban por los pasillos de mi casa. Mierda, llaman de la aseguradora.

En todo caso, era en esa habitación mítica, irrecuperable, donde se desarrolló mi sueño de anoche. Allí desfloraba a una morena con vacua tranquilidad. Se ve que también venía con amigas, porque unas escenas más tarde ya estaba yo foguéandome con una rubia estratosférica, adecuada. Al desflorarla, a ésta también, sentí algo diferente, triunfal. Al levantarme por la mañana, ella estaba untando mantequilla en tostadas tiernas y yo comprobaba, gracias a un beso en la boca, que nuestro nexo erótico o amoroso aún no se había disuelto. Esto me llenó por dentro, no sé cómo explicarlo.

La morena, aquiescente, asistía impávida y resignada a nuestra floreciente historia de amor. Mi rubia, tostada de piel y eléctrica al tacto, me decía: "Además, tú eres escritor". Yo le decía que no, aterrorizado, y ella me dijo que "por los libros". Ah, te refieres a la biografía de Pessoa, que llevo en mi bolsa, has estado chafardeando. No, me dijo ella, me refiero a los libros de Kafka que llevabas en la mochila el año pasado.

Este sueño me ha preocupado enormemente. Me he planteado, nada más levantarme y cegado por el peso del sueño, si acaso no ando falto de cariño, como todo el mundo intenta hacerme ver. Inmediatamente, he descartado esta posibilidad. Menudos mamones, menudas cabronas. No soportan la libertad ajena. Además, las rubias esas de mis sueños a mí no me gustan. El momento trascendente no es el del beso; es otro. La libertad es pura vacuidad.

jueves, abril 13, 2006

Mucho mejor tus libros, Samuel Beckett

Esta mañana, he visitado Laie y otros habitáculos culturales para acabar un reportajillo de los libros sobre el Estatut que podrán comprar los lectores etcétera en Sant Jordi. Me he comprado Cómo fue: recuerdos de Samuel Beckett, de Anne Atik. Claro. Para celebrar que hoy, hace cien años, nació Samuel Beckett.

Se, se. Los medios de comunicación no se hacen eco. Es vergonzoso. Sólo La Vanguardia, que, por cierto, recomienda el mismo libro que me he comprado. Por cierto (II), en un artículo el autor dice que Barcelona es una ciudad "muy beckettiana". Después aclara que es porque está la Sala Beckett, porque se representan sus obras. Ah. Bueno. Entonces sí... Porque lo otro...

Voy a informar a mis cuatro lectores de algo de suprema importancia y que todavía por lo visto no saben en las secciones culturales de los media.

Es una buena noticia.

Me lo voy a comprar en cuanto salga.

Sólo nos quedan las palabras.

jueves, abril 06, 2006

Y mejor tu literatura...

Mucho mejor mi vida, Samuel Beckett.

Mejor escribir sobre i-Pods de terciopelo

que componer un poema sobre Descartes

imaginando huevos fritos para justificar

su separación de los cuerpos y las mentes,


mejor inspirarse en mensajes al móvil para escribir cuentos de amor,

enllagarse las zarpas, sufrir dáctil vahído, tragarse las pelis de Meg Ryan,

que imaginarse un hombre homogéneo y escribidor de Molloy

despreciado por las infecciones de las pieles rojas

-deseo de ser hombre irlandés-

remirar los agujeros de mi reloj Casio, tener agujeros la medida exacta para meter una pepita de sandía y nada más

y cuando salga transformarse en un mástil con mariposas pintadas

y que los primitivos de mi siglo se metan en las fauces para tocar el suelo y tocar el cielo y ser todo uno, porque todos quieren ser uno, Melville, digo Sam,

y como el mástil tiene mariposas las mariposas se meten en el cuerpo de los primitivos y les hacen cosquillas en las tripas

para imaginar mi imaginación y pelar dátiles en habla con mi vida, Beckett, mejor;


mucho mejor mi vida, Samuel Beckett,

mi era de desaparición contra tu era de destrucción

es tu alma de pájaro,

y tu alma de pájaro,

y mi alma de nada, o mi alma de nada,

y tu romper con la cadena de plata de la niña a bautizar

y tu ver cómo crece subida al techo hecho de latas de Coca-Cola de la iglesia a la niña que mete pepitas de sandía por los agujeros del reloj Casio y fabricar un collar indígena: mejor un casting que una tarde con James Joyce,


mejor la mía, Samu,

para qué tanto Proust y tanta polla, tanto francés de mierda,

mejor probar todas las lenguas que van del sida al aborto franquista,

mejor morirse en este alejamiento secular de la esencia de una vida humana

que ver el final de Europa que tus ojos como murciélagos ignoraron,

es mejor a creerse que Occidente se está aniquilando, Beckett,

asistir a la inesperada rueda de prensa del Mundo anunciando su desaparición

un domingo de jazmines cortados que te miran por encima de las gafas de sol japonesas que parecen de Lolita,

esa mañana, Samu, el Mundo anuncia su dimisión, después de un escándalo de malversación de fondos, de encuestas que unos locos tachan de “ilegítimas” por utilizar dinero público para averiguar si estábamos contentos con él.

Sam, a la rueda de prensa no acude casi ningún medio de comunicación. Te gustaría. Piénsamelo.



Mucho mejor mi vida, Samuel Beckett.


viernes, marzo 24, 2006

Cuaderno ecuatoriano

He dado por cerrado el Cuaderno ecuatoriano. Son 52 páginas que quien quiera puede pedirme personalmente. No todo su contenido se ha publicado en esta bitácora. Este cuaderno, con los diarios de Morgar Ladder y Escalona Puga, lleva en sus principios una presentación de A.M. Se, se.

Sí que puedo decir que estos pésimos escritos acaban así: Morgar le pregunta a Escalona: ¿Te has atrevido con la poesía? Y Escalona no contesta.

sábado, marzo 11, 2006

Cuanto más escribo, más fe pierdo en mi literatura, si es que tal cosa existe.

martes, febrero 07, 2006

Castigados

Hemos descubierto que la autora de este legajo es Escalona Puga, quien parte, por cierto, en estos momentos ciertos hacia Tiputini.

A George W. Bush, quien con sus ocho años de mandato va a traer al mundo tanto arte que sólo se empezará a percibir cuando el sol cabriole a causa de su forma.


Érase una vez la niña con las mejillas sonrosadas y yo. Íbamos a clase juntos. Creo que éramos novios. Nos veíamos mucho. Nos dábamos besos. Dicen que ella se escondía detrás del arbusto y yo no la encontraba. Entonces me enfadaba. Dicen también que en el patio se nos veía caminar de la mano y que yo clavaba mi mirada en el vuelo de los buitres. Entonces ella se cabreaba.

Un día, la profesora hizo algo que nadie había hecho: salir al patio. Y nos vio y nos castigó por darnos besos. Nos metió en clase durante diez minutos para que pensáramos.

Cuando volvimos al patio, miré al sol y era cuadrado. (Los japoneses simplifican el sol y lo representan de forma cuadrada.) Tenía el sol una cuerda de cometa. Entonces comprendí la mentira: todo era un dibujo. Le di un beso en la mejilla a la niña con las mejillas sonrosadas. Ella se escondió detrás del arbusto; yo llamé al buitre, me subí a su lomo y los dos volamos en sentido al cuadrado amarillo.

jueves, septiembre 29, 2005

Prefacio del Cuaderno ecuatoriano

Todos los dos, Lopuruna i Morgar Ladder, konosían ke vyajar juntos era muy perikolozo, porke son personas ke gustan pezkozar[1] kosas diferentes. Todos los dos kerian ver Ekuador, pero Ladder gustaba de la sierra vyolada[2] i Lopuruna de la Amazonýa. De modu ke todos los dos se arabyaron[3] uno kon el otro i se dizgustaron. Es berdá ke son amikos í más kosas, pero amás es berdá ke no konosen guadrar sus emosiones[4]. Este livro es el reunimiento de las esperiensyas de todos los dos. Este livro son los eskritos de Lopuruna en la selba i de Ladder en Kito. La ke eskrive esta preletra es kien tubo la delikateza de ajuntarlo todo en una kosa komo ésta. Enkuanto todos los dos tienen estilos i nombradías distinktas, esto no es un livro kon voz unitaria. Muncos[5] eskritos no son akavados. Mas disen muncas kosas bonetitas.




[1] Investigar.

[2] Violeta. Mejor: violácea.

[3] Enfadaron, enrabiaron.

[4] No saben controlar sus instintos.

[5] Muchos

viernes, junio 10, 2005

Haikú californiano

Le contaba mi historia de amor infeliz.
Y no parábamos de reír.
Yo recordando;
ella imaginando.

sábado, mayo 21, 2005

Haikú alemán

Enmimismadamente, te miro.
Entimismadamente, me miro.
El reverberar abisal.